
| Mujeres calvas |
OPINIÓN. Mujeres calvas. Por Aurora de la Rosa
Creativa de publicidad
09/05/12. Opinión. “La fidelidad, como el chopped, siempre fue cosa de
pobres. Ya se sabe que en cuanto hay pasta de por medio, los humanoides se
vuelven infieles a sus principios, a su pareja y a todo lo que se le ponga por
delante”. Del paralelismo entre las leyes del capitalismo y las leyes de las
relaciones sentimentales escribe Aurora de la Rosa en esta colaboración con EL OBSERVADOR /
www.revistaelobservador.com que no deja de recordar
el asunto de los cuernos del rey.
Sube la luz, baja el
sexo y se estabiliza la infidelidad
“SI el amor es ciego, si la justicia es
ciega, ¿para qué pagar el recibo de la luz?”, eso dice Xhellazz a ritmo de hip
hop, pero no solo hay que pagarla, sino que además sube. Sube la luz
y baja el sexo. Un 6,3 es la nota que se ponen los españoles en esta materia.
Según los autores del estudio, parece ser que los quince mil varones
encuestados atribuyen esta nota tan flojilla a la crisis, a la bajada de ánimo
que provoca la situación tan difícil que estamos viviendo en este país. Y
parece lógico, habría que ser un desalmado para salir ileso ante el drama del
paro, la subida de los impuestos y de los recortes, pero si se admite la
autocrítica, podemos preguntarnos ¿por qué precisamente un 6,3?
EL 6,3 no es más que el suspenso disfrazado de los pelotas, de los trepas, de los enchufados a los que se les pasa la mano. ¿Acaso no habría sido más esperanzador un 1 o un 2? Significaría esto que somos un país de inadaptados, o quizás de pervertidos, un pelotón de torpes del que eventualmente surge un Einstein capaz de cambiar la realidad. Tal vez hubiese sido preferible una respuesta a lo Gandhi, un cero patatero, una silenciosa catarsis onanista que hiciera presagiar la gran tormenta. No sé, cualquier cosa menos el mediocre 6,3 del sábado sabadete, indicativo de una sexualidad preconstitucional y sin atisbo alguno de I+D+i. ¿Alguien sabe por qué se escribe la segunda i con minúscula?
ESTAMOS en guerra, económica, pero guerra al fin y al cabo, y en la guerra todo vale. Sube la luz, baja el sexo, crece el paro, aumenta el miedo, florecen las depresiones y las deserciones, trepan los pelotas, congelan su alma los traidores en el novelo círculo del infierno, allí donde los demás congelan su sueldo. El destino nos pone a prueba. Los autónomos y jubilados se perfilan como los héroes a los que se deberá rendir honores póstumos en un futuro. Cae la bolsa. ¡Inversores, no dejen pasar esta oportunidad única para quedar bien ante sus amistades. Tírense por la ventana y en su funeral todo el mundo pensará que estaban forrados!
EN este ambiente caldeado surge el tema del rey y estalla el escándalo. Unos tantos y otros tan poco, pero bueno, tampoco es para echarse las manos a la cabeza por una cuestión de cuernos, de elefante o de lo que sea. La fidelidad, como el chopped, siempre fue cosa de pobres. Ya se sabe que en cuanto hay pasta de por medio, los humanoides se vuelven infieles a sus principios, a su pareja y a todo lo que se le ponga por delante.
SI no subieran la luz y tantas otras cosas, si nuestros políticos fueran
más creativos y pusieran tanto interés en crear empleo como en recortar
derechos, no se habría disparado la artillería en torno al culebrón de la
cadera real, la princesa Corinna y el elefante africano. Al contrario, muchos
hombres de este país proyectarían sus fantasías en su monarca porque, para qué
engañarnos, la fidelidad es muy difícil de sobrellevar.

LA verdad es que los hombres nunca han podido con ella desde que, allá por el siglo XII, la iglesia la introdujera en el matrimonio. Me refiero a la fidelidad masculina. La femenina no hacía falta porque ya estaba entronizada desde el bing bang o por ahí cerca. Otra cosa no, pero en cuanto a pioneras, a las mujeres no hay quien nos gane.
POR caritatis. Así, con esta fórmula, introdujo la iglesia el precepto de ser fiel en el matrimonio. Al parecer, en el justo momento en el que los esposos se daban el sí, el espíritu santo introducía el concepto de caridad en sus corazones para poder aguantarse hasta la muerte. Pero claro, por mucho interés que ponga el espíritu santo, hace falta algo más que caritatis para levantar un país o lo que sea. Las cosas como son.
LAS críticas al rey están cegando la razón de mucha gente. Pocos se dan cuenta de que es un magnífico hombre de negocios, y como tal cumple a rajatabla la ley fundamental de la economía: Diversificación. Los emprendedores saben que invertir todo el capital en un único negocio es un riesgo que hay que evitar para que una crisis no acabe convirtiéndose en un crack. Por eso, aunque tengan pareja, los hombres precavidos no pierden de vista que hay otros cuerpos donde invertir su potencial. Por eso rara vez dejan una relación hasta que no tienen otra a la vista. Aunque el balance sea de quiebra.
LAS leyes del capitalismo son exactamente iguales, ya se trate de invertir en acciones de Repsol que en relaciones sentimentales. Ya sé que esto no es romántico, pero eso no quita que no sea real. Lo que ha hecho Argentina con Repsol es lo que hacen tantos hombres ricachones cuando se hacen mayores, que se van con una más joven y dejan a dos velas a la que les ayudó a forjarse un porvenir, exactamente igual que hacen las mujeres cuando el ricachón se arruina. El espíritu capitalista es así, no se anda con chiquitas.
AUNQUE parece ser que, una vez metidos en esa espiral mercantilista, el rendimiento sexual deja mucho que desear. Dicen algunas mujeres, de esas bellísimas que acompañan a los triunfadores, que en la cama también suelen funcionar por incentivos y que exigen resultados rápidos. Y así no hay quien pueda. Me lo dijo un bellezón en la cola del supermercado. Yo iba a comprar doscientos gramos de mortadela de pavo, que de todo lo que se hace con este animal, es lo único que no resulta insípido. Se lo comenté a la desconocida y de ahí pasamos a otras insipideces. El pavo estaba a 5,78 euros.
EN fin, que no creo que haya que seguir dando la vara al rey. A fin de cuentas, la infidelidad a los seres racionales y a los irracionales ha sido siempre una cuestión de estado. Él cumple con su misión y nosotros debemos ser capaces de cumplir con la nuestra. Decidir si pagamos la luz aunque la justicia sea ciega, aunque el amor sea ciego o si preferimos quedarnos a oscuras, pero con luces. Decidir si continuamos instalados en el mediocre 6,3 o pasamos al nivel de excelencia. Es el tratamiento que nos corresponde. El pueblo es soberano. O al menos eso es lo que se dice.
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