OPINIÓN. Aviso para caminantes. Por Alfredo Rubio
Profesor de Geografía de la Universidad de Málaga
 

alfredo_rubio_g.jpg11/01/11. Opinión. En la primera parte de este artículo de colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com, Alfredo Rubio analiza la figura de Sócrates y se plantea algunas cuestiones sobre la historia y trayectoria del filósofo, como “¿Quién y qué fue Sócrates? ¿Reflejó Platón...

OPINIÓN. Aviso para caminantes. Por Alfredo Rubio
Profesor de Geografía de la Universidad de Málaga

alfredo_rubio_g.jpg

11/01/11. Opinión. En la primera parte de este artículo de colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com, Alfredo Rubio analiza la figura de Sócrates y se plantea algunas cuestiones sobre la historia y trayectoria del filósofo, como “¿Quién y qué fue Sócrates? ¿Reflejó Platón fielmente su pensamiento o, en todo caso, con alguna fidelidad que nos permita hoy una reconstrucción de lo que efectivamente dijo?".

Dos textos sobre Sócrates (I Parte). Sócrates en la ciudad: “Debemos un gallo a Esculapio”

LA primera parte de este texto procede de una intervención en un taller sobre la filosofía de vida que, inventado por el filósofo Joaquín Vara de Rey, se celebró en la FNAC del Centro Comercial La Cañada de Marbella, hace ya algún tiempo. Como se verá para dicha intervención no elaboré ningún texto. Posteriormente lo pude componer gracias a los apuntes que tomó un asistente con la finalidad de una fallida publicación de todas las intervenciones brillantes que allí transcurrieron ante un sorprendente nutrido grupo de asistentes. La segunda parte (La estatua de Sócrates, que EL OBSERVADOR publicará la próxima semana) fue escrita a partir de un hecho curioso: un amigo me envió una foto de una estatua de Sócrates en su último momento. Pasado bastante tiempo y con motivo del día internacional de la filosofía celebrado hace poco tiempo, pensé publicarlos en este medio como contribución.

Mi intervención intentó ser coherente y precisa respecto de los planteamientos del taller. Nunca estaré de acuerdo con el antiacademicismo, me parece una postura banal, probablemente productiva en ciertos ambientes, pero bastante miope y con consecuencias importantes las más de las veces para el pensamiento y la vida.  Pero lo que se pretendía con este taller de filosofía en el centro comercial era -y es- una reivindicación mucho más profunda, aunque se anuncie y enuncie paradójicamente como sesiones antifilosóficas en el sentido de que se renuncia a todo sesgo académico: que filosofía y vida se encuentren..

Sócrates en la ciudad: “Debemos un gallo a Esculapio...”

1.1. Vacilaciones

SI reclamamos vivir con la filosofía y, tal vez, una(s) filosofía(s) para vivir rompemos el inmenso edificio de la filosofía institucionalizada, refugio de los guardianes de los libros (J. L. Pardo), y  nos convertimos en indeseables que conscientemente no se encuadran en la exégesis reiterativa; tampoco en los manuales -ni siquiera en aquellos que se presentan como antimanuales; menos aún en los exquisitos textos de los filósofos institucionales. Nos convertimos en depredadores descuidados de los textos disponibles; en devoradores de esas presas capaces de alimentarnos aquí en la tierra. No nos importa la cita, tampoco la edición crítica, aunque seamos conscientes de su importancia. Reclamamos la filosofía en la calle, de modo que comparta la ambigüedad del espacio público. Por tanto, lo que realmente planteaba el Taller era algo cercano a la filosofía práctica.

LA primera cuestión que se me suscitó y me interesó fue precisamente la más que ingente cantidad de intérpretes, especulaciones, explicaciones y escritos sobre Sócrates. A los pocos días de recibir el encargo mi mesa de trabajo estaba repleta de libros y artículos. En una carpeta del ordenador se amontonaban archivos con múltiples trabajos que había conseguido en la red. En cierto modo, estaba rodeado de información y  sólo tenía algunos meses para concretar una intervención que me interesaba mucho y, por qué no decirlo, me enorgullecía e intranquilizaba a la vez pues iniciaba el Taller y, de algún modo, alguien me había designado como portador supuesto de un cierto “socratismo” (vital y hasta físico).

socrates

ENTONCES, puesto que no soy un filósofo profesional y menos aún un experto en la filosofía antigua, de la que sólo he frecuentado sus relaciones con la ciudad y la tecnología, hice un descubrimiento: Sócrates no había dejado nada escrito. Había sido un ágrafo y pocos se han atrevido a poner sobre la mesa con toda su crudeza que esa ingente documentación dispone de una base muy insegura y que lo mejor sería mantener un prudente silencio. Como es lógico en el preciso instante del descubrimiento surge inevitable la pregunta sobre la posibilidad de considerar al Sócrates platónico como invención, como personaje digamos que estructural de los banquetes, donde fue construido como filósofo y  dotado de una filosofía (por Platón). Sobre este asunto no cabe ambigüedad alguna. Cosa bien distinta es desconsiderar el Sócrates platónico, aunque no me interese mucho. Tampoco este texto debe leerse como un alegato contra Platón. En el taller me fue planteado Sócrates, nunca el personaje platónico, eje de la “segunda fundación" de la Filosofía.

CUALQUIER historiografía, pero no más la filosófica que el resto de las disponibles, es un campo de batalla donde conviene no hacer ni hacerse preguntas, menos aún ciertas preguntas de modo que todas mantienen secretos de estado (M. Onfray), al margen de los senderos inconexos y  de casi imposible retorno que definen. No tengo duda alguna de que uno de esos secretos, probablemente esencial, sea precisamente el de la naturaleza de la filosofía socrática.  Por tanto, también el de las relaciones entre el supuesto pensamiento de Sócrates y el de Platón. ¿Quién y qué fue Sócrates? ¿Reflejó Platón fielmente su pensamiento o, en todo caso, con alguna fidelidad que nos permita hoy una reconstrucción de lo que efectivamente dijo?

APENAS sabemos nada de Sócrates y lo poco sabido proviene de fuentes que, como cualesquiera otras, tenemos la obligación de alumbrar con la luz de la sospecha. Sin embargo, como ya he señalado, este hecho no ha impedido la proliferación de textos y,  lo que es peor, ha servido para posicionarlo como primer filósofo pues, de lo contrario, carecería de sentido llamar a los anteriores presocráticos. En ese juego, que tiene como agente principal a Platón, se diluye cualquier posibilidad de un acercamiento al Sócrates real.

ANTES y después de Sócrates: algo así como unos precedentes, absurdamente asentados en el “milagro” de las ciudades griegas, inconexas, sin relaciones con el exterior que, ensimismadas, producen desde sí y para sí la filosofía. Unos precedentes que, como ha quedado demostrado, no eran una especie de amalgama de pensamientos divergentes; pura confusión aún ligada a la mitología, casi pensamiento mágico. En todo ello Sócrates (Platón) parece imponer un orden.

DESPUÉS: sólo Platón. Por tanto, verdaderamente sería éste el primer filósofo. ¿Una trama urdida por el propio Platón? La verdad es que a estas alturas da exactamente igual. Sin embargo, al pensamiento más académico le ha interesado construir esa senda. No le ha importado que contenga múltiples incoherencias: por ejemplo, y sigo a M. Onfray, Demócrito como presocrático que, según los datos y ciertos testimonios, acudió a oírlo directamente en Atenas y le sobrevivió. Un presocrático contemporáneo y hasta temporalmente postsocrático. Ya sé que el ejemplo no es del todo válido pues, en términos de las ideas, se puede ser pre lo que sea conviviendo con ello (la cosa que sea). Pero, con sus límites, sirve como ejemplo que nos libera de muchos otros posibles.

LO decisivo es que Sócrates no abrió exactamente un campo nuevo, aunque no (me) sean conocidas sus ligazones con lo anterior.  De ese modo, la operación fundacional de una filosofía por escrito será de Platón mediante la puesta en escena de un Sócrates inventado total o parcialmente, a través del cual la filosofía deja de ser una forma de oralidad relacional para constituirse como escritura. En definitiva,  Sócrates es un personaje literario y no deja de presuponer la definitiva transformación de la Filosofía en una actividad literaria. Este hecho, como veremos mas tarde es transcendental.

SIN duda, personaje literario estructural que puede tener funciones diversas. No me vale aquello de que lo encontraremos más puro en los primeros diálogos platónicos por su cercanía temporal a los hechos sucedidos, como opina algún especialista. Parece un argumento poco sólido.

AQUELLOS días estuve tentado de intervenir en el centro comercial con el silencio: permanecer diez o quince minutos, convenientemente acicalado a la griega, como si fuera en busca de mis discípulos para ciertos intercambios, sin decir palabra alguna. Al poco, pensé en reducir mi intervención a unas notas casi triviales sobre su conducta, su aspecto, su talante, sobre su peculiar método como elementos más útiles para nosotros.  También pensé en una intervención que ponía Marbella, la Costa del Sol, los centros comerciales como potenciales ágoras de un nuevo tiempo y  los asuntos de la democracia en un primer plano y con esa intención comencé una lectura atenta sobre el juicio.

POR entonces escribí un primer texto: Buenas tardes ciudadanos, así, sin género, sin color, sin profesión, sin edad. Genéricos. ¡Buenas tardes, ciudadanos! Si estuviéramos ante un río, sagrado, como deben ser considerados todos los ríos; casi encajados en la espesura de la vegetación de ribera, recibiendo los aromas de las plantas del monte bajo mediterráneo y, tal vez, fuera primavera, y algunas flores humildes expusieran sus colores, densificando el cromatismo, cuando el sol se acuesta, me pondría a hablarles de los temas que me abruman. No lo haría sobre mis necesidades económicas, tampoco de que ya noto los síntomas de la vejez. Intentaría hablarles de como vivir, aunque no alcanzarán mis palabras a ser nada más que un balbuceo. Pura y duramente del vivir y de lo apremiante de ese aprender puesto que corren el riesgo de hacerlo demasiado tarde.

AQUÍ, en un lugar que es algo más que una metáfora de nuestro mundo, no estamos acompañados de aromas, tampoco de rumores y, menos aún, podemos oír el calmo transcurrir de las aguas de algún río cercano. No se trata de que nos escapemos a jauja.  Ciudadanos, aquí entre millones de mercancías de todas las clases y  de centenares de afanosos compradores, no voy  a preguntarles nada. Me atrevo, sin que sirva de precedente, con una afirmación: la filosofía debida, la filosofía de la vida, son la misma cosa siempre que cumpla una condición: no habrá(n) de ser -pero lo será(n)- un nuevo medicamento que alivie las vidas nuestras pero sí, y no tengo duda alguna, tiene(n) el potencial de ser un cuadro de mandos para desencadenar (hacerlas efectivas, actuantes) nuestras potencias. De ser así no tendrán que ofrecer gallo alguno por la preservación de cada uno de ustedes”.

ESA perspectiva se tradujo en una mesa definitivamente desbordada por más libros y documentos sobre filosofía y vida.

COMO pueden comprobar los lectores anduve bastante tiempo pensando la intervención pues, además, estaba muy constreñida en el tiempo y apenas podía hacer otra cosa que un balbuceo pero siempre teniendo en cuenta la circunstancia segura de la ausencia de escritos (un falso descubrimiento, como habrán comprendido).

LA vía del juicio me pareció oportuna pero, no siendo un experto en el funcionamiento de los tribunales atenienses tuve que estudiar precisamente su composición, número de integrantes, las formas de acceso, sus circunstancias históricas; las distintas versiones que han llegado hasta nosotros e, incluso, las enigmáticas palabras finales de Sócrates. Sin embargo, inicialmente tampoco la documentación sobre la época y la lectura del juicio agregaba nada especialmente significativo. Lo más que podía suceder era que mi intervención ampliara el número de las múltiples interpretaciones conocidas, agregando otra insignificante. En ocasiones, teniendo en cuenta que la condena por impiedad estuvo dictada por un tribunal popular y en un contexto político determinado y democrático me plantee el asunto de la creación de la opinión pública.

1.2. Fuegos de artificio

ENTONCES recibí una llamada telefónica de Joaquín Vara de Rey, inventor de este espacio para el filosofar amateur, en el interior de los tan denostados centros comerciales. Trataba de confirmar mi asistencia pero, como se ve, en ningún momento y durante muchas semanas había dejado de trabajar. Aquella conversación se tradujo en el siguiente texto, que circuló por la red: “He estado hablando con Alfredo Rubio hace unos momentos y me ha anunciado fuegos de artificio con motivo de su incursión socrática en el Taller de Filosofía que se inaugura pasado mañana viernes día 24 de marzo a las 19.00 en la FNAC-Marbella. Yo sólo le he sugerido que considere que la Costa del Sol es equiparable a la polis griega, poblada de metecos y de hombres libres; y que más allá del bien o del mal, los centros comerciales son las nuevas ágoras; y que finalmente todo ello está dispuesto para que alguien se empine sobre una caja de cerveza o de Coca, y arengue; y que politice; y que moleste a los oyentes con su escrutinio mordaz hasta intranquilizarles en sus creencias, aunque éstas sean razonables”.

CIERTAMENTE, durante aquellos días, mientras preparaba otra conferencia, había estado sopesando la posibilidad del disfraz: actuar directamente en el escenario de la FNAC como si efectivamente fuera Sócrates. Para ello necesitaba tanto creerme el personaje platónico como aplicarme a su estudio. También acicalarme; hacerme acompañar de algunos de mis estudiantes; pintarme los ojos, como hacía A. García Calvo para sus conferencias. Preparar una batería de preguntas para el público con el mejor estilo socrático. Llegar allí y ejercer de partero, importándome bien poco que la sangre de todos los asistentes manchara la moqueta y corriera a raudales por el suelo del centro comercial. Inquirirles, preguntarles, acosarles individual y colectivamente. ¿Qué pretenden de la Filosofía, ustedes que apenas son capaces de ser ciudadanos? ¿Qué creen que es? ¿Esperan acaso que actúe aquí como consultor filosófico?

MIENTRAS tanto intentaba aligerar la mesa: dejé el asunto de la filosofía y la vida pues, en última instancia, me sonaba a consultorio. Como no sabemos navegar por la ciudad contemporánea parece que la vieja Filosofía debe ser el bastón. Entonces descubrí, con Sloterdijk, a un nuevo y posible Sócrates: Diógenes. Según se dice, le importaba más lo de abajo, incluso lo indecible y prohibido, que las convenciones y practicaba como método la parrhesía. Un filosofar que daba golpes en la cara de los que se acercan. 

DIÓGENES hablaba en el mercado, no exactamente en el ágora. Por entonces no reparé que, en su funcionamiento, el ágora ateniense también tenía algunas funciones mercantiles. Que la contraposición ágora/mercado era -y es- poco clara pues, a pesar de los bienpensantes, el espacio público es siempre lugar de mercadeo de materialidades e inmaterialidades.  Diógenes subvertía directamente y con violencia la filosofía de los guardianes de los libros, aquella que se aleja de un modo muy particular de la vida. Lo describe acertadamente J. Luis Pardo: no es exactamente  lo cotidiano lo que horroriza al filósofo sino el hombre medio. Escribe: “El  filósofo, el hombre del interior -aquel que encuentra asombroso que los entes sean o que, como Descartes, se admira de su propia existencia- presupone al hombre común en su exterior -aquel que pasa por alto el ser de los entes y que vive inconsciente de su propio ser, aquel que propiamente no es y que vive en un no- mundo, en un espacio inmundo donde las cosas no existen” (Pardo, J.L., 1.992: 87).  Por  el contrario, añadimos nosotros, para los cínicos  nada de lo de abajo es lo suficientemente bajo.

1.3. Precisiones

¿QUÉ quedó de todo ese proceso de preparación de la intervención sobre Sócrates? En lo fundamental, una sensación desagradable de no haber comprendido suficiente, seguida de una cierta urgencia por seguir estudiando para completar ciertas hipótesis, aunque siguieran siendo incompletas, mal hilvanadas y débiles. Más tarde, ahora en el momento de verter lo dicho aquel día, acompañado de nuevas lecturas, justamente buscando la precisión, surgen múltiples ideas e intuiciones, entonces no expresadas, y la absoluta seguridad en la inconmensurable distancia que existe entre el decir y el escribir.

UNA de esas ideas ha quedado fijada: Sócrates no es idealizable. Hacerlo, es decir, convertirlo en un personaje ideal, incluso en un filósofo -la senda seguida por  sus seguidores y discípulos- conduce a su destrucción, aunque no tengamos claro que es exactamente lo que destruimos. No inventó la filosofía pero, también parece evidente que, tras su muerte, se inició un tipo de actividad que se ha convenido, acaso forzadamente, en llamar así. Antes de Sócrates había sabios (poseedores de la sophia) y, con la muerte de Sócrates, quedó una pérdida (una ausencia): la propia sabiduría. Desde entonces se estará alrededor de ella, en algo así como en la  perisophia, buscándola.

TODO lo dicho por Sócrates es indiscernible de lo escrito por Platón (Castoriadis, C., 2.006: 360). No hay forma alguna de averiguar los contenidos exactos de aquellas conversaciones pues sus contenidos desaparecieron en el momento mismo de su enunciación. No existe ningún registro, ni podía existir. Sólo la memoria de los participantes, limpia o interesada, inteligente o torpe, diáfana u oscurecida, pero no la cosa misma pues, precisamente, lo dialógico no puede quedar reflejado en texto alguno. En el hablar no interviene sólo el logos sino otros múltiples asuntos, más que matices: la situación, la disposición de los que parlamentan, los que intervienen, aquellos que permanecen en el silencio. Los gestos de todos. Las formas del decir. El énfasis o su ausencia. El cuerpo y sus movimientos. Los ojos -lo que dicen los ojos, algo fundamental en la cultura griega-.

platon

EL diálogo es también una atmósfera y lo escrito carece de capacidad para reflejarla, siquiera lejanamente. Pero hay algo incluso más profundo: la filosofía por escrito es un antídoto del riesgo. Lo es en múltiples sentidos: intervenir (hablando) en el espacio público supone una  incapacidad de controlar rígidamente la situación. Hablo, interpelo y soy interpelado. Se cruzan y entrecruzan preguntas y respuestas imprevisibles hasta que son arrojadas al espacio público. Se pone a prueba la capacidad de respuesta, pero no sólo en una temporalidad lógica sino en su calidad. El diálogo pone a prueba la potencia de los que intervienen ante lo inesperado. Y es justamente la manera de decir lo que nos pertenece, diferenciándonos.

POR el contrario, el texto escrito está libre de cualquier exterioridad, se salvaguarda de lo inesperado. Todo esto se observa con claridad en las formas actuales de participación en debates, incluso en los académicos, en los que los participantes hacen preguntas por escrito para alguien responda. No se dialoga: la respuesta es siempre un discurso –cerrado-. Más aún, el éxito del power point es justamente el de una liberación del riesgo de la intervención pública y desempeña un papel similar al de los escritos que memorizaban los sofistas, a modo de guía estructural, para dar la impresión de que efectivamente se domina la cuestión de que se trata y no nos salimos del tema. Algunos, probablemente muchos, en su torpeza,  nos (re)leen aquello que nosotros vemos en la pantalla. En otros casos, simplemente se lee un comunicado. No cabe la incertidumbre.

EL texto escrito es monológico. Este hecho era perfectamente conocido por Platón, como demuestra taxativamente G. Colli, de modo que llamó a lo escrito “discurso inmóvil”, en el seno de una crítica relativamente poco frecuentada a la escritura: ningún hombre sensato -escribió en la Séptima Carta- osará usar el discurso para depositar sus pensamientos filosóficos. Parece referirse tanto al discurso como intervención hablada cerrada como a lo escrito con letras. Las referencias críticas de Platón a lo escrito se encuentran en Fedro, sobre la invención egipcia de la escritura y la imposibilidad de reflejar algo sólido a través de los caracteres de la escritura. Lo escrito siempre dirá lo mismo, por más veces que lo leamos. En la Séptima carta dice: “ningún hombre sensato osará confiar sus pensamientos filosóficos a los discursos y,  menos aún, a discursos inmóviles, como el caso de los escritos con letras” (Colli, G., 2000: 115-117).

SIN embargo, después de la muerte de Sócrates sólo será filosofía aquello dado por escrito y que cumple ciertas condiciones. En la lectura de G. Colli, Sócrates está ligado al pasado, no exactamente a la decadencia, como supuso Nietzsche, sino a la expansión y acomodo dentro de la dialéctica de un elemento moral. Que no escribiera, nos dice el filósofo italiano, es justamente “lo que podemos esperar de un sabio griego” (Colli, G, 2.000: 118). Con independencia de que no aclara como sabe que incluyó tal elemento moral estoy de acuerdo con su segunda afirmación.

NO escribiendo se desliga, se desvincula de las prácticas de los sofistas, que escriben exclusivamente para memorizar sus intervenciones, creando ciertos patrones que, sin duda alguna, son un soporte que les proporciona confianza durante sus intervenciones públicas. También, consciente o inconscientemente, no lo podemos saber, con su agrafismo consigue imposibilitar la fijación de lo dicho; que sea sometido a interpretación, a investigación filológica y objeto de tergiversación.  De alguna manera, su actividad “filosófica” se agotaba irremediablemente en el hablar y, por tanto, adquiría una condición efímera.

COLLI parece pensar que la filosofía nació extinguida, precisamente por la escritura. Algo parecido a lo que leemos en J. Luis Pardo: la filosofía nace como una cierta práctica de la escritura. Un diálogo escrito, y ya lo hemos explicado, es un falso diálogo, que refuta su  propio título. Progresivamente fue adquiriendo un carácter de “corpus endurecido” de terminología técnica (J. L. Pardo) y se desvincula tanto de la vida como de la calle. Por entonces, pasa a ser una forma de pensamiento escrito autista que tiene la pretensión de penetrar en la vida de los individuos y de la colectividad, que desconoce, para dirigirla. Creo que ese es también el sentido del pequeño texto de Sloterdijk titulado Normas para el parque humano (1999). La práctica de la sabiduría poseída en el callejear hablando  entre analfabetos (mayoritarios) pasa a ser actividad literaria entre alfabetos y escritores. Desaparecen las preguntas y respuestas más o menos automáticas propias del hablar en  la calle.

LA muerte de Sócrates abre un mundo nuevo donde sólo quedará la posibilidad de estar cerca del saber, nunca de poseerlo. La Filosofía, como posible degradación de un saber arcaico, es desde entonces sospechosa.

PERO, decíamos poco más arriba, que no parece conveniente idealizar a Sócrates. ¿Qué hacía aquel sabio ambulante por las calles de Atenas? ¿Qué relación puede ser pensada entre el nacimiento del primer libro de filosofía, el primer diálogo platónico, donde algunos creen en la casi presencia de Sócrates por mayor cercanía a su tiempo real, y la necesidad de expulsar de la calle una actividad que hace preguntas entre los ciudadanos y los no ciudadanos, incluidos los analfabetos y ágrafos?

LA afirmación de que Sócrates era peligroso no agrega absolutamente nada pues está confirmada por el proceso, la sentencia y su muerte. Sabemos que la actividad del logos en la calle, haciendo el espacio público, tiene peligro: es siempre un exponer exponiéndose (M. Zambrano). ¿En que consistía el peligro de su deambular preguntando? Creo que en el entrecruzamiento de las cuestiones que siguen, precisamente aquellas a las que me ceñí voluntariamente en mi intervención, es decir, los “las huellas y signos” dejados por Sócrates.

EN mis tiempos de estudiante, incluso ya como docente, la apelación a las fuerzas productivas como causa eficiente, según la mas pura ortodoxia, no en vano los manuales de historia antigua que leímos eran de historiadores rusos oficiales, cuyos nombres he olvidado o quisiera olvidar, era suficiente. ¡Aquel pale(t)o marxismo ya muerto, pero sólo en ese sentido, capaz de explicarlo todo! Ahora pienso, con otros, que la creación histórica no es deducible, precisamente por su carácter de creación. Realmente desconocemos las razones por las cuales las polis griegas alumbraron la democracia. Que cuadros de referencia similares, incluso idénticos, no conducen a las mismas resoluciones. Por tanto, estamos cerca de una idea de la sociedad como creadora, también de la historia. La polis fue un invento, del mismo modo que la polis democrática. No son una novedad que proceda de la nada, sino de una elaboración social creativa que solidifica, acaso como un nodo que reúne o congrega cosas distintas que se han ido erigiendo trabajosamente (ideas, valores, prácticas, tecnologías... ). Ninguna permanece inalterable. Entre ellas se establecen relaciones (interacciones) que alteran sus propias transformaciones. La invención de la polis democrática no deja de descansar en la realidad de la polis como caja negra: desde entonces sabemos bien poco de los cambios de los distintos componentes interiores de lo aglomerado por el proyecto social. La polis es un proceso y, si fuera así efectivamente, hemos de incluir un contenido de apertura que presupone “la creatividad instituyente en marcha, la disolución de lo instituido, el surgimiento de lo nuevo”.

LA polis es el asiento de la filosofía y forma parte indisoluble de la democracia. Requiere el espacio público, que no debe confundirse exactamente con la calle o la plaza, sino como aquello que posibilita el diálogo y requiere sede -al menos del poder decir aquello que se quiere decir ante otros y  ser refutado en el mismo momento. Pero hay otras múltiples condiciones: como vectores que se han ido incorporando para formar un suelo, pues literalmente la ciudad no puede ser otra cosa que lugar de certidumbres, justamente lo contrario del caos percibido en la naturaleza.

AHÍ está Sócrates, eso es seguro. De Atenas son las calles que recorre, atenienses sus gentes -ciudadanos, extranjeros y esclavos-, las estatuas que puede ver en sus recorridos, los soportales... Por allí transcurre con parsimonia, y probablemente descalzo, seguido por sus discípulos, conversando con ellos o interrogando a los viandantes. Sócrates es el ápodo. Se detiene, con independencia de cualquier cita que pudiera tener, y habla con quien o quienes quieran oírle y, en su conversar preguntando, pone en duda la opinión pública. El ápodo hace sus recorridos a su tiempo, es decir, creando tiempo, tiempo lento. De donde, cabría referirse a recorridos urbanos, ámbitos, secuencias. Recorre la ciudad: nada de derivar en una investigación psicogeográfica, al modo de los situacionistas, tampoco es voyeur, ni siquiera flaneur. Y junto a esto, exhibe desinterés por la propia apariencia, según algunas fuentes, casi siempre descuidado y hasta sucio, salvo cuando mediaba una relación sexual. Feo y con apariencia de sileno (regordete, aparentemente zafio pero, sobre todo, borracho).

LO propio de Sócrates es el hablar preguntando, conducir a alguna parte. Ser, como si hubiera heredado la profesión de su madre, partero de las ideas de los otros. Pero, al menos ciertos contemporáneos, lo describen negativamente, como Aristófanes: “y a ti, porque caminas con paso arrogante por las calles, lanzas miradas de reojo, soportas descalzo muchas cosas desagradables y presumes a nuestra costa”. Ahí esta ya la mala fama que, según parece, después actuará como base de la acusación.

UNA mala fama cimentada paulatinamente, que viene de antiguo y  ha erosionado su “imagen” entre la ciudadanía. Sócrates tiene su propio tiempo; parece poner en duda cuestiones fundamentales, se acompaña de jóvenes; tiene con ellos tratos sexuales... Todo eso, también ahora, causa enojo social -hoy los medios de comunicación lo llamarían alarma social. Pero, siendo importante, no parece suficiente para desencadenar un hecho histórico: que efectivamente fue acusado,  enjuiciado y condenado a muerte.  El problema central reside en el método y lo que cabe deducir de él. Veamos: se ha escrito que, en aquella intervención mía en el centro comercial,  dije que algo así como que “su interrogar suponía el valor del diálogo abierto al devenir, que se construye a medida que va progresando”. No plantea tanto respuestas como preguntas; incómoda desde el momento en que fuerzan a pensar. Sin embargo, puede que ese argumento sea una trampa: algunos han escrito que se comportaba como un hubristés aplicando la exétasis, es decir, una dialéctica que pone siempre al descubierto el falso saber del otro. Esta caracterización  está presente incluso en Platón (Apología 21 b-e, 30 e y 37 d-e y Banquete 219 c).

UN hubristés conoce -o intuye- la forma de conducción del otro -o de los otros- hacia una determinada resolución. El diálogo no es exactamente tal,  pues apenas el conductor dedica tiempo a las palabras del otro ya que dispone de la resolución verdadera. Se dice que en el dialogar no caben las posiciones cerradas, pero su posibilidad estaba y está por venir (convendría tomar nota para nuestros asuntos de hoy). Teniendo una posición del tipo nadie tiene ni puede tener razón (un discurso verdadero) se alcanza la desmesura, una forma de ebriedad sobre los dones y la potencia de uno mismo. Pero este posible comportamiento de Sócrates ponía en serias dificultades a la ciudad pues afectaba a la calidad misma de la democracia, conducida y gestada por equivocados. Lo ha puesto de manifiesto con claridad la interpretación de C. Castoriadis: “La exétasis es la última extremidad del cuestionamiento interno de la democracia -cuyo mérito, aquí otra vez, hay que reconocer a la democracia: Sócrates es inconcebible en otro lugar que no sea Atenas. ¿Es posible una democracia -o cualquier otra forma de organización política- si se postula que nadie, estrictamente, sabe lo que dice?” (Castoriadis, C., 2.006: 363).

AÚN teniendo presente la posibilidad de un Sócrates hubristés: altivo, violento, incapaz realmente de escuchar y de  comprender al otro puesto que posee la verdad; caminante altivo que va enhebrando argumentos como preguntas hasta que su interlocutor se reconoce en el error.  Creo que también se da la posibilidad de un Sócrates conducido por la parrhesía, aunque comprendo que es aparentemente contradictorio. Dicho de otro modo, que habla desde y  con la parrhesía: con convencimiento (desde el corazón). Como es bien sabido el parrhesiastés es aquel que habla libremente sobre la verdad sin juegos retóricos y  sin ambigüedades. Ciertos autores parecen estar de acuerdo con que es una actitud (una ética) caracterizada en lo fundamental por asumir el riesgo. Precisamente ocurre que si dice la verdad es porque asume el riesgo y  el peligro consiste en que dice algo diferente de lo que sostiene (cree) la mayoría. En cierto modo, su función es más crítica que puramente demostrativa de la verdad.

LA parrhesía es uno de los vectores de lo que entiendo como atmósfera y  suelo (el grund alemán) de los griegos, en la perspectiva de análisis que asume C. Castoriadis, y evoluciona, según M. Foucault, desde la crítica pública (como forma de estar) a la autocrítica (decir la verdad de uno mismo) en relación directa con la pérdida de importancia de la esfera pública democrática, apoyada en la formación y en la educación. En su origen la parrhesía se manifestaba sin intermediación alguna, no requería representación (un soporte) sino  que necesitaba comunicación directa e intercambio mutuo (espacio público en el sentido del decir frente a frente, cuerpo a cuerpo). Es un decir franco que viene desde abajo y asciende hasta el arriba. Implica una relación desigual: la distancia existente entre cualquier clase de poder (rey, demos...) y el que habla. Situación esta en la que se encontraría Sócrates en su juicio y, probablemente,  a lo largo de toda su vida. Como decir franco requiere el espacio público y  una actitud que supone que sean una misma cosa el yo que dice, el yo del decir y  lo dicho.

NO sabemos exactamente cómo se comportaba, incluso cómo se autovaloraba. En esa senda pretendo no dar cuenta de ninguna de las apologías existentes -negativas o positivas-. También quisiera ignorar ciertos diálogos platónicos donde Sócrates, como parrhesiastés,  es dibujado mas cercano al asunto del decir la verdad sobre si mismo que de la práctica de la contrapalabra Todo esto requiere un análisis muy concreto de ciertos asuntos griegos: por ejemplo, el modelo de la ascesis. Esta no era exclusivamente corporal sino que forma parte de la educación del hombre libre conducente a  una vida virtuosa en el seno de la polis (Ortega, F., 2.002: 36). Sea como sea, según Steiner, con los pitagóricos se inaugura un conflicto recurrente en la polis entre vida mental y vida (Steiner, G., 2.004)

POR tanto, al menos de momento, no puedo resolver adecuadamente esa relación: Sócrates como hubristés o como parrhesiastés, o ambas cosas a la vez. De todos modos, las distintas líneas de pensamiento que parecen nutrirse del maestro parecen un pensamiento (y unas tecnologías del pensamiento propias) capaces de generar aperturas mas que cierres del tipo pensamiento único.

PARECE que los temas eran concretos, en el sentido de aquello necesario para la polis. La relación bis a bis. Un no-sistema de imposible registro mediante la escritura. En esa línea lo que propuse fue la consideración hoy de ciertos temas que creo necesarios en esta (no) ciudad que decimos habitar: tiempo y duración, forma (real) y sombra, finitud e infinitud,  cuerpo y alma, hombre y animal, certidumbre e incertidumbre, vida (y no vida) y  muerte. 

SU relación con los discípulos era tanto mental como carnal. Es de suponer, y así se comentó por los presentes, que el diálogo auténtico pudiera deshacer la relación superior-inferior del maestro con los discípulos, y que cabría interpretar la transformación de esas relaciones hacia una relación madura entre adultos iguales, deviniendo en amistad, lo cual explicaría que en su muerte fuera acompañado por sus discípulos, en ese momento a la vez sus “maestros”. Comparé esta relación con la que G. Deleuze procuró mantener durante toda su vida con los estudiantes, negándose a tener discípulos. 

EN sus recorridos urbanos tuvo múltiples interlocutores mas o menos ocasionales, simples oyentes y discípulos, probablemente diversos en sus orígenes sociales y  en sus salidas o resoluciones filosóficas. Algunos devinieron políticos, no siempre claramente alineados con la democracia  (Alcibíades, Critias y Cármides); otros,  fueron militares e historiadores (Jenofonte). Sin embargo, de su interrogación surgieron una multiplicidad de líneas filosóficas incluso marcadamente divergentes: Antístenes, Euclides, Fedón,  Menedemo, Platón, Esquines, Simias y  Cebes.

MI conclusión entonces y ahora es que el Sócrates histórico debe ser objeto de un silencio respetuoso. En caso contrario, siempre nos cabe la posibilidad de su invención para las tareas y necesidades de la ciudad difusa y confusa donde hoy habitamos. 

LA tan mencionada intervención, de la que no disponía de texto alguno, se pretendía como crítica de la acumulación de escritos sobre alguien que no había dejado ninguna huella literaria. Se pretendía un ejercicio casi de silencio, respetuosa con el tiempo que se nos había concedido, que rendía homenaje al filósofo con una intervención no escrita, por tanto no leída y que nacía y moría, sin dejar apenas huellas, en el mismo acto. Sin embargo, E. Serrano actuó de inopinado relator y escribió un texto sobre aquella intervención que me ha servido de guía para recordar lo dicho, apoyándome en las notas y apuntes que tenía recopilados.

Bibliografía y referencias documentales.

- Aristófanes, 2.004: Las Nubes, en  Las Nubes, Lisistrata y Dinero, Alianza editorial, Madrid.

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