|
OPINIÓN. ¡Qué mundo éste! Por Alberto Montero
Profesor
de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga
21/01/10. Opinión. “Zapatero sólo consigue demostrar que
sigue sin tener un conocimiento mínimo de la situación de la economía española
o que, si lo tiene, no quiere difundirlo por negativo”. El profesor de Economía
Aplicada de la Universidad de Málaga (UMA) Alberto Montero define así las
primeras actuaciones del presidente español al frente, por turno, del gobierno
europeo en este artículo de colaboración con EL OBSERVADOR /
www.revistaelobservador.com.
La
presidencia española de la Unión Europea: lo que mal empieza
HAN sido necesarios muy pocos días y
propuestas para que se ponga de manifiesto el cariz que puede tomar la
presidencia española de la Unión Europea. Y es que hace falta ser muy atrevido
para comenzar el mandato aludiendo a la decisiva contribución que España va a
realizar para sacar a Europa de la crisis.
NO sé cómo no se dan cuenta quienes
escriben los discursos del presidente español de que para hacer ese anuncio uno
debe tener una cierta legitimidad y unos hechos detrás que avalen la
credibilidad del mismo. Y de ambos factores este país anda, precisamente, un
tanto escaso. No contribuye mucho a que alguien pueda tomar esa declaración en
serio el hecho de que se realiza desde el país en el que con mayor gravedad y
profundidad se ha manifestado la crisis, el que tiene una tasa de desempleo que
duplica la media comunitaria y el que posee unas perspectivas de salida de la
misma que se retrasan hacia un horizonte bastante más lejano que el de las
economías de nuestro entorno.
EN cualquier caso, a pesar de que las
perspectivas sean tan pesimistas, no cabe descartar que una mínima recuperación
de unas décimas de la tasa de crecimiento del PIB español se anunciaría a bombo
y platillo como el inicio de la recuperación de la economía española y de que,
por tanto, ya estaríamos en condiciones de mostrar a Europa cómo avanzar para
encontrar la luz al final del túnel.
SIN embargo, hablar de salida de la
crisis en términos de crecimiento del PIB es ignorar que el principal problema
económico que en estos momentos preocupa a los españoles es, sin lugar a dudas,
el desempleo. Así lo demuestra la última encuesta del CIS en la que el
paro aparece como la principal preocupación del 79 por ciento de los españoles.
POR lo tanto, si consideramos que para
los españoles el problema no es si el PIB crece o no unas décimas sino si ese
crecimiento se traduce o no en creación de empleo, el presidente Zapatero
debería ser un poco más prudente cuando anuncie que España ya ha salido de la
crisis y recordar lo
que hace unos días manifestaba Campa, su secretario de Estado de Economía,
al que no le duele en prendas advertir de que este país no retornará a una tasa
del desempleo del 8 por ciento -es decir, aquélla en la que nos encontrábamos
cuando comenzó la crisis- hasta el año 2015. Ello siempre y cuando a partir de
2012 el PIB crezca a una tasa del 2 por ciento y de que la economía española, a
esa raquítica tasa, sea capaz de crear empleo ya que, como demuestra su
historia económica reciente, siempre se ha necesitado de unas tasas algo más
elevadas para generar empleo neto.
SÉ que este llamamiento a la prudencia
es casi incompatible con la necesidad política de ofrecer, cuanto antes,
resultados económicos positivos. Buena prueba de ello se produjo cuando,
preguntado por cómo España iba a aportar soluciones para la crisis a nivel
europeo teniendo en cuenta la gravedad de la situación doméstica y la
incapacidad para resolverla, el presidente Zapatero sacó pecho y, ofendido porque
la pregunta se la hiciera un compatriota, respondió con una de esas frases para
el recuerdo: “España está a punto de salir de la crisis si no lo ha hecho ya”.
CON ese tipo de declaraciones Zapatero
sólo consigue demostrar que sigue sin tener un conocimiento mínimo de la
situación de la economía española o que, si lo tiene, no quiere difundirlo por
negativo, como ocurrió cuando se negó a reconocer la existencia de la crisis en
este país. Aquella postura, que ahora trata de justificar apelando a su planteamiento
optimista ante la vida, sólo puede ser tachada de irresponsable. Y es que no
niego que ser optimista no sea una actitud positiva a nivel personal pero
cuando se es el presidente del gobierno de un país ante todo debe primar la
responsabilidad y no el optimismo pensando que ésta es una virtud que se
contagia y que, una vez extendida en forma de pandemia, los problemas se
arreglan solos.
EVIDENTEMENTE, cuando uno peca de ese nivel de
imprudencia es normal que comiencen a llover las críticas. Y éstas no tardaron
en llegar de la mano de “Financial Time” o “The
Economist” que vinieron a recordar, precisamente, que la situación de
la economía española no era como para que el presidente Zapatero fuera
ofreciendo al resto de Europa su experiencia en el tratamiento de la crisis y
de que, por lo tanto, no estarían demás unas mayores dosis de humildad y algún
tranquilizante para los aires de grandeza con las que se iniciaba el mandato.
SIN embargo, no contento con el
chaparrón inicial, el presidente Zapatero quiso ir un poco más allá y lanzó
rápidamente una propuesta cuya vida duró lo que tardaron alemanes y franceses
en rechazarla y el “Wall
Street Journal” en mofarse de ella.
ASÍ, Zapatero planteó la ingeniosa idea
de que, ante el fracaso de la estrategia de Lisboa en donde se planteaban
objetivos tales como el incremento de la tasa de empleo hasta el 70 por ciento
de la población o el aumento de la inversión en I+D hasta el 3 por ciento del
PIB, la nueva estrategia para los próximos años debería no sólo incluir nuevos
objetivos concretos sino que, además, éstos debían ir acompañados de “medidas
que actúen como incentivo y, si resulta aconsejable, medidas correctivas por lo
que se refiere a los objetivos fijados en nuestras políticas económicas”. Una
propuesta que, casualmente y para más inri,
iba en la misma línea que la planteada por Guy Verhofstadt, el líder del grupo
liberal en el Parlamento Europeo.
LA propuesta apuntaba a replicar en
materia de empleo y competitividad la filosofía del Pacto de Estabilidad y
Crecimiento que constriñe la posibilidad de que los estados miembros de la
Unión Monetaria puedan realizar políticas fiscales excesivamente expansivas.
LA respuesta de alemanes y franceses
no se hizo esperar y, por ejemplo, el ministro alemán de Economía manifestó que
la propuesta “no tenía mucho sentido” y que lo máximo a lo que estaban
dispuestos era a aumentar la coordinación entre los gobiernos nacionales”. La contrarréplica
española fue inmediata: “donde dije digo ahora digo diego”. La vicepresidenta
del gobierno se apresuró a declarar que en ningún caso Zapatero había hablado
de sanciones y que España y Alemania “coincidían absolutamente en una mayor
coordinación de las políticas económicas". ¿Y es que puede ser de otra
forma? ¿O es que alguien va a estar en contra de que el aumento de la
coordinación de las políticas económicas en una unión monetaria es algo
deseable en sí mismo?
SIN embargo, y este es el problema de
fondo, la realidad demuestra que esa coordinación no existe y que ni siquiera
el mecanismo de las sanciones es válido para conseguir que los países de la
Unión Europea avancen juntos hacia un proyecto económico común.
QUE la coordinación no existe se ha
puesto de manifiesto de una forma cruda en los planes de actuación que los
distintos gobiernos han planteado frente a la crisis. Más allá de acuerdos
puntuales en materia de rescate del sistema financiero, cada país ha
implementado los programas de recuperación económica que ha estimado oportuno
en función de sus intereses nacionales y evitando que, en la medida de lo
posible, los mismos pudieran tener efectos más allá de sus fronteras. El temor
a una apuesta decidida por la expansión de la demanda agregada en países como
Alemania, por ejemplo, tiene mucho que ver con la incidencia positiva que las
medidas que se articularan para ello tendrían sobre otros países de la región
y, por lo tanto, con la imposibilidad de rentabilizarlas electoralmente a nivel
interno.
ES más, ¿cómo puede plantearse más
allá de las meras declaraciones retóricas la importancia de la coordinación en
materia de políticas económicas que afecten a la economía real cuando la mayor
parte del comercio de los países de la Unión Europea (el 67,4 por ciento de las
exportaciones y el 62,6 por ciento de las importaciones) es intrarregional? Esa
estructura del comercio se ha conseguido, en gran medida, a base de estimular
la competitividad nacional para copar cuotas de mercado en el resto de Estados
miembros al tiempo que se eliminaban las restricciones a la circulación de
mercancías y capitales con vistas a crear un mercado único en el que cada país
compitiera en igualdad de condiciones con el resto.
EN este sentido, plantear ahora objetivos
basados en el refuerzo de la competitividad, aunque sea para hacer frente
comercialmente al resto del mundo o para equiparar la Unión Europea a los
Estados Unidos, y además establecer compromisos vinculantes sometidos a sanción
en caso de incumplimiento es desconocer radicalmente la esencia del proyecto
europeo.
NO es que sea una propuesta inviable es que, como plantearon
inmediatamente los alemanes, no tiene sentido en esta Europa de los mercaderes.
ES por eso que el carácter de las
propuestas iniciales de la presidencia española anda tan desencaminado. Porque
la Europa que los mercaderes pensaron ya existe, es cierto que no con el grado
de profundidad en la liberalización de las relaciones económicas que ellos
desearían (aún puede irse más lejos al respecto y la crisis se está
convirtiendo en una buena excusa para ello), pero sí con la suficiente
intensidad como para vetar cualquier medida que pudiera entenderse como un
incentivo a la posibilidad de equiparar las condiciones productivas entre países
y, con ello, a incrementar la competencia por los mercados nacionales.
|