
| Pasados presentes |
OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático
de Historia Antigua de la
Universidad de Málaga
13/10/10. Opinión. “Por
qué siendo tan simples, son tan efectivas” las teorías nacionalistas. El colaborador
de EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com Fernando Wulff apunta que se deba a que tocan “a algo
que es innegablemente esencial en el ser humano: pertenecer. La base de lo que
hacen los nacionalistas se encuentra en su capacidad de hurgar en lo oscuro, la
base de lo que dicen es que sólo hay una manera de pensar y sentir nuestras
pertenencias”.
La oscura efectividad de los nacionalismos
EN
buena parte de los historiadores que han ayudado a desmontar las pretensiones
del nacionalismo, Hobsbawm por ejemplo, advierto una doble sorpresa.
UNA es por su auge, cuando muchos de ellos habían creído hace
unos años que la razón, los Derechos Humanos, la humanidad en general avanzaban
a paso firme y sin vuelta atrás. Es fácil, además, relacionar este auge con el
de otros, como los fenómenos religiosos, que se esperaba también que hubieran
dejado de ser cruciales en la marcha del mundo hace tiempo.
CIERTAMENTE lo inesperado del relativo éxito del nacionalismo, no debe
confundirse con la extrema simplicidad de los procedimientos puestos en juego
por los políticos nacionalistas para aumentar su poder y sacar baza de todo lo
divino y lo humano.
PIENSO, por ejemplo, en la guerra de las Malvinas y en cómo un
colectivo de generales que se habían dedicado a torturar, asesinar, violar y
robar a civiles indefensos, tan capaces de todo en términos morales como
incapaces de todo en términos concretos, montaron una invasión ridícula de unas
islas perdidas en nombre del honor nacional argentino.
EL problema, claro, no es ellos, sino el apoyo que
consiguieron, prácticamente sin fisuras, entre la población argentina, incluso
entre buena parte de los amenazados o torturados. A veces me pregunto si el
patético fracaso de estos militares contra un ejército de verdad -no contra
civiles indefensos- con su corolario de robos y pamplinadas diversas, que tanto
tuvo que ver con la pérdida de legitimidad que precipitó su caída, no se vio
acompañado por una cierta sensación de ridículo colectivo, de percepción de la
trampa, de vergüenza ante aquel curioso entusiasmo.
Y, ya puestos, hay algo todavía más curioso, más chocante, que no permite, además, achacar la perversión intrínseca del juego tan sólo a esos personajes manifiestamente perversos o a un país mayoritariamente dominado por los efectos del miedo, la complicidad o la cobardía.
EN la civilizadísima Gran Bretaña, la primera en el desarrollo
de la industrialización y en la organización del movimiento obrero, una de las
primeras democracias contemporáneas, paradigma de la libertad de expresión y de
tantas otras cosas, Margaret Thatcher aprovechó la ocasión para otra exaltación
patriótica y una desmesurada intervención militar, eso sí, hecha con un
ejército de verdad. No es sorprendente que lo haga la misma persona o, más
exactamente, la misma política profesional, que había dedicado sus esfuerzos a
desmontar no sólo el movimiento obrero, sino el conjunto del estado social,
hundiendo, por ejemplo, un sistema público de salud hasta el momento
paradigmático. Insisto: lo sorprendente no es eso, sino que esa llamada a la
defensa de lo propio -o sea, unos islotes lejanos, habitados substancialmente
por ovejas y menos de 3.000 habitantes- encontrara un eco del todo entusiasmado
entre tantos, incluyendo las inmediatas víctimas de ese primer desmonte del
estado social. Y tampoco se puede achacar tan sólo a las circunstancias
concretas, por ejemplo, en este caso, la nostalgia compartida por la pérdida de
un imperio en demolición.
PODEMOS
elegir otros dos casos nada lejanos y también referidos a un aspecto tan
cargado
de significados como la guerra: el de un criminal puro y el de un
criminal tonto. El primero es el de la invasión del Sáhara Occidental por
Hassan II de Marruecos, un personaje asediado por el descontento, amenazado por
los golpes militares, corrupto hasta la médula, y que se ve acompañado de la
casi unánime satisfacción de un pueblo marroquí que vivía en una miseria con la
que el propio Hassan II tanto tenía que ver. Y la invasión de Irak por George
Bush, un país que nada tenía que ver con el 11 de Septiembre y que recibe
igualmente un apoyo substancial de la sociedad de los USA, presta a cualquier
llamada para colocarse detrás de su “General en Jefe”.
EN una reflexión memorable, y en el siglo XIX que ve nacer el
nacionalismo, Renan decía: “Suelo
decirme yo que sería el más insoportable de los hombres un individuo que
tuviera aquellos defectos considerados en las naciones como cualidades: un
individuo que se alimentara de vanaglorias, que fuera envidioso, egoísta,
pendenciero, que nada supiera soportar sin sacar la espada”.
LA facilidad de la manipulación, el juego descarado con esas
emociones colectivas sorprendía y sorprende por su efectividad a muchos,
incluyendo a los teóricos y críticos del nacionalismo.
LA segunda sorpresa de que hablaba es paralela. Si se analizan
los textos nacionalistas, no sólo las incitaciones o manipulaciones más
evidentes, sino los propios textos de explicación, de doctrina, se advierte una
repetición permanente de lugares comunes, una carencia toral de originalidad,
no digamos ya de brillantez. Unos efectos tan espectaculares se basan en
formulaciones intelectualmente más que endebles.
LOS defensores del nacionalismo, de la particularidad, se
apoyan paradójicamente en frases
repetidas, en lugares comunes a los que ellos
sólo cambian de sujeto. Y no es sólo que se basen en lugares comunes y
compartidos quienes defienden a sangre y fuego -literalmente- la
particularidad, es que defienden su prístina antigüedad, los que sostienen
inventos que se pergeñan en el siglo XIX y hablan en nombre de la tradición los
que se la inventan.
EL error, claro, es perder de vista lo importante: el hecho
obvio de su efectividad, la paradoja del contraste con su indigencia teórica,
con su aparente vacuidad. Ésa es la gran cuestión a responder por la teoría:
por qué siendo tan simples, son tan efectivas. Sin las necesarias respuestas no
habrá posibilidad de sociedades distintas, porque tocan a algo que es
innegablemente esencial en el ser humano: pertenecer. La base de lo que hacen
los nacionalistas se encuentra en su capacidad de hurgar en lo oscuro, la base
de lo que dicen es que sólo hay una manera de pensar y sentir nuestras
pertenencias.
HOY en día ser historiador exige no olvidar las preguntas sobre todo esto. Yo suelo decir que si el siglo XIX demostró la falsedad del presupuesto de la bondad intrínseca del ser humano individual, el XX demostró la falsedad del presupuesto de la bondad intrínseca de los colectivos humanos -la nación, el proletariado…-. Nos corresponde la tarea de poner las bases para responder a esas preguntas desde una mirada nueva a las sociedades y a las pertenencias que haya aprendido ésta y otras lecciones. Y demostrar algo que, sencilla y llanamente, es cierto: que la historia del mundo prueba exactamente todo lo contrario de lo que ellos predican. Que el nacionalismo no es sólo nefasto, sino mentira. Que hay formas de pertenecer que son compatibles con lo mejor que los seres humanos, individual y colectivamente, llevamos dentro. Que no sólo cabe alentar y soñar grupos humanos que se alimentaran de vanaglorias, que fueran envidiosos, egoístas, pendencieros, que nada supieran soportar sin sacar la espada.
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