
MUJERES. 03/11/11. María Jesús Méndez. La directora de MíraLES,
revista lésbica online, aborda la historia de la lucha de las mujeres en Mujeres / EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com. Su
perspectiva: “El derecho a ser una zorra es un derecho que toda mujer debe
ejercer libremente en su vida”.
El derecho a ser una zorra
EL derecho
a ser una zorra es un derecho que toda mujer debe ejercer libremente en su
vida. O, al menos, durante algún momento. El derecho a ser una mala mujer, una
borracha, una puta, una enferma, una histérica, una bruja… o cualquier nombre
que se haya utilizado para identificar y mortificar a quienes cruzaban
deliberadamente las fronteras que se les imponían a su cabeza, sus deseos y
libertad.
A lo
largo de la historia las zorras y malas mujeres han florecido dentro de muchas
y diversas pieles femeninas: las que han interrumpido sus embarazos, las que
han tomado la iniciativa en el sexo, las que han abierto sus piernas a más de
un amante, las que han usado anticonceptivos, las que no se han sentido cómodas
en el reducido espacio de lo que ha significado “ser mujer”; las que no han
querido ser madres, esposas o monjas; las que han querido trabajar y
“descuidar” a sus familias, las que se han negado a rezar, las que se han
querido divorciar, las que preferían leer o crear en lugar de cocinar o coser,
las que han pensado que su opinión era tan importante como la de un hombre, las
que han querido votar y escoger a sus representantes. Y, por supuesto, las que
como yo, nos sentimos muy cómodas refugiadas en una piel que sucumbe a las
caricias femeninas.
EL
modelo de buena mujer, de mujer sana, lo popularizó la medicina en los años 50:
raza blanca, heterosexual, clase media, media alta, sin afanes emancipadores ni
intereses políticos. Más bien una mujer dispuesta a hipotecar su existencia al
cuidado de su marido, sus hijos y su hogar.
A
ser buenas y mesuradas mujeres se nos ha enseñado sin descanso. Pilar Primo de
Rivera, figura central en la educación de las mujeres durante el franquismo,
escribió en 1952 la pauta de la “mujer ideal” y la forma de relacionarse con su
marido: “Salúdale con una cálida sonrisa y demuéstrale tu deseo por
complacerle. Escúchale, déjale hablar primero; recuerda que sus temas de
conversación son más importantes que los tuyos. (…) Si tú tienes alguna
afición, intenta no aburrirle hablándole de ésta, ya que los intereses de las
mujeres son triviales comparados con los de los hombres (…) Recuerda que debes
tener un aspecto inmejorable a la hora de ir a la cama. (…) Si tu marido
sugiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que
su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el
momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar
cualquier goce que hayas podido experimentar. Si tu marido te pidiera prácticas
sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes…”
SI
la historia de la humanidad se retratara en una película, las mujeres seríamos
actrices secundarias del terrorífico y dramático largometraje.
¿DÓNDE
estás las mujeres protagonistas, las mujeres públicas? En muy pocos sitios.
¿Dónde están las lesbianas públicas, las lesbianas referentes? Al menos, en
España, en ninguna parte.
¿POR
qué? Porque en el mundo diseñado por los hombres, todas éramos princesas. Hasta
hace muy pocos años nos movíamos por la historia, dóciles y resignadas, de la
mano de nuestros príncipes no siempre tan encantadores, a los que necesitábamos
para sobrevivir.
LA
mujer ha sido, durante siglos, criada para depender del hombre y para vivir
relegada del espacio público. Hasta hace muy poco tiempo era un ser sometido y
domesticado por sus dueños: sus padres y, sobre todo, sus cónyuges. Hasta el
siglo pasado no podía estudiar en la Universidad y las trabas para trabajar y ganarse
la vida eran muchas. Aún, en gran parte, sigue cobrando menos por el mismo
trabajo que realizan los varones. En 1975 se eliminó la licencia marital y la
obediencia al marido en España. Hasta 1958, en caso de separación
(independiente de quién tomara la decisión), era la mujer la que debía
abandonar la casa conyugal, la que perdía el dinero, sus bienes y hasta la
custodia de sus hijos. Hasta 1963 las condenas de asesinatos de mujeres a manos
de sus padres y maridos, “por honor”, eran mínimas, y un violador podía perfectamente
eludir la cárcel si su víctima le perdonaba o se casaba con él, puesto que sólo
se trababa de un crimen contra la honestidad. Hasta 1970 un padre podía dar a
sus hijos en adopción sin que la opinión de la madre contara.
LA
conquista sobre el propio cuerpo, y sobre la opción de la maternidad, también
se hizo esperar. Hasta 1978 no se despenalizaron los anticonceptivos, y en 1985
las mujeres podían abortar bajo tres supuestos. En 1989 la violencia física
habitual sobre la pareja se convirtió en delito. Diez años más tarde se sumó la
violencia psicológica. Es esta la historia real de las princesas. Las princesas
que durante cientos de años han necesitado legal, económica y socialmente a su
príncipe azul. Gris o incluso negro, dependiendo del caso y la suerte de cada
cual.
YO
no quiero ser una princesa. A mí no me da la gana ser una buena mujer. No me
caben los órganos en ese estrecho corsé. Los pulmones se han habituado a
atrapar y soltar el aire que les apetece. No me da la gana ser una buena mujer
aunque mi abuela, con su “no te criamos así”, no lo entienda. Aunque mi madre,
con su corsé a medio ajustar, pueda aceptar mi lesbianismo pero me pida
discreción, alegando que las mujeres, las buenas mujeres, por supuesto, son
mesuradas, discretas y reservadas.
NOS
ha costado ser unas zorras. Nos ha costado ser enfermas y malas mujeres. Pero
nada se nos ha dado gratuitamente, sabemos luchar. Hemos conquistado la
libertad, las fronteras de nuestros cuerpos y nuestras mentes. Hacer uso del
espacio público es solo cosa de tiempo. De tiempo y sedición.
REVISTA
MíraLES: http://www.mirales.es
PUEDE leer aquí al suplemento Mujeres / EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com
PUEDE ver aquí anteriores publicaciones
relacionadas con esta información:
- 05/10/11 ¿Por qué hacer el suplemento ‘Mujeres’?
- 05/10/11 Yolanda Domínguez: cómo aprender a fingir orgasmos
- 05/10/11 El futuro de la mujer romaní en Europa
- 05/10/11 El crepúsculo de los dioses
- 05/10/11 La sexualidad, una cuestión de ensayo y error para valientes