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La jefa de RRPP de Ikea en España, Cristina Humet, desmiente las
acusaciones del libro ‘Ikea, un modelo desmontable’: “confunden las churras con
las merinas”
23/05/08. Sociedad. La campaña ‘Desmontando a Ikea’ de Intermon Oxfam Bélgica y el reciente
estallido del escándalo de espionaje, persecución y abusos sobre los
trabajadores de Ikea en Alemania destapado por la cadena pública de televisión
ZDF han vuelto a poner en la picota a la compañía de decoración más grande del
mundo. Al igual que en anteriores ocasiones, han sido de nuevo investigaciones
independientes las que han puesto al descubierto la trastienda de esta
multinacional, acusándola de someter a los trabajadores que realizan sus
productos en países en vías de desarrollo (India, Bangladesh, Vietnam) a unos
salarios que les condenan, a ellos y a sus familias, a mantenerse en la miseria,
negándoles el legítimo derecho a prosperar. Unos trabajadores que, atendiendo a
estas investigaciones, tampoco ponen en práctica su derecho básico a
autoorganizarse en comités de empresa libres y sindicatos independientes. Los
estudios revelan además que el código ético de conducta de Ikea -Iway- lejos de
mejorar la situación de los trabajadores, la empeora. La jefa de Relaciones
Públicas de Ikea España, Cristina Humet, desmiente a EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com estas acusaciones,
vertidas en el libro ‘Ikea, un modelo desmontable’, y alega que los datos que
se ofrecen no son reales y que se confunden “las churras con las merinas”.
PARA hacer
frente a esta nueva oleada de críticas, Ikea, al igual que otras compañías
transnacionales, saca a relucir su código de conducta, el llamado Iway. Sin
embargo, como han señalado activistas en derechos humanos, como la tailandesa
Junta Yimprasent, estos códigos de conducta en la práctica empeoran las cosas:
“Sólo sirven de propaganda. Las compañías exigen determinados niveles, pero no
ponen el dinero para costearlos, están metiendo la mano en el bolsillo de los
trabajadores”. Yimprasent sostiene que los factores sociales y ecológicos que
se exigen en los códigos de conducta no se pagan desde las grandes compañías y
los costes de las mejoras puntuales para arreglar el entorno de trabajo de las
fábricas (ventilación, extintores, baños separados...) se exigen a los
proveedores y acaban siendo asumidos en último lugar por los empleados y su
fuerza de trabajo.
OLIVIER Baille,
Denis Lambert y Jean-Marc Caudron, autores del libro ‘Ikea, un modelo
desmontable’ y colaboradores de Intermon Oxfam Bélgica, coinciden con
Yimprasent en que el código de conducta que Ikea “quiere imponer a sus
proveedores exime su responsabilidad social y ambiental. Es mucho más fácil, más visible y mucho más barato proveer de baños a
las fábricas que pagarles un salario decente”. M. V. Vijayabascar del Institute of Development
de Chenai y coautor del informe sobre Ikea en India también señala: “Ikea hizo
cargar los costes de su política social sobre sus proveedores”.
ES significativo
que ninguno de los muchos trabajadores de las fábricas que trabajan para Ikea
en India, Bangladesh y Vietnam que fueron entrevistados durante la
investigación conocieran que existía el Código Iway.
LA investigación
de Intermon Oxfam puso de relieve que los empleados en Vietnam, Bangladesh o
India en fábricas de subcontratas de Ikea desconocían la existencia de un
código de conducta, incompatible con el trabajo a destajo que realizan a cambio
del salario mínimo con horarios de hasta 90 horas semanales. Ikea tiene en
China su principal país proveedor y se niega a hacer público el listado de
fábricas de donde se nutre alegando motivos comerciales, una relación de
fabricantes que sí han accedido a mostrar compañías con peor imagen como Nike.
Los abultados volúmenes de los pedidos puntuales que realiza Ikea son señalados
en los informes de Intermon como la causa fundamental del aumento de horas
extra.
LA jefa
de Relaciones Públicas de Ikea en España, Cristina Humet, ha salido al paso de estas
acusaciones, aireadas en ‘Ikea, un modelos desmontable’ afirmando a EL OBSERVADOR:
“En la crítica que se hace se mezclan las churras con las merinas, el libro se
confunde en sí mismo y no da datos en nada reales”. Humet recalca que el 64% de
los proveedores de Ikea viene de Europa y que la compañía sueca ha ido
encontrándose “con realidades muy difíciles y que nuestro éxito ha sido el cómo
afrontarlas de la mano de expertos como Greenpeace, Save the Children y Unicef”.
NO obstante,
el director de Unicef en Alemania, Dietrich Garlichs, matiza lo siguiente en
‘El libro negro de las marcas’: “Sí, Ikea financia proyectos de Unicef. Pero
eso no significa automáticamente que no haya niños trabajando en la fabricación
de productos de Ikea”. El director regional de Unicef para el Este y el Sur de
África Urban Jonson se muestra en este mismo libro “bastante reticente” a que
la empresa se engalane con este organismo de Naciones Unidas: “Aunque Ikea hubiera
dejado de utilizar mano de obra infantil en su producción, ¿qué cambiaría?, yo
no le doy las gracias a un ladrón porque haya dejado de robarme”.
HUMET apunta
por su parte a que también empresas como Price Waterhouse realizan auditorías
externas a las factorías de las que se nutre Ikea, si bien no precisa qué
porcentaje representan frente a los controles internos. Y en esta misma línea
sostiene que la labor de formación y sensibilización en cuestiones
medioambientales y sociales que realiza Ikea es constante y se practica también
a sus proveedores en España, donde han tenido que enseñar y romper con ciertas
prácticas perniciosas para el medioambiente que mantenían algunas fábricas.
FRENTE a
la postura de la empresa, los autores de ‘Ikea, un modelo desmontable’ invitan
a los responsables de la compañía “a que garanticen un salario que permita a sus trabajadores del Sur la posibilidad de
superar el umbral de la pobreza, modifiquen sus prácticas de negocio para que
las empresas proveedoras puedan cumplir efectivamente el Iway, acepten y
garanticen la libertad de asociación sindical y por último, acepten un control
independiente y publiquen su lista de proveedores”.
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