
OPINIÓN. Confieso que he bebido. Por Juvenal Soto
Escritor
01/07/11. Opinión. “Dicen que en
Cannes el público aplaudió poco el primer pase de Medianoche en París, y añaden algunos comentaristas sobreros no
entender el porqué de ese silencio. No resulta difícil concluir que el público
tuviese ocupadas las manos en el uso del papel higiénico. Suerte que
disfrutaron aquellos agraciados. Yo me contenté con el cartón del cubo de las palomitas”.
Juvenal Soto abre su colaboración en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com con una
implacable crítica a la última película dirigida por Woody Allen, cineasta por
el que no siente ninguna simpatía.
'Medianoche en París' y yo sin papel higiénico
NUNCA estuvo entre mis ídolos,
ni siquiera cuando leí algo por él escrito que llamó mi atención: “No solamente
Dios no existe, busque usted un fontanero un sábado por la tarde”. Salvo
ciertos párrafos de algunos de sus libros y pocos, muy pocos, instantes de sus
películas, Woody Allen me resultó siempre un tipo pretencioso, que a base de
contagiar neurosis propias intentaba hacer de este mundo un lugar aún más
neurótico de lo que ya es. Quizás lo suyo sea esquizofrenia y lo mío paranoia,
dos patologías que unidas en una sala de cinematógrafo pueden provocar un
apagón generalizado de cerebros. El mío se apagó cuando padecí la desgracia de
soportar un reciente bodrio suyo centrado en Barcelona. El de Woody está para
la chatarrería. Lo acabo de comprobar soportando otro bodrio made in Allen, Medianoche en París, o Midnight
in Paris, que diría Boris Izaguirre poniendo careto de Marujita Díaz
segundos antes de zamparse a un gachó kikirikí.
HA
niñeado a la contra cultura o a la anti cultura o a la cultura en calzones
blancos y pantuflas, y, según veo, terminará siendo un producto cultureta de
bajo perfil. Suele ocurrir cuando de tu vida y obra pretendes hacer un show infinito para epatar a tirios,
troyanos, persas y egabrenses. La cagas. La cagas porque no se puede ocupar el
retrete de un antro en Manhattan a la vez que pontificas tumbado de lomo en una
chaise longe de la tertulia
envenenada de Madame de Staël. La cagas porque para esas tareas aparentemente
antagónicas es preciso estar en posesión de dos perfiles adversarios. Uno para
machear de cagón bragado en Manhattan y otro para pisar fino entre las copas de
Sèvres. La cagas. Medianoche en París
es una gran cagada.
PARAPETADO
en un protagonista ejerciente de su propio alter ego, Woody quiere plantear en
este flim o penícula el viaje en el tiempo de un escritor en ciernes y
acojonado ante su próximo matrimonio contra una pibita high life protegida por un papá y una mamá pelmazos de aúpa. No
falta en esta pipirrana con ínfulas de vichyssoise
la presencia de un exprofesor y examante de la pibita, el decorado de la suite
de un hotel de lujo y les nuits de
París, que el plumilla acojonado recorre en compañía de tipos tan novedosos
como Picasso, Dalí, Belmonte, Eliot, Scott Fitzgerald y señora, Hemingway, Buñuel y
un surtido de bellas damas dedicadas más o menos a joder más o menos las vidas
y obras de los mentados. Para que al merengazo no le falte la guinda con
marrasquino, la primera dama de Francia, Carla Bruni -madame Sarkozy-,
interviene en calidad de guía turística. Vale.
PODRÍA
valer, digo, si a Woody no se le hubiesen empanado los sesos hasta el punto de,
ninguneando el talante de sus incondicionales, colocarnos ante los ojos los
arquetipos más manidos de todos y cada uno de los personajes arriba mentados. O
sea, un Hemingway broncoso, borrachuzo y cazador; un Picasso de pija siempre
dispuesta, un Dalí extraviado; un Belmonte de “ea, otra copita pa los zeñore”;
un Buñuel de “ay, madre, que me lo han roto” y una Carla Bruni a la que
únicamente le falta echarse al cante de "”Yo soy rebelde porque el mundo
me hizo así...” Es decir, no vale.
DICEN
que en Cannes el público aplaudió poco el primer pase de Medianoche en París, y añaden algunos comentaristas sobreros no
entender el porqué de ese silencio. No resulta difícil concluir que el público
tuviese ocupadas las manos en el uso del papel higiénico. Suerte que
disfrutaron aquellos agraciados. Yo me contenté con el cartón del cubo de las
rosetas.
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