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OPINIÓN. ¡Qué mundo éste! Por Alberto Montero
Profesor
de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga
13/04/10. Opinión. “El
Estado se pone al servicio de los intereses de las instituciones financieras (…)
que sus terrenos se pueden depreciar, el Estado da una prórroga para que los
pueda vender cuando las cosas mejoren (…) que sus deudores no pueden pagar la
hipoteca, el Estado les obliga a devolver la casa y a seguir pagándola hasta el
último euro junto a los intereses y los costes judiciales generados al
arruinarles la vida (…) que fomentan una burbuja inmobiliaria promoviendo la
especulación, la corrupción, la destrucción medioambiental y la ruina económica
del país, siempre se podrá constituir un fondo de varios miles de millones de
euros que pagaremos entre todos por si en algún momento se presentan problemas
de liquideza”, destaca el profesor Alberto Montero en esta
colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com.
La larga soga de la
ejecución hipotecaria en España
A
nadie se le escapa que la crisis que estamos atravesando está dejando a sus
espaldas más damnificados de los que el Gobierno y muchas instituciones
económicas de prestigio inicialmente pudieron anticipar. Basta con ver como
cada mes aumentan los datos del desempleo y los anuncios gubernamentales
retrasan el momento en el que se prevé que la economía española comenzará a
crear empleos para que, sin necesidad de ser excesivamente perspicaz, uno
intuya que de este agujero nadie sabe aún ni cuándo y, lo que es peor, ni cómo
va a salir España si no es esperando a que la recuperación externa acabe por
inducir la nuestra.
PERO,
además, ahora que el modelo se ha derrumbado, que el patrón de crecimiento
sobre el que se ha sustentado el espejismo de la opulencia de los últimos años
se ha desmoronado es cuando se comienzan a percibir alguna de sus perversiones
más profundas.
MIENTRAS
el sistema funcionaba como un mecanismo engrasado se ignoró intencionadamente
que, al igual que no existe la máquina del movimiento perpetuo, no existen
tampoco economías que no estén sometidas a fluctuaciones cíclicas, a periodos
expansivos y recesivos. Y esa ignorancia inducida revistió tintes de
perversidad cuando quienes la promovían eran economistas que deberían ser
plenamente conscientes de que cuanto menor es la intervención pública sobre la
economía -y en los últimos años ha habido mucho de ello- mayor es la intensidad
de esas fluctuaciones.
EN
el caso concreto que nos ocupa el sistema funcionó a pleno rendimiento porque
la maquinaria de generación de opinión pública aliada con promotores inmobiliarios
e instituciones financieras se encargó de instaurar en la conciencia colectiva
una idea falsa que sirvió para engañar a miles de ciudadanos de este país: que
el precio de la vivienda nunca bajaría y, por lo tanto, que la dinámica que
impulsaba el precio de ésta al alza no tendría fin.
ESA
mentira, difundida y amplificada por los medios de comunicación de masas,
sirvió para que muchos ciudadanos adquirieran una vivienda al límite de sus
posibilidades, endeudándose con unos horizontes temporales que, en muchos
casos, se extendían casi hasta el límite de sus horizontes vitales. El temor a
que los precios no dejaran de subir y, por tanto, a que el acceso a una
vivienda se alejara con cada día que pasaba; la debilidad de la oferta de
viviendas en alquiler a pesar del inmenso parque inmobiliario en construcción;
y unas favorables, aunque coyunturales, condiciones de financiación estimulaban
ese afán compulsivo por comprar un inmueble que durante años ha existido en
España.
PERO,
insisto, todo ello estaba construido sobre una falacia de la que eran
sobradamente conocedores quienes no sólo tenían interés en el negocio sino
quienes, además, se encontrarían en una posición privilegiada para defenderlo
en caso de que las tornas cambiaran.
¿QUÉ
quiero decir con ello? Pues, en roman paladino, quiero decir que las
instituciones
bancarias y financieras -que saben perfectamente que el precio de cualquier
activo que está sujeto al tráfico mercantil, incluido la vivienda, experimenta
variaciones en su precio que no siempre son al alza-, engañaron a sus clientes
instándolos a que se endeudaran de por vida comprando una vivienda que,
llegados momentos de recesión, no podrían pagar e, incluso, no podrían vender
para atender sus deudas.
QUE,
además, sobre la base de ese engaño consiguieron que la demanda, a la que
sobrealimentaban aligerando las condiciones para el endeudamiento, presionara
constantemente sobre la oferta. Una oferta a la que, evidentemente, también
financiaban para estimular la promoción y construcción de más viviendas.
QUE,
de ello, la resultante fue el espejismo de un círculo virtuoso que un día
devino en vicioso: el día en que los bancos dejaron de confiar los unos en los
otros y el acceso a la financiación externa se cortocircuitó. Ese día el rey
quedó al desnudo: los bancos empezaron a mirar hacia su ombligo, olvidaron que
no sólo ellos estaban en dificultades y comenzaron a pedir que los ayudaran
porque ni habían actuado con la debida prudencia ni los multimillonarios
beneficios que habían obtenido durante los años de la bonanza habían sido
reservados para cuando llegaran las vacas flacas sino que se habían repartido a
espuertas entre sus accionistas y directivos.
PERO
que todo ello lo hicieron, además, y aquí viene la madre del cordero, favorecidos
por una legislación hipotecaria que, de manera manifiestamente injusta,
distribuye la carga de los errores en las asunciones de riesgo entre las partes
a favor del acreedor y en flagrante perjuicio del deudor, esto es, en defensa
de los intereses de los bancos frente a los de los ciudadanos.
Ejecutando a
los más débiles
Y
es que en estos días nos hemos encontrado con que, por fin, diversos medios
están dando voz a las protestas de las miles de personas afectadas por una
hipoteca (consultar enlace nº 1 al final del texto) que, ante la situación de
crisis, no pueden seguir pagando y se ven obligadas a entregar su vivienda al
banco sin que por ello quede cancelada su deuda.
UNA
situación que no es excepcional si se tiene en cuenta que en 2008 se realizaron
58.000 ejecuciones hipotecarias; en 2009, fueron 114.000 y para 2010 se estima
que se realizarán en torno a las 180.000 ejecuciones. Es decir, en tres años se
habrán ejecutado unas 350.000 hipotecas o, lo que es lo mismo, unas 500
personas habrán perdido su casa cada día.
LA
razón es que la legislación hipotecaria española permite que, en caso de
ejecución de la hipoteca por impago, el inmueble pase a ser subastado y, si no
hay oferta de compra, la propiedad sea adjudicada a la entidad bancaria al 50
por ciento de su valor de tasación, quedando pendiente de pago el resto del
monto de la misma más los intereses y las costas judiciales generadas en el
proceso.
EL
resultado es que este procedimiento genera una doble condena sobre el
propietario de la vivienda: no sólo se queda sin propiedad -que, en la mayor
parte de los casos, es su vivienda habitual- sino que también continuará
endeudado en tanto no liquide el 50 por ciento del valor de la hipoteca
inicialmente contratada más todos los gastos añadidos.
A
mí modo de ver la injusticia del procedimiento es manifiesta pero, por si
acaso, la resalto en sus diferentes manifestaciones.
DE
entrada, ¿cómo puede ser que en un acuerdo libre entre partes, en donde ambas
deben realizar una valoración de los riesgos asumidos sobre la base de precios
de mercado, la legislación sobreproteja no sólo a quien en mejores condiciones
está para realizar la misma sino también a quien se encuentra en una posición
de poder de cara a la finalización de la transacción?
ASÍ,
no cabe duda de que el banco que concede la hipoteca tiene un conocimiento más
preciso de la evolución de la actividad económica en general y de la situación
del negocio inmobiliario en particular lo que le permite realizar una
evaluación de los riesgos más aquilatada que la que puede hacer cualquier
persona por muy elevado que sea su nivel de información. De hecho, esto le
permite, además, incrementar las exigencias de colaterales cuando entiende que
el riesgo de impago del cliente excede de lo normal, exigiendo avales
adicionales a los peticionarios.
ADEMÁS,
¿cómo puede ser que en una sociedad capitalista de mercado se pretenda que el
valor de tasación de una vivienda se mantenga inalterado desconsiderando las
fluctuaciones del mercado cuando éstas son a la baja? ¿Es que el mercado solo
es bueno cuando impulsa al alza los precios y es malo cuando lo hace a la baja?
¿Es que los costes de un derrumbe del mercado inmobiliario solo los deben
soportar los ciudadanos hipotecados y no quienes les concedieron las hipotecas?
PARECIERA
como si para los ciudadanos la caída del precio de la vivienda no supusiera una
reducción de su riqueza y debieran asumirla como la resultante de un error en
sus cálculos mientras que los bancos quedaran exonerados de las consecuencias
de sus errores, de actuar como si los precios nunca fueran a bajar o no fuera a
producirse otra recesión en este país que acabara provocando que muchos de esos
clientes aparentemente solventes a los que concedieron una hipoteca pudieran
perder su empleo y, con él, su fuente de ingresos.
NOS
encontramos, así, con que los errores de previsión de uno y otro lado son
tratados con manifiesta asimetría y, consiguientemente, se genera una situación
de injusticia que, entre otros efectos, está provocando que gracias a esta
legislación las instituciones financieras estén recomprando esos mismos
inmuebles al 50 por ciento de su valor de mercado y dejando sin hogar y
agobiadas por las deudas a miles de familias.
ELLO
nos lleva a una cuestión más de fondo. Y es que una de las razones de ser del
Derecho es precisamente la de contribuir a la superación de la ley de la selva,
en la que se impone la voluntad del más fuerte, por un orden social más justo
sustentado, entre otros elementos, por la protección de las partes más débiles
en cualquier proceso de negociación. Baste como ejemplo el caso de la mayor
parte de la legislación laboral desarrollada para tratar de proteger al
trabajador frente al empresario y no porque se asuma que el segundo es
intrínsecamente malvado sino porque la negociación inter pares es prácticamente imposible en ese entorno y, de darse,
perjudicaría sistemáticamente a la mayor parte de los trabajadores.
SIN
embargo, en el caso de la legislación hipotecaria la normativa introduce un
claro desequilibrio en la atribución de los riesgos entre las partes
contratantes y actúa claramente no sólo a favor de la parte que posee un mayor
nivel de información previo de cara a la toma de decisiones sino, también, de
la que mayor poder, en cualquiera de sus expresiones, posee.
SI
la evolución de la legislación laboral, por continuar con el símil, hubiera
seguido la pauta de la legislación hipotecaria, a estas alturas podríamos
encontrarnos ante un ordenamiento en el que, tras el despido, el trabajador aún
seguiría debiendo al empresario por la plusvalía no realizada o por las
expectativas de venta no cumplidas.
Y
todo ello porque al contrario de lo que ocurre en otros países como Francia,
Inglaterra o Alemania, la legislación española no permite la dación de la
vivienda en pago, es decir, que mediante la entrega de la vivienda que
constituye la garantía del préstamo hipotecario éste quede saldado y ambas
partes corran así con los costes de sus errores de cálculo y de su excesiva
propensión al riesgo.
La banca
nunca pierde
TODO
lo anterior nos lleva a plantear, como hacíamos al principio, la perversidad
intrínseca de un sistema que ha utilizado todos los resortes a su disposición
para promover un crecimiento desequilibrado, sustentado en el
sobreendeudamiento, al tiempo que, como los trileros, guardaba en la manga un
as escondido por si cambiaba la coyuntura.
VENIR
a hablar ahora del libre albedrío de quienes se endeudaron alegando que
pudieron no haberlo hecho es puro cinismo. Cuando la información se ha sustituido
por la publicidad y los medios de comunicación se convierten en amplificadores
de un mensaje que acaba por distorsionar cualquier cálculo racional
sustituyéndolo por impulsos condicionados al mejor estímulo del perro de Pavlov
lo primero que hay que preguntarse es dónde queda ese libre albedrío.
PERO,
además, seguir elogiando la libertad de mercado y defendiendo sus ventajas
cuando el sistema jurídico te previene frente a los riesgos de sus
fluctuaciones cuando éstas son a la baja es otra muestra más de ese cinismo tan
común entre nuestros banqueros.
Y,
finalmente, alegar que una reforma de la ley introduciría graves problemas de
inseguridad jurídica (o, lo que viene a ser lo mismo, que podría dar lugar a
una elevación de la tasa de morosidad) supone ya rizar el rizo de la
desvergüenza sobre todo porque el patrón desde el que lo miden es el del grado
de incidencia que las reformas legislativas tendrán sobre su cuenta de
resultados.
ASÍ,
no dudan en destacar la inseguridad jurídica que supondría una modificación de
la legislación para evitar que miles de personas se queden en la calle pero no
dicen nada al respecto cuando el gobierno introduce estos días una reforma en
la Ley del Suelo, (consultar enlace nº 2 al final del texto) para prorrogar el
plazo legal de tres años que tienen los propietarios de terrenos urbanizables
(y ahora las instituciones financieras disponen de mucho) para comenzar a
construir en los mismos porque, de no hacerlo, éstos pasarían a considerarse
rústicos. La desclasificación de los terrenos conllevaría, evidentemente, la
caída de su valor y, por tanto, obligaría a bancos y cajas a realizar mayores
provisiones lo que tendría efectos inmediatos sobre su cuenta de resultados. Y
eso, como es sabido, no puede tolerarse.
PODEMOS
comprobar, entonces, como nuevamente el Estado se pone al servicio de los
intereses de las instituciones financieras protegiéndoles de las pérdidas de
valor de sus activos cualesquiera que sean los mecanismos que pudieran generar
ese efecto.
QUE
tus terrenos se pueden depreciar porque o los vendes en un mercado bajista o
los desclasificas, no te preocupes que el Estado te da una prórroga para que
los puedas vender cuando las cosas mejoren, no vaya a temblar tu cuenta de
resultados mientras a tu alrededor cierra una empresa tras otra.
QUE
tus deudores no pueden pagar la hipoteca que les concediste casi metiéndosela
por los ojos, no te agobies que viene el Estado y les obliga a devolverte la
casa y a seguir pagándotela hasta el último euro junto a los intereses y los
costes judiciales generados al arruinarles la vida.
QUE
fomentas una burbuja inmobiliaria promoviendo la especulación, la corrupción,
la destrucción medioambiental y la ruina económica del país, no te deprimas que
siempre se podrá constituir un fondo de varios miles de millones de euros que
pagaremos entre todos por si en algún momento se te presentan problemas de
liquidez.
ASÍ
que yo creo que las cosas a estas alturas están ya meridianamente claras: no es
que la banca gane siempre, que también, sino que es que ni siquiera le dejan
perder.
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