
OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga
02/06/11. Opinión. “Reyes desnudos, ellos y los
suyos, estas gentes que viven de nosotros desde las siniestras Sociedades que
han montado para hacerlo, no convierten precisamente en oro todo lo que tocan.
Ya hartos de trasmutar nuestros derechos, ahora quieren transmutar nuestros
cuerpos...
OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga
02/06/11. Opinión. “Reyes desnudos, ellos y los
suyos, estas gentes que viven de nosotros desde las siniestras Sociedades que
han montado para hacerlo, no convierten precisamente en oro todo lo que tocan.
Ya hartos de trasmutar nuestros derechos, ahora quieren transmutar nuestros
cuerpos, golpe a golpe, encajarnos a golpes en el agujero de su mentira”. Fernando
Wulff publica su artículo habitual en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com: una
reflexión sobre la violencia policial ejercida en la plaza de Cataluña contra
los acampados del Movimiento 15-M.
Los reyes desnudos, sus ciento veintiséis heridos y el
final de la impostura
SOBRECOGEN las imágenes de los
policías que han mandado los señores Puig y Mas, miembros ambos de una
determinada Sociedad Limitada para la Explotación de lo Público (SLEP) de Cataluña, a
expulsar violentamente de una plaza pública de Barcelona a centenares de
ciudadanos.
SOY de los
que piensan que debería haber algún tipo de recurso tipográfico, de símbolo, de
fuente diferenciada, para advertir de cuando las palabras empiezan a referirse
a lo esencial, a lo literalmente intocable.
MIRO el
horror de los golpes, a la mujer sola que se levanta llorando sin entender
nada, la sangre del codo de un muchacho que sigue sentado en el suelo abrazado
a sus amigos, imagino el sonido de las porras que, una y otra vez,
inmisericordes, golpean al chaval caído en el suelo, me conmueve especialmente
la chica que grita a los policías viendo al hombre al que machacan y que
quiere, inútilmente, protegerlo. Veo a varias personas contra la pared con los
brazos en alto.
NO necesito
pensar mucho en los señores Mas y Puig para saber quiénes son. Incluso puedo
entender su irritación. Ellos saben bien, como lo saben todos y cada uno de
quienes forman parte de su SLEP, o de cualquier otra, qué está en juego. En la
calle se ha señalado en estos días lo que es obvio, lo que desborda el hecho
evidente de que puedan ser más o menos ladrones, individual o colectivamente,
se ha apuntado a la inmensa burla y estafa social que son sus SLEP, sus ‘juegecillos’
de poder, sus ‘navajeos’ internos y externos. Hablamos de colectivos dedicados
a hacernos creer que la democracia consiste en que elijamos entre ellos cada
cuatro años, haciéndolo según las reglas que imponen para repartirse el pastel
de lo que es nuestro, que impiden formas reales de democracia y de control de
lo que hacen, que manejan impunemente los fondos públicos para su beneficio, y
de los que sólo se puede dudar respecto al hecho de si son más la voz de sus
amos o las de sus propios intereses. Empresarios especialistas en el despojo de
lo público que se presentan como gestores idealistas de nuestros intereses,
saben no sólo que carecen de ideales, sino que todas sus ideas se reducen a sus
estrategias, al juego siniestro de sus maniobras.
Y en
medio de la crisis de la que ellos son, como mínimo, cómplices, se irritan,
claro está, de que la gente, que sufre las consecuencias de su maldad,
estupidez o incompetencia, ponga en cuestión las reglas de su juego, se niegue
a seguir aceptando el papel de víctimas y les mire como lo que son: reyes
desnudos que se pavonean entre las lisonjas de sus pelotas, llevamaletines y señoritos. No es que se
sientan maltratados, es que se sienten descubiertos.
MIRO el
horror de los golpes, esa violencia descarnada que en España nos recuerda cosas
demasiado próximas, y siento el dolor de quienes están allí, de quienes son
golpeados salvajemente. Y luego les miro a ellos, a Mas y a Puig, y miro sus
caretos satisfechos y adivino sus vidas. No es difícil hacerlo: el permanente
juego a esa mentira imposible de hacernos creer que ellos -ellos- nos
representan, los complejos juegos entre las complicidades y las estocadas
traperas en el seno de su Sociedad para llegar a donde han llegado, el placer
de acceder, por fin, al poder, las influencias, el dinero, esto es, a la
traducción en los términos que les importan de ese siniestro parasitismo que
despliegan sobre nosotros y sobre lo que es nuestro y nos arrebatan día a día.
SÉ que
cuanto más se vive en la impostura, más es necesario esconderse de ella,
rodearse de capas y más capas de engaño y se hace más que necesario, vital,
impedir que la realidad se filtre hasta el agujero donde se habita. Desde ese
agujero los señores Mas y Puig proyectaron la negrura en que viven, hartos de
que les sigan repitiendo aquello que es imposible de perdonar, lo intolerable,
lo que es, sencillamente, cierto. Y han llegado a los cuerpos, los han
zarandeado, vejado, herido. Han traspasado el límite de la última frontera que
les quedaba por hollar.
PIENSO en
las ciento veintiséis víctimas y me pregunto hasta dónde han llegado en sus
complicidades y en su tarea de degenerarlo todo, si ha podido pasar que algunos
de los que nos han contado esto hayan querido minimizar lo que supone el
impresionante número de golpeados, de ciento veintiséis conculcaciones del
derecho humano más elemental, apuntando que eran “heridos leves”. Ni hay
levedad en los derechos humanos, ni en las vejaciones a las que se someta a
ningún ser humano, ni de ninguna forma se puede considerar que ciento
veintiséis casos “leves” de abuso, de violencia, de daño, de agresión no son un
acto sencillamente aterrador.
SI ellos
no hicieran las reglas del juego para su impunidad, para burlarse también de
los cuerpos golpeados de quienes les mantenemos para nuestro mal, temblarían
sólo de plantearse lo que han hecho. Deben saber que para muchos esto es infinitamente
más grave que un tironazo en las Ramblas y que dudamos si el término de
“crimen” no se aplicaría aquí con mucha más razón. Si ellos no hicieran las
reglas del juego precisamente para usar los fondos y recursos públicos como les
viene en gana, cabría plantearse si un uso tan nefasto de los medios y
servidores del Estado no debiera ser adicionalmente punible.
REYES desnudos,
ellos y los suyos, estas gentes que viven de nosotros desde las siniestras
Sociedades que han montado para hacerlo, no convierten precisamente en oro todo
lo que tocan. Ya hartos de trasmutar nuestros derechos, ahora quieren
transmutar nuestros cuerpos, golpe a golpe, encajarnos a golpes en el agujero
de su mentira.
LES miro
a ellos, que dedican no ya un momento, sino sus vidas enteras a hacer de
nuestra plaza, del viejo ágora de los griegos, de nuestra polis, de la ciudad,
el escenario de sus andanzas, el estercolero de sus ambiciones, el muladar de
sus engaños. Y les veo decir, a ellos, precisamente a ellos, que había que
echar a quienes les señalaban con el dedo desde la Plaza de Cataluña -desde la
plaza, desde el ágora donde circulan las palabras no truculentas, las palabras
de todos- para poder proceder a limpiarla, a la necesaria higiene. Les veo,
porra en mano, sacando pecho, envalentonándose.
Y sé que
no entienden nada, que no saben nada, y que andan, desnudos, enceguecidos de
tanta verdad que les deslumbra, ajustándose trajes y corbatas, cargos y
prebendas, todas esas vestiduras imaginarias que durarán exactamente el tiempo
que dure el desvelamiento de su impostura.
PUEDE ver aquí anteriores colaboraciones de Fernando Wulff:
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