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OPINIÓN. ¡Qué mundo éste! Por Alberto Montero
Profesor
de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga
10/06/09. Opinión. Las medidas anunciadas para
superar la crisis por el presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero
en el último debate sobre el Estado de la Nación son desgajadas, analizadas y
desechadas por el profesor Montero en esta su colaboración mensual con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com. Una breve lección de Economía y
sentido común en la que, lejos de aprobar que nos encaminamos hacia otro modelo
productivo de nuestra economía, Montero alerta de que la “heterogénea
y desestructurada” batería
de propuestas “refuerza algunos de los sectores que han apuntalado el actual
patrón de crecimiento en crisis, el mismo que se pretende superar”.
El nuevo modelo
económico: otro brindis al sol
MUCHO se
ha hablado de la necesidad de un cambio en el modelo productivo de la economía
española. Sin embargo, no ha sido hasta ahora, sumidos en una crisis casi sin
precedentes que ha acabado por enfrentarnos a las miserias del actual patrón de
acumulación, cuando lo que era evidente para algunos economistas -cuyas
advertencias recibían a partes iguales indiferencia y desprecio- se ha revelado
como necesario e impostergable hasta para nuestros gobernantes.
EL
último de los debates al respecto fue el que se produjo a mediados de mayo en
sede parlamentaria con ocasión del debate sobre el Estado de la Nación. Un
debate en el que la discusión sobre el estado de cosas actual, sus causas y
responsables fue sustituida por una huída hacia delante por parte del
presidente del Gobierno ofreciéndonos como placebo para superar la crisis la
apuesta por un nuevo modelo productivo. Una apuesta que llega tarde porque
tenía que haber sido realizada mucho tiempo atrás, cuando los desequilibrios de
nuestra economía imponían un viraje en el patrón de crecimiento y todavía
existían márgenes para un aterrizaje suave y no para esta caída en picado en la
que nos encontramos.
PERO,
está bien, asumamos que no podemos volver atrás (algo más que evidente desde
los tiempos de Parménides) y que es necesario un cambio de modelo productivo
(algo también más que evidente desde que la crisis estalló y se cerraron todas
las posibilidades de seguir engañándonos nosotros mismos con las bondades ad eternum del milagro económico español).
EN
ese caso, hay una premisa que resulta básica para que las declaraciones al
efecto no se entiendan como mera retórica voluntarista y revistan visos de
credibilidad. Y es que un cambio de modelo productivo no es algo que se diseña
a golpe de medidas coyunturales que, en su conjunto o aisladamente, carecen de
horizonte estratégico. A estas alturas, creo que cualquiera que siguiera
mínimamente el referido debate debe intuir a qué me estoy refiriendo.
HAY
que tener muy poco sentido de Estado y mucha voluntad de obtener rédito
político a muy corto plazo para acudir a ese debate con una batería de
propuestas de lo más heterogénea y desestructurada y vender que se tratan de
las bases sobre las que se asentará un nuevo modelo productivo. Un nuevo modelo
del que, en el mejor de los casos, sólo se ofrecen grandes líneas que se
mantienen en el ámbito de las grandes palabras biensonantes a las que es casi
imposible oponerse por principio, ya que entran en el decálogo de lo
políticamente correcto tanto para la derecha como para la izquierda, pero que
se encuentran vacías de contenido operativo concreto.
ES
más, hay que nadar a partes iguales entre la soberbia y la estulticia para
pensar que un cambio de patrón productivo se consigue con unas pocas medidas
deshilvanadas y sin lograr, previamente, el concierto y el compromiso de todas
las fuerzas políticas, económicas y sociales del Estado en torno a las líneas
directrices de ese nuevo patrón económico y a la forma de implementarlo.
ASÍ,
imagino que como muchos otros ciudadanos tuve que asistir atónito a un debate
en el que la grandilocuencia retórica cuando se hablaba del nuevo modelo
productivo contrastaba agudamente con la pequeñez de las medidas sobre las que
pretendía construirse. Desconcierto que aumentaba cuando dichas medidas iban
manifiestamente en contra de aquél (si es que se puede ir en contra de algo que
no se ha definido, claro está) o reforzaban algunos de los sectores que han
apuntalado el actual patrón de crecimiento en crisis, el mismo que se pretende
superar. Como si la realidad pudiera transformarse a golpe de voluntarismo
desorientado e improvisación efectista.
¿Con estas alforjas pretenden emprender tan largo viaje?
SI
no me creen basta con realizar un sintético repaso de las medidas planteadas
por el presidente del Gobierno y que pueden agruparse en cinco grupos, estando
unas orientadas a enfrentar la crisis y otras a sentar las bases del nuevo
patrón productivo o, al menos, así se anunciaron.
EN
primer lugar, el presidente nos sorprendió con el anuncio d e una vuelta de
tuerca más en la política de contención fiscal mediante un recorte de 1.000
millones de euros en el presupuesto que viene a sumarse al que ya anunció por
importe de 1.500 millones en febrero. Así, en una fase profundamente contractiva
del ciclo, con la actividad productiva en mínimos históricos, un crecimiento
disparado del número de desempleados y, por lo tanto, con la consiguiente
contracción de los niveles de demanda agregada, el gobierno decide retraer su
participación en el estímulo de la economía por esa vía. Todo un acierto (y
entiéndaseme bien el tono irónico).
ESO
sí, haciendo gala de un profundo conocimiento de la lógica que domina la ley
del embudo, ese mismo gobierno no duda en reclamar de los ciudadanos que ellos
sí mantengan sus niveles de consumo; que no duden en endeudarse si fuera
necesario y encontraran un banco dispuesto a financiarlos; alentándolos a
asumir que su responsabilidad social en la búsqueda de una salida a esta crisis
pasa por rehuir la prudencia y entregarse al despilfarro: que si tienen un
coche, que lo cambien; que si no tienen vivienda, que la compren; que si no
tienen confianza en el gobierno, que la generen a pesar de todas las pruebas en
contra que nos ofrece.
PERO
no sólo es eso. También la distribución del recorte en el gasto se centra en lo
que cualquier ciudadano entendería que debería ser uno de los ejes básicos de
transformación del modelo productivo nacional: la innovación y la
investigación. Y así, en todo un derroche de coherencia, el presupuesto
ministerial más afectado es, precisamente, el del Ministerio de Ciencia e
Innovación que se ve reducido en casi 300 millones de euros, el 30% del ajuste
presupuestario total.
Y
ello al mismo tiempo que la orientación del gasto público extraordinario frente
a la crisis se orienta hacia una industria que tanto contribuye a la
sostenibilidad como es la del automóvil, anunciando ayudas que deben financiar
parcialmente las comunidades autónomas sin haberlo acordado previamente con
ellas. La imagen, por tanto, no sólo era de acierto, también de coordinación.
FRENTE a
estas medidas queda fuera de discusión, por ejemplo, la posibilidad de extender
la duración del periodo de percepción de prestaciones de desempleo. En esa
materia, y en el mejor de los casos, lo máximo que llega a plantearse es que
aquellos desempleados que hayan agotado sus prestaciones pasen a un régimen
excepcional de carácter no contributivo y más cercano al ámbito de la caridad
que al de los derechos sociales. A ver cómo se les explica a éstos la
importancia que tiene para la revitalización de la economía las ayudas que se
les conceden a los que aún pueden plantearse cambiar de automóvil mientras
ellos luchan día a día por la subsistencia.
EN
segundo lugar, el presidente del Gobierno también parece decidido a cambiar la
realidad a golpe de texto normativo y ha decidido que España debe apostar por
ser una “Economía Sostenible”. Ante lo cual no cabe menos que preguntarse,
¿exactamente qué significará para él ese concepto? Porque dependiendo de la
respuesta habrá que orientar los recursos en uno u otro sentido y siempre desde
la conciencia de que la vocación por la sostenibilidad requiere realizar
transformaciones profundas en un modelo productivo que si por algo se ha
caracterizado hasta el momento es precisamente por su insostenibilidad
económica, social y medioambiental.
EN
ese sentido, resulta cuando menos curioso que esa transformación pretenda
acometerse simplemente por la vía de la creación de un Fondo para la Economía
Sostenible, que se supone que deberá movilizar recursos públicos y privados por
importe de 20 mil millones de euros entre este año y el próximo, y con un Fondo
de Inversión Local, por importe de 5 mil millones de euros destinado a obras
medioambientales, de desarrollo de la ley de dependencia (sic) y tecnológicas.
COMO
puede apreciarse, el batiburrillo de objetivos que se acomodan bajo el paraguas
de “Economía Sostenible” y la transferencia parcial de responsabilidades al
respecto hacia el ámbito local son elementos suficientemente indicativos de la
carencia de un plan estratégico de transformación del modelo productivo al
respecto y, siendo maliciosos, hasta de un horizonte claro hacia el que
apuntar.
ES
más, ¿hasta qué punto puede considerarse que estas medidas apuntan hacia la
sostenibilidad cuando al mismo tiempo se sigue estimulando por diferentes vías
al sector que en mayor medida ha contribuido a exacerbar la insostenibilidad
del patrón de crecimiento económico español?
Y es que el tercer grupo de medidas está
orientado hacia el ámbito inmobiliario y, aunque en abstracto podrían ser
consideradas adecuadas, en la coyuntura actual muestran la falta de voluntad
del gobierno para afrontar la redimensión de un sector hipertrofiado.
DE
entrada, el presidente propuso el fin de la desgravación fiscal a la
adquisición de viviendas para aquellas rentas que superen los 24 mil euros
(aunque el umbral está aún por determinar) a partir de 2011. Con esta propuesta
el gobierno trata de incentivar la adquisición de viviendas durante este año y
el próximo con el objetivo manifiesto de dar salida al stock existente.
EL
problema con este anuncio es que ya veremos si en 2011, a un año vista de las
elecciones generales, el gobierno se atreverá a hacer efectivo ese anuncio.
POR
expresarlo en otros términos, esta propuesta constituye un caso típico de lo
que los economistas denominamos inconsistencia temporal: en la medida en que
este anuncio no se complemente con un compromiso formal e ineludible de
cumplimiento de la propuesta anunciada una vez llegado el momento de su
aplicación, el gobierno podría estar tratando de alterar las expectativas
actuales de los agentes, induciéndoles a comprar inmuebles ahora, pero sin
voluntad de aplicar la medida a posteriori, cuando los resultados pretendidos -reactivar
el mercado inmobiliario- se hayan conseguido (tanto menor voluntad de
aplicación si, además, dicha reactivación no se consigue). Ya se verá hasta
donde llega la palabra dada.
Y,
por otro lado, el presidente también propuso la mejora de los beneficios
fiscales para los propietarios de viviendas que las alquilen, aumentando hasta
el 60% la deducción de los ingresos por arrendamiento.
EN
conjunto, el mensaje no puede ser más claro: compre un inmueble ahora, que
están bajando de precio y aún puede beneficiarse de las desgravaciones
fiscales, y alquílelo después, que el Estado renunciará después a gravar la
mayor parte de sus ingresos por tal concepto. A todas luces una política de lo
más progresista, ¿no creen?
EL
cuarto grupo de medidas implica, en consonancia con esa idea de que todo parece
que se puede solucionar por la vía de la reducción de impuestos, una rebaja
fiscal: en este caso, para las pequeñas y medianas empresas que verán reducido
en cinco puntos su tipo impositivo, del 25 al 20%, siempre y cuando mantengan o
aumenten su plantilla en 2009 con respecto a 2008.
ANTE
esta medida uno no puede dejar de mostrar, nuevamente, un cierto estupor:
aquellas pymes que presenten beneficios o expectativas de ellos y, en
consecuencia, decidan mantener o aumentar su plantilla se le reducen los
impuestos mientras que a aquéllas que pudieran necesitar de más ayuda para
mantener a la plantilla se las desatiende.
PERO,
además, lo más significativo es que este gobierno sigue empeñado en tratar de incentivar
el empleo por la vía de la oferta en lugar de hacerlo por la vía de la demanda;
sigue ignorando que nos encontramos en una situación de sobreproducción y con
una contracción sin precedentes en los niveles demanda que es, a su vez,
producto de la contracción del crédito a empresas y familias por parte del
sistema financiero. Mientras se siga apoyando a este sector sin condicionar la
ayuda recibida a la expansión del crédito las perspectivas de mejora de la
economía inducidas desde el gobierno serán mínimas.
FINALMENTE,
el último grupo de medidas está orientado hacia el ámbito de la educación. En
principio, uno podría pensar que por fin se ha dado en el clavo por cuanto se
trata de un sector estratégico de cara a la modificación del patrón productivo:
una mano de obra más cualificada y mejor formada es condición necesaria para
reorientar el tejido productivo hacia actividades de mayor valor añadido y, con
ello, salir del círculo vicioso de la competencia en costes con países de bajos
salarios y menor protección social. Hasta ahí, nada que discutir. Sin embargo, pensar que las mejoras educativas pasan por
entregar ordenadores portátiles a cada alumno de quinto curso de primaria es
como pensar que porque se le compra un libro a un analfabeto se le convierte en
una persona letrada. En este desastre en el que se ha convertido la educación
en España, el presidente del Gobierno confunde el instrumento con los
contenidos y se olvida de que el uno sin los otros no sirve para nada. Bueno
sí, para formar analfabetos funcionales con gran habilidad en el uso del ratón
desde pequeños.
Más de lo mismo
ASÍ,
una vez que se desmenuzan las medidas con las que el gobierno dice que va a
orientar el tránsito hacia un nuevo modelo productivo, nos encontramos con que
predomina la retórica voluntarista frente a la planificación estratégica; la
búsqueda del rédito político cortoplacista frente a la responsabilidad exigible
al estadista que asume tan costosa empresa; el efectismo mediático frente a la
reflexión reposada.
SI
esos elementos se unen a la incapacidad manifiesta que ha demostrado este
gobierno para gestionar la crisis actual desde sus mismos inicios, la
resultante no puede ser más que la desconfianza en su capacidad para entender
lo que nos estamos jugando en este momento y presentar un proyecto creíble y
viable de transformación del modelo de crecimiento de la economía española.
EN
tanto no se conozca hacia dónde pretenden llevar a la economía española -más
allá de las meras enunciaciones vacías de contenido-, y cómo pretenden hacerlo
-presentando para ello un plan estructurado, con medidas tanto de corto plazo
como de más largo recorrido pero todas ellas dotadas de una mínima coherencia
interna y de un horizonte común-, todo lo demás son brindis al sol, al menos en
lo que al nuevo modelo económico se refiere. Que alce la copa quien quiera; yo
no me sumo a la fiesta.
PUEDE leer textos de Alberto Montero en su blog: La Otra Economía.
PUEDE ver aquí su anterior artículo de colaboración:
- 13/05/09 Hablemos de las pensiones
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