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Autores: Florencio Cabello, Jorge Dragón,
José María Romero, Eduardo Serrano, Nicolás Sguiglia y Teresa Vera
02/06/06 MÁLAGA. Pervierte
los fines sociales de los derechos de autor y se somete a los intereses
de las sociedades de gestión. Es una de las muchas reflexiones que
expresan los seis autores de este artículo conjunto sobre la reforma
de la Ley de Propiedad Intelectual (LPI), que ha sido recientemente
aprobada en el Senado y debe volver ahora al Congreso de los Diputados
para su trámite final. Si se cumplen los plazos previstos, la nueva
Ley entrará en vigor a mediados o finales de este mes de junio.
Una reforma que afecta de lleno a casi todos los ciudadanos y que
recoge cuestiones como los derechos de autor, las copias pirata,
el canon que hay que pagar a la Sociedad General de Autores y Editores
(SGAE)… La revista EL OBSERVADOR inicia
con el Envío de hoy la publicación en tres entregas del artículo
en profundidad firmado por Florencio Cabello, Jorge Dragón, José
María Romero, Eduardo Serrano, Nicolás Sguiglia y Teresa Vera, que
defienden por encima de todo
“el derecho universal al acceso a la cultura y al conocimiento y,
más importante aún, a la participación en su construcción”.
Vertical,
monopolista, feudal…: La
reforma de la Ley de Propiedad Intelectual y la SGAE
(1)
EN la primera de estas cartas de ciudadanía, publicada hace casi dos meses en
un periódico local ("Horizontal,
creativa, colaborativa... otra manera de hacer cultura"), hablábamos de lo
que hace posible una producción local cultural potente y autónoma. De
ningún modo es esta una cuestión superflua porque la cultura es ya
inseparable de un conflicto social de enormes consecuencias, en nuestra
opinión mayores que las derivadas de esas guerras con las que terroristas
de uno y otro signo consiguen acaparar nuestra teleatención. Estamos
hablando, ni más ni menos de lo que es intrínseco al capitalismo, la lucha
de clases, una de cuyas principales batallas se dirime en el siglo XXI en
torno a la propiedad privada de los productos intelectuales.
PRECISAMENTE porque Málaga no es solamente ese bello escenario querido por nuestros
promotores oficiales para los productos culturales empaquetados en otros
lugares, precisamente porque aquí hay cultura viva, este conflicto, tal
vez para muchos nuevo y sorprendente, fue abordado aquí a comienzos de
marzo con la celebración, de
la mano de UNIA-Arte y Pensamiento, de las cuartas Jornadas Críticas de Propiedad
Intelectual. La
meta de estas jornadas en ningún momento pasaba por la mera queja o la
confrontación, sino por la divulgación e invención colectiva y creativa de
mecanismos que doten de nueva potencia al derecho universal al acceso a la
cultura y al conocimiento y, más importante aún, a la participación en su
construcción; derechos interesadamente desaparecidos del vocabulario de
políticos, expertos y, por supuesto, de la industria cultural.
Y ello, en sus múltiples aplicaciones, desde las bibliotecas y archivos,
pasando por los mecanismos de salud preventiva y, más particularmente,
por los medicamentos esenciales, hasta la construcción
de redes ciudadanas sin cables y el acceso a Internet para todos.
Todo ello en el afán de traducir a nuestra vida cotidiana la invitación
que lanzaba John Perry Barlow a comportarnos en este decisivo momento
histórico como "buenos antepasados" que recuperen y mimen en esta
nueva etapa nuestra herencia cultural.
FIEL a este espíritu, dicho
encuentro paseó los debates y propuestas más pujantes por distintos
espacios de nuestra ciudad (tanto oficiales como al margen de lo
institucional: la Casa de Iniciativas 1.5 o las instalaciones industriales
de Lumisol), ahora bien, si un asunto estelar centró buena parte de las
discusiones en esos intensos días, fue sin duda la reforma de la Ley de
Propiedad Intelectual (LPI) que ha sido recientemente aprobada en el
Senado español. Nos daríamos por satisfechos si este breve texto sirve
para que los ciudadanos malagueños conozcan, a partir de las ideas que
pudimos recoger aquellos días, algo más sobre el proceso de tramitación de
esta reforma, que ha merecido incluso una amenaza de multa por parte de
Bruselas al Gobierno de España debido a su retraso y falta de
transparencia en todo el proceso. Más allá de esto, creemos urgente
denunciar ciertas cuestiones que nos parecen gravísimas y que
lamentablemente no tienen apenas cabida en los grandes media (pues en los blogs de Internet no se habla de
otra cosa).
PARA ello nos centraremos en la segunda parte de este artículo en los puntos de
esta reforma que están suscitando una mayor polémica, los referidos a la
“copia privada” y a la “remuneración compensatoria” que se ambiciona
hacerle corresponder, siguiendo al pie de la letra la máxima “si hay
valor, hay derecho”. Creemos insoslayable subrayar la grave tergiversación
que tal lógica impone sobre todo el entramado de la regulación de derechos
de autor, al pervertir los fines sociales que a ella se le han de exigir
(esto es, los encaminados a favorecer y premiar la riqueza artística y
cultural de una sociedad, de modo que todos sus integrantes puedan
beneficiarse de ella) para someterla a los intereses de las sociedades de
gestión de derechos de autor y despejar de su camino la incómoda competencia que está emergiendo
gracias a Internet y las nuevas tecnologías. El catedrático de Derecho de
Stanford, Lawrence Lessig, expresa esta amenaza inmejorablemente en la
introducción de su obra ‘Por una
cultura libre’ (la edición castellana de este libro se la debemos a Traficantes de Sueños y puede
usted descargarla desde la página web de esta editorial copyleft: http://traficantes.net): “Justo en el
momento en el que la tecnología digital podría desatar una extraordinaria
gama de creatividad comercial y no comercial, las leyes le imponen a esta
creatividad la carga de reglas irracionalmente complejas y vagas y la
amenaza de penas obscenamente severas”. Y qué mejor ilustración de ello
que la discusión sobre el canon de soportes digitales y la compartición
entre pares a través de Internet (para entendernos, la cotidiana ‘subida’
y ‘bajada’ de música, videos y demás a través de programas como Emule o
BitTorrent en redes P2P) que abordamos también en la segunda parte de este
artículo.
SEGUIRÁ...
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