
OPINIÓN. Loco por incordiar. Por Capitán Ahab
Matemático
y bloguero
10/05/11. Opinión. El matemático y bloguero Capitán Ahab explica
hoy en esta nueva colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com
los entresijos de la Ley D’Hont con la que se reparten los escaños tras las
elecciones y tachada de injusta desde diversos ámbitos. “El origen de esta
injusticia no son las matemáticas, es la indivisibilidad de los escaños, que
solo permiten entregar porciones del 10% del pastel, pero la gente viene a
comprar con moneda más pequeña. Y no hay cambio. Lo que llamamos reparto justo
en este caso no es más que buscar el reparto menos injusto posible, y eso,
matemáticamente, es la Ley D’Hont, que no es más que el reparto que minimiza la
injusticia global del reparto”, detalla en su artículo.
La maléfica Ley D’Hont
SIEMPRE que se acercan unas elecciones alguien me acaba preguntando por el Sistema Electoral, indignado por su injusticia y achacando sus aberraciones a las matemáticas y a la maligna Ley D’Hont. Que ya bastante impopulares somos los matemáticos para que encima nos carguen cuitas de otros. ¿Cómo se reparten los escaños? ¿Qué es eso de la Ley D’Hont?
EN
primer lugar, ¿por qué es necesaria una regla para repartir? Pongamos un
ejemplo sencillo,
supongamos que quiero repartir diez escaños en unas
elecciones y un determinado partido ha sacado el 23% de los votos. ¿Cuantos
escaños le deben corresponder? Pues si les das 2 escaños, les estás dando el
20% de los escaños teniendo el 23% de los votos. Es decir, les estás
escamoteando el 3% de los votos, que acabarán asignándose a otra formación.
Pero si les das 3 escaños, entonces les estás dando el 30% de los escaños
teniendo tan solo el 23% de los votos. Es decir, les estás asignando un 7% de
votos de más y, por tanto, se los debes estar restando a otra formación.
¿CUÁNTOS escaños le tengo que dar para que el reparto sea justo entonces? Pues la respuesta es evidente, le dé lo que le dé el reparto no va a ser justo nunca. O le doy un 3% de menos o le doy un 7% de más. Y el origen de esta injusticia no son las matemáticas, es la indivisibilidad de los escaños, que solo permiten entregar porciones del 10% del pastel (en este ejemplo con 10 escaños), pero la gente viene a comprar con moneda más pequeña. Y no hay cambio. Lo que llamamos reparto justo en este caso no es más que buscar el reparto menos injusto posible, y eso, matemáticamente, es la Ley D’Hont, que no es más que el reparto que minimiza la injusticia global del reparto. Reparte los escaños de manera que el total de las injusticias, tanto por exceso como por defecto, sea lo menor posible. Pero sea, naturalmente.
ASÍ que, mientras que los escaños sean entes indivisibles, el reparto nunca será justo, salvo que se dé una carambola cósmica con los porcentajes de los votos. La pregunta, naturalmente, es: ¿por qué entonces usar un sistema de escaños (indivisibles) para representar un conjunto de votos (infinitamente más divisible)? ¿Por qué usar 350 diputados en el Congreso y repartirlos injustamente en vez de usar un único representante por partido cuyo voto valga exactamente lo que dicta su proporción de votos? Como se hace, por ejemplo, en un Consejo de Accionistas. Menganito representa al PSOE y tiene el 43,87% de las “acciones”, Fulanito representa al PP y tiene el 39,94% de las “acciones” y así sucesivamente. Un sistema así no cometería injusticia alguna, sería completamente fiel a los votos obtenidos. ¿Y por qué no se hace? Pues, en teoría, eso restaría pluralidad al Congreso ya que asumiría también que ese Fulano decide en bloque por todos sus votantes. Es decir, la decisión en este caso es la que se vuelve indivisible. Lo que diga un solo Fulano vale por el 43,87% de la decisión. Y punto. Si se vuelve loco y decide, qué se yo, prohibir fumar en los bares, pues te aguantas. Y eso, en teoría, resta pluralidad. Representa mejor la pluralidad de 169 personas a ese 43,87% de los votantes que la unanimidad de un solo Fulano.
POR
eso se reparten los escaños y por eso la Constitución prohíbe la disciplina de
voto:
(artículo 67.2) "Los miembros de las Cortes Generales no estarán
ligados por mandato imperativo". Protege explícitamente a los diputados de
que el partido al que pertenecen, y por el que fueron elegidos, les imponga qué
tienen que votar en ningún caso. Es decir, que al tener el PSOE 169 escaños
pues lo que uno se asegura es que esas 169 personas votan en libertad y en
conciencia las propuestas del Congreso sin estar sujetos a una disciplina
impuesta, dificultando que ningún malintencionado pueda usar ese 43,87% de los
votos para sus intereses y en contra de los intereses del Estado. Al dividir la
responsabilidad, divides el riesgo de abusos también. Y ya todos ustedes se
están partiendo de la risa.
PORQUE, claro, todo siempre en teoría. Lo que se observa al final es que todos los partidos imponen la disciplina de voto, como puede comprobar cualquiera que repase las votaciones del Congreso desde la misma restauración de la democracia. Los 169 diputados del PSOE votan siempre en bloque, igual que el resto de diputados del Congreso, sean de la formación que sean. Que yo siempre me he preguntado ¿Por qué no son secretas las votaciones en el Congreso? Es como si todo el mundo pudiera ver lo que votas en las elecciones, resta libertad y coacciona. Pues en el Congreso pasa igual. Pero solo si se solicita, y se aprueba en el propio Congreso, una votación puede ser secreta. Por defecto son siempre públicas, lo cual favorece sumamente la disciplina de voto. Si votas a contracorriente se te ve el culo enseguida.
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