
OPINIÓN. ¡Qué
mundo éste! Por Alberto Montero
Profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga
14/12/10. Opinión. “El 40% de los desempleados de este país viven en hogares en
donde todos sus miembros están desempleados (…) Al
deterioro del mercado de trabajo y a la merma del Estado de bienestar viene a
sumarse ahora la desestructuración de las redes familiares de última instancia (…), con el 17,2%, somos el segundo país de la OCDE con la tasa de pobreza
infantil más alta (…), la capacidad del Estado de Bienestar español para
amortiguar las desigualdades sociales generadas por la distribución primaria de
la renta del mercado es penosa: si la tasa de pobreza infantil antes de la
intervención pública es del 18,5%, una vez que el Estado ha intervenido ésta
apenas se reduce al 17,2%”. Tras estas reflexiones, Alberto Montero advierte en
esta colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com que
estamos “pasando de la sociedad del bienestar a
la sociedad del funambulismo sin red de protección”.
Sobre familias, desempleados y niños
NO lo digo yo porque alguien me lo haya contado. Lo dice el
propio Banco de España en uno de los artículos de su último Boletín Económico:
el 40% de los desempleados de este país viven en hogares en donde todos sus
miembros están desempleados. Ese dato significa, como señala el propio informe,
que el 8% de la población activa vive en esa insostenible situación, “una tasa
de un orden de magnitud similar a la tasa de paro total de muchos países de la
zona euro”.
A
ese estremecedor dato, si lo analizamos en perspectiva humana y no meramente
estadística, debemos sumar algunos más que nos detalla el propio informe sobre
la evolución del desempleo en la economía española durante esta crisis.
ASÍ,
mientras que en el conjunto de la zona euro en los últimos dos años se ha
destruido un 2,6% del empleo y la tasa de desempleo se ha situado en el 10,1%,
en España la destrucción de empleo ha sido, en el mismo periodo, del 9,2% y la
tasa de desempleo ha aumentado en 13 puntos porcentuales hasta alcanzar el
20,1% en el segundo trimestre de 2010.
EL
informe también dice que la tasa de paro del principal perceptor de ingresos
del hogar se sitúa en un 13%, más de 3 puntos porcentuales por encima de la
tasa que alcanzó en la crisis de los noventa, lo que demuestra que se ha
elevado la probabilidad de que el o la cabeza de familia estén desempleados.
LA
conclusión es clara y la marca el propio informe: “Estos resultados sugieren
que la capacidad de protección adicional contra el desempleo que pudieran
constituir los vínculos familiares es ahora menor que en recesiones
anteriores”.
O,
lo que es lo mismo, si hasta ahora habíamos asistido al deterioro de dos de los
tres vértices tradicionales del denominado triángulo de la inclusión social,
ahora ya nos hemos cargado también el tercero.
Y
es que, por un lado, el incremento del desempleo ha tenido como consecuencia
inmediata la imposibilidad de un 20% de la población activa para acceder a los
ingresos salariales que le permiten mantener su vida en condiciones dignas, sin
dependencias frente a terceros más allá de las que impone las desiguales
relaciones que el sistema capitalista impone entre capital y trabajo.
POR
otro lado, el incremento del desempleo, unido a los recortes en las
prestaciones y derechos sociales realizados en nombre de la austeridad
presupuestaria y el ajuste, están deteriorando a marchas aceleradas el sustrato
material de un Estado de Bienestar que hace depender el acceso a gran parte de
los bienes y derechos sociales que provee de la participación previa en el
mercado de trabajo, en lugar de considerarlos como derechos de ciudadanía que
no pueden negársele a cualquier ciudadano, esté o no trabajando, haya
contribuido o no a su financiación.
PUES
bien, al deterioro del mercado de trabajo y a la merma del Estado de Bienestar
viene a sumarse ahora la desestructuración de las redes familiares de última
instancia. Cuando todo fallaba, cuando el desempleo se instalaba y el Estado no
respondía,
ahí estaba la familia para ofrecer cobijo frente a la intemperie. Y
este pilar era especialmente importante en los países de la Europa mediterránea, en
donde la debilidad del Estado de Bienestar era mucho mayor. De hecho, como el
propio artículo recoge: “Grecia, Portugal y España eran los países donde el
porcentaje de parejas en las que ambos cónyuges están desempleados era menor
[se refiere a antes de la crisis], pudiendo constituir un refugio para los
hijos, los más afectados por el desempleo en estos países que, junto con
Francia, sufren tasas de desempleo juvenil muy superiores a las del resto de
países de la UEM”.
AHORA,
con familias con todos sus miembros en desempleo; con ayudas misérrimas que
apenas permiten sobrevivir una vez agotada la prestación por desempleo y que, a
pesar de ello, han sido capaces de eliminar; con pensiones de miseria y que aún
se atreven a congelar; con una tasa de desempleo juvenil que supera el 40%, la
red de seguridad última que era la familia se ha acabado también por
desvanecer.
Y
como demostración de hacia dónde avanzamos –si no es que estamos ya allí-
valgan los resultados del último informe del Centro de Investigaciones
Innocenti sobre la infancia en los países de la OCDE.
A través
de él nos enteraremos de que, con el 17,2%, somos el segundo país de la OCDE con la tasa de pobreza
infantil más alta, tan sólo por delante de Portugal y con datos referidos a 2008,
esto es, antes de que la crisis explotara en toda su intensidad en nuestro
país.
ADEMÁS,
también sabremos al leerlo que la capacidad del Estado de Bienestar español
para amortiguar las desigualdades sociales generadas por la distribución
primaria de la renta del mercado es penosa: si la tasa de pobreza infantil
antes de la intervención pública es del 18,5%, una vez que el Estado ha
intervenido ésta apenas se reduce al 17,2% (para poner ese dato en perspectiva,
adviértase que en Irlanda, por ejemplo, la acción redistributiva del Estado
consigue reducir la tasa de pobreza infantil de un 34% a un 11%).
Y,
finalmente, para acabar de redondear el pastel, acabaremos sabiendo que el
principal factor que explica la pobreza infantil es la desigualdad en los ingresos.
De forma que en un contexto como el español, en el que los ingresos no sólo
están desapareciendo en miles de hogares sino en el que el Estado está
renunciando a su tarea de redistribución de la renta hacia los más
desfavorecidos a favor del sistema financiero y los grandes intereses
económicos del país, las perspectivas para los niños son cada vez más oscuras.
Y
es que estamos pasando de la sociedad del bienestar a la sociedad del
funambulismo sin red de protección y, como no podía ser de otra forma, los
primeros en caer, trastabillando, son los más débiles entre los débiles.
PUEDE leer otros textos de Alberto Montero en su
blog: La Otra Economía.
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