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OPINIÓN. Tribuna Abierta.
Por Ramón Muñoz Chapuli
Catedrático de Biología Animal de la Universidad de Málaga
23/06/09. Opinión. Analizando y rebatiendo una a una
las cinco ideas más repetidas sobre el Plan Bolonia (que es
una homologación al sistema universitario europeo, una adecuación de la
universidad a las demandas sociales, una promoción de la movilidad de
estudiantes, un establecimiento de sistemas de garantía de calidad y una
renovación pedagógica de la enseñanza), el
catedrático de Biología Animal de la Universidad de Málaga, Ramón Muñoz
Chapuli, llega a la conclusión en esta colaboración con
EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de que Bolonia
es “un proceso fundamentalmente económico, no académico ni científico,
promovido desde instancias políticas y asumido de forma acrítica por las
autoridades académicas”.
El Plan Bolonia: ¿hacia
la Mac Universidad?
A
estas alturas casi todos saben que la universidad española está embarcada en el
proceso de transformación más importante de los últimos tiempos. Este proceso
es conocido como ‘Plan Bolonia’ (por la declaración suscrita en dicha ciudad
por representantes de 29 gobiernos europeos en 1999) y a pesar de su
importancia se está asumiendo y aplicando sin un debate previo, sea político o
académico. En general se nos presenta esto como una consecuencia natural del
proceso de integración europea, que exige la modernización y puesta al día de
nuestras universidades, algo que no puede ser puesto en cuestión por nadie. A
las protestas de los últimos meses, por parte sobre todo de sectores
estudiantiles, se ha respondido con campañas informativas sobre las bondades
del proceso. La sustitución del debate por la propaganda ya resulta
preocupante, pero es cierto es que faltan ideas claras acerca de lo que va a
suponer el proceso de Bolonia para las universidades españolas y europeas.
Vamos a exponer aquí algunas opiniones como elementos para la reflexión y,
esperemos, para alentar el debate.
EN
general se dice que el proceso de Bolonia consiste, básicamente, en 1) una
homologación al sistema universitario europeo, 2) la adecuación de la
universidad a las demandas sociales, 3) la promoción de la movilidad de
estudiantes, 4) el establecimiento de sistemas de garantía de calidad y 5) una
renovación pedagógica de la enseñanza universitaria. Analizaremos brevemente cada
uno de estos puntos.
EL proceso
de Bolonia implica la desaparición de los actuales títulos de Diplomado,
Licenciado, Ingeniero Técnico e Ingeniero Superior, y su sustitución por
títulos de Graduado y Máster. La diferencia entre estos títulos está en la
duración de los estudios; el título de Graduado, que dará acceso al mercado
laboral, se obtendrá normalmente en tres o cuatro años, mientras que los
Masters de especialización profesional tendrán entre uno y dos años de
duración. Es importante tener en cuenta que este no es el “Sistema Europeo”
sino el modelo anglosajón, vigente en el Reino Unido, Irlanda, EE.UU. y Canadá.
Por tanto, no resulta correcto decir que estamos ante una “homologación con
Europa” sino ante la asunción directa del modelo anglosajón por parte de los
países firmantes del acuerdo de Bolonia. También es inexacto vincular este
proceso con la Unión Europea, ya que el acuerdo de Bolonia ha sido firmado por
46 países, casi el doble de los que componen la UE. Incluso países de otros
continentes están planteándose reformas universitarias paralelas a las del Plan
Bolonia, lo que muestra que existen en dichas reformas motivaciones que no
tienen nada que ver con la integración europea.
LA
llamada “adecuación a las demandas sociales” sí está más relacionada con las
motivaciones reales del proceso. La idea fundamental que subyace al proceso de
Bolonia y que nunca se hace explícita es la de hacer competitivas a las
universidades en el mercado global de la educación superior. La nueva
mentalidad contempla a la difusión del conocimiento científico y técnico no
como un derecho ciudadano sino como un servicio sometido a una demanda cada vez
mayor. Y el sistema anglosajón ha resultado hasta ahora el más eficiente a la
hora de satisfacer dicha demanda. Por dar sólo un dato, unos 267.000
estudiantes asiáticos cursan estudios superiores en EE.UU., frente a 178.000 en
Europa, la mayor parte de éstos en el Reino Unido e Irlanda. Esto es debido sin
duda al idioma, pero también al atractivo de un sistema universitario basado en
titulaciones especializadas y de corta duración, mucho más atractivas para los
estudiantes extranjeros que las largas licenciaturas. Ante las perspectivas de
un aumento considerable de esta demanda en los próximos años, el argumento de la
integración europea y de las “demandas sociales” se está utilizando en los
países no anglosajones para adaptar la oferta de enseñanza universitaria a esa
demanda. Es en este contexto también en el que hay que entender la importancia
que se está dando a la movilidad de los estudiantes, la enseñanza en inglés y
la eliminación de obstáculos administrativos para cambiar de universidad,
fomentando así la libre competencia entre universidades.
EL
Plan Bolonia, por tanto, no debe entenderse como “privatización” como a veces
hacen los estudiantes, sino como un proceso de mercantilización de la enseñanza
superior, de consideración de la misma como un servicio con valor de mercado y
sujeto por tanto a las leyes de oferta y demanda. Es posible que esta
concepción sea una consecuencia inevitable de la globalización económica, pero
es necesario que esto se exponga claramente sin el disfraz de una supuesta
“homologación con Europa”.
ES
importante también sopesar las consecuencias que la aplicación de una lógica
mercantilista puede tener para la universidad tal como la conocemos. Si
convertimos como objetivo fundamental de la universidad la “empleabilidad”, la
capacidad de obtener un puesto de trabajo por encima de la formación integral,
si diseñamos la oferta de estudios sobre la base de la competitividad entre
universidades y las demandas de nuestros “clientes”, tenderemos a ofrecer
titulaciones cortas, poco costosas, altamente aplicadas y que supongan
dificultades mínimas para los estudiantes. Terminaremos ajustando los precios
de los estudios de Máster a su demanda, lo que llevará a un encarecimiento de
muchos de ellos. Terminaremos sustituyendo el ansia de conocer, la formación
crítica de la personalidad y el amor a la cultura, por un simple adiestramiento
profesional. No hace falta insistir en que las carreras de Humanidades tienen
todas las de perder en este escenario. Esto es lo que se ha llamado la
“McDonaldización” de la universidad europea, un término acuñado por el
sociólogo George Ritzer y recogido en el libro compilado por Dennis Hayes y
Robin Wynyard ‘The McDonaldization of
higher education’. Según estos autores la futura “McUniversidad” se
caracterizará por la oferta de un producto académico rápido, estándar y
económico a costa de su excelencia. Véase también al respecto el lúcido y
clarificador análisis que hace al respecto Chris Lorenz, profesor de Filosofía
de la Universidad Libre de Ámsterdam en su artículo ¿Will the universities
survive the european integration?
LA
imposición de este nuevo modelo mercantilista colisiona con dos principios
básicos e históricos de la universidad: la autonomía universitaria y la
libertad de cátedra. En este sentido hay que entender otro nuevo fenómeno, el
establecimiento de los llamados sistemas de garantía de calidad, instituciones
extrauniversitarias como la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad
(ANECA) y sus equivalentes autonómicos, organismos burocratizados que imponen
modelos de funcionamiento, criterios académicos y patrones a los que la
universidad debe ajustarse. De nuevo se utilizan palabras sonoras, la garantía
de calidad, para lo que es poco más que un control del ajuste de la universidad
a los nuevos modelos. Basta salir de nuestras fronteras para ver cómo otras
instituciones se muestran mucho más sensibles que las nuestras a esta situación
sin precedente histórico. Por ejemplo, el informe 2006-2007 sobre Bolonia del
Comité de Educación del Parlamento Británico señalaba la importancia de
mantener la autonomía y flexibilidad de las instituciones universitarias y de
permanecer en guardia contra los decisiones burocráticas “de arriba abajo”. Las
duras críticas que se están vertiendo desde ámbitos universitarios hacia la QAA
(Quality Assurance Agency), el organismo británico fundado en 1997 y
equivalente a la ANECA española, contrastan con nuestra propia falta de
capacidad crítica. Sirva como ejemplo de estas críticas el excelente artículo
de los profesores Bruce Charlton y Peter Andras sobre el mal uso que se está
haciendo de los sistemas de garantía de calidad en la universidad británica.
UN
último comentario merece la idea generalizada de que el proceso de Bolonia
implicará una renovación pedagógica en la enseñanza universitaria. Este es un
fenómeno específicamente español, ya que en la declaración de Bolonia, y en
otros acuerdos posteriores no se tratan cuestiones pedagógicas. Se dice que con
el sistema Bolonia desaparecerán los exámenes, habrá evaluaciones continuas y
las clases magistrales dejarán su sitio al trabajo personal y en grupo. De una
enseñanza basada en conocimientos (saber) pasaremos a una enseñanza basada en
competencias (saber hacer) eliminando todo aquel conocimiento que no sea
“útil”. Tenemos que entender estas propuestas en el contexto de una doctrina
pedagógica determinada que ha obtenido una sorprendente ascendencia sobre
muchos responsables políticos y autoridades académicas a pesar de haber
mostrado ampliamente su ineficacia en la Enseñanza Secundaria. Es obvio que el
gran desafío de la enseñanza superior, ahora y hace veinte años, es evitar la
pasivización de los estudiantes y convertirles en elementos activos de su
propio aprendizaje. Pero es también obvio que sustituir la exigencia en la
adquisición de conocimientos por el mínimo esfuerzo de los trabajos de “copiar”
y “pegar”, que es como algunos han malinterpretado el nuevo modelo pedagógico,
llevará sin duda a una degradación de la calidad de la enseñanza superior, en
línea con la política antes citada de reducir al máximo las dificultades para
la obtención de titulaciones. La situación que se está generando en nuestras
aulas es la que ha denominado el pedagogo norteamericano Ted Sizer “el
compromiso de Horacio”, un compromiso tácito de rebaja en la exigencia mutua
que se establece entre unos profesores y unos alumnos cada vez más
desmotivados: Si no me exigen mucho (como profesor, como alumno) yo tampoco les
exigiré demasiado a ustedes.
EN
resumen, Bolonia es un proceso fundamentalmente económico, no académico ni
científico, promovido desde instancias políticas y asumido de forma acrítica
por las autoridades académicas. Este último es quizá el aspecto más inquietante
de todos. La universidad española, que en momentos decisivos de nuestra
historia ha ejercido el papel de conciencia crítica de la sociedad, se está
mostrando en este proceso sorprendentemente sumisa y autocomplaciente. La
universidad actual parece estar en este aspecto más cerca de la que declaraba
ante Fernando VII: “Lejos de nosotros, majestad, la funesta manía de pensar”,
que de aquella otra, muy diferente, que se enfrentó a la dictadura de Franco.
Es lamentable ver cómo el progresismo universitario actual se agota en la
crítica de lo que sucedía en España hace cincuenta o sesenta años mientras su
propia institución sufre, sin debate ni crítica, un ajuste duro en el más puro
estilo Neocon.
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