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OPINIÓN. Colaboración. Por Carlos Taibo
Profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM)

carlos_taibo.jpg25/11/09. Opinión. Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Madrid (UMA) y experto en política internacional y globalización, Carlos Taibo estrena hoy sus colaboraciones con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com con este artículo en el que reflexiona sobre...

OPINIÓN. Colaboración. Por Carlos Taibo
Profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM)

carlos_taibo.jpg25/11/09. Opinión. Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Madrid (UMA) y experto en política internacional y globalización, Carlos Taibo estrena hoy sus colaboraciones con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com con este artículo en el que reflexiona sobre el decrecimiento. En él, este especialista detalla las líneas maestras de esta filosofía, basada en una reducción de la producción y el consumo de los países ricos.

Detractores del decrecimiento

En recuerdo de Eladio Villanueva, y de nuestro viaje pendiente

EL proyecto que hemos dado en describir bajo la etiqueta del decrecimiento, y que reclama, entre otras muchas cosas, reducciones significativas en los niveles de producción y de consumo en el Norte opulento, ha empezado a suscitar, como era lógico, críticas. Vaya por delante que estas últimas son tan legítimas como necesarias, tanto más cuanto que estamos hablando de una iniciativa no cerrada y de aplicación muy compleja.

SORPRENDE, sin embargo, que la mayoría de las críticas que nos ocupan no lleguen del discurso oficial, que simplemente se desentiende de algo que considera, en el mejor de los casos, una propuesta extravagante y fuera del mundo. Llegan más bien de determinados segmentos de lo que con impresentable liberalidad llamaré la izquierda, en el buen entendido de que, hasta el momento, las más de las veces optan por cuestionar el decrecimiento como un todo, sin entrar al trapo de una consideración precisa de las propuestas y los fundamentos intelectuales de aquel. Pareciera como si estimasen que el proyecto es tan desafortunado y lamentable que no es necesario asumir una crítica puntillosa al respecto, toda vez que aquél se descalificaría por sí solo. No diré, para dejar las cosas claras, que no entiendo esa actitud. Al fin y al cabo, si alguien me pidiese que realizase un examen crítico del programa de un partido socialdemócrata, también yo respondería que preferiría no perder el tiempo...

AL cabo creo que pueden reducirse a dos, bien que muy relacionadas entre sí, las críticas que se han ido formulando. La primera vendría a decirnos que el del decrecimiento es un horizonte mental concebido para apaciguar la mala conciencia de clases medias aposentadas como las que existen en el mundo rico. Sin negar que algo de ello pueda haber en determinadas modulaciones del discurso del decrecimiento, conviene no confundir la parte con el todo. carlos_taibo.jpgSomos muchos los que, aun asumiendo el decrecimiento como elemento central de reflexión y de acción, seguimos pensando que aquello en lo que trabajamos desde mucho tiempo atrás sigue siendo prioridad mayor: fundir lo más lúcido que aporta el movimiento obrero de siempre con la irrupción inexorable de nuevas cuestiones, y entre ellas las vinculadas con la certificación de que los límites medioambientales y de recursos del planeta configuran un problema principal. En la trastienda está, de cualquier modo, una disputa que colea desde hace decenios: la retirada del proletariado como sujeto revolucionario y, con ella, la confusión de muchos de sus integrantes con las clases medias, circunstancia que enrarece un tanto -parece- el escenario en el que esta crítica está concebida. Conviene decir aquí lo que, no por obvio, a menudo se olvida: quienes apreciamos problemas serios en cualquier cosmovisión que pretenda seguir atribuyendo al proletariado el papel que le asignaron en el pasado todos los maestros del pensamiento socialista -sin distinción de corrientes- no nos regocijamos con su retroceso revolucionario: nos limitamos a reseñar lo que es una triste realidad. Y peleamos, eso sí, para que la toma de conciencia en lo que hace a las consecuencias de un triste proceso como ése no se traduzca en un posmoderno abandono de las reivindicaciones rotundas de antaño.

LA segunda de las críticas señala, con formulaciones más o menos distintas, que el del decrecimiento es un proyecto reformista que aleja lamentablemente el horizonte de la insurrección revolucionaria. Sin descartar, de nuevo, que determinadas modulaciones del discurso del decrecimiento justifiquen esa lectura, conviene oponer algunos argumentos. El primero, y principal, señala que no hay ningún motivo para separar abruptamente decrecimiento e insurrección: los partidarios de esta última también están en la obligación de preguntarse por las reglas del juego que el modelo crecimentalista abrazado de siempre por el capitalismo ha instituido. Lo diré de otra forma: si en 1936, cuando en muchos lugares la CNT se lanzó a la tarea de instaurar el comunismo libertario, podía excusarse que no se formulase la pregunta relativa a qué había que producir el día después de la insurrección, hoy, tal y como van las cosas en el planeta, no podemos permitirnos semejante desliz.

EL insurrecionalismo debe ser también, en otras palabras, decrecimentalista, no vaya a ser que, no sin paradoja, acabe por traducirse en el olvido de elementos centrales de contestación del capitalismo, riesgo muy frecuente en determinado lenguaje inflado de soflamas revolucionarias (por cierto que cuando uno habla con los detractores del decrecimiento descubre que las más de las veces asienten ante la mayoría de los cimientos mentales de éste). En cualquier caso, convengamos que hay que fortalecer con claridad la dimensión anticapitalista de la propuesta decrecimentalista, como hay que subrayar que el cuestionamiento del orden de propiedad del capitalismo -la defensa, por decirlo claro, de una propiedad colectiva socializada y autogestionada- debe hacerse acompañar de medidas que cancelen la ilusión de que podemos seguir creciendo de forma indiscriminada. Y preguntemos a los compañeros que se reclaman de la insurrección mientras abominan del decrecimiento cuál es el lugar desde el que nos hablan, toda vez que pareciera como si dispusiesen de afinados instrumentos de análisis de la realidad y de poderosos movimientos que obligasen a concluir que lo suyo es claramente preferible. Curioso es, por lo demás, que muchas de estas críticas procedan del mundo libertario. Acaso la leninistización de determinados sectores de este último ha hecho que se olvide uno de los cimientos mentales, acaso prepolítico, del pensamiento libertario: la conveniencia de no aguardar a tomas de palacios de invierno o a triunfos electorales para empezar a cambiar las cosas. Ese cimiento es, entre otros, lo que coloca cognitiva y emocionalmente a muchos libertarios en posiciones espontáneamente próximas a las de lo que llamaré el decrecimiento orgullosamente anticapitalista.

NO me cuesta ningún trabajo admitir, de cualquier modo, que existe el riesgo de que el del decrecimiento sea uno más de los muchos proyectos que el capitalismo ha acabado por engullir. Mi réplica es, aun así, sencilla: quienes creemos en el  buen sentido de su propuesta general debemos hacer lo que está en nuestras manos para evitar que ese posible engullimiento se haga realidad. Y debemos recordar que incluso en su dimensión menos ambiciosa y pactista, en la forma de una especie de desobediencia civil suave ante la lógica de la producción y del consumo, lo del decrecimiento es un paso adelante con respecto a lo que tenemos. Con la vocación anunciada, trabajemos para conseguir que las críticas que se han expresado se reformulen con la vista puesta en dotar al proyecto de las defensas que permitan alejarlo de la cooptación por el capitalismo, y ello, eso sí, desde la conciencia de que nuestro proyecto no puede ser exclusivamente decrecimentalista: el decrecimiento es una parte de un programa más general, de tal suerte que por sí solo no configura ninguna respuesta mágica a nuestros problemas.

CUALQUIER proyecto anticapitalista en el Norte desarrollado de principios del siglo XXI tiene que ser también, por necesidad, decrecimentalista, autogestionario y antipatriarcal. De lo contrario estará haciendo el juego dramáticamente -invirtamos el argumento expresado por quienes nos critican- al sistema que pretende contestar. Pero, al mismo tiempo, y en paralelo, peleemos, claro que sí, por alejarnos de las eventuales modulaciones del decrecimiento que no se revelan manifiestamente anticapitalistas.  

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