OPINIÓN. Aviso para caminantes. Por Alfredo Rubio
Profesor de Geografía de la Universidad de Málaga

 

04/10/13. Opinión. “En general, los discursos sobre la crisis son parte de la crisis misma. Las palabras construyen el discurso sobre la crisis y, a la vez, se constituyen en el instrumental de la persuasión”. Alfredo Rubio en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com desarrolla un concepto: “la realidad es un panfleto”. Se vale de dos ejemplos para demostrar que, detrás de las metáforas y de los números, hay personas.

Metáforas, números que hablan y realidad

 

TENÍA algo preparado sobre el ciclo “Surviving Picasso/Sobrevivir a Picasso” pero algunos correos electrónicos que recibí me han obligado a cambiar la temática e introducir este asunto de las metáforas, los números que hablan y la realidad que nos rodea. Andan los economistas de todo pelaje a la búsqueda de brotes verdes.  Los encuentran en ciertos datos macroeconómicos, pero sólo en algunos de ellos.  También un ministro, sobre cuya capacidades  técnicas y políticas hay ciertas dudas, anuncia que ya estamos al borde de la salida de la crisis. Incluso se atreve a decir que asombraremos al mundo. Creo que ya lo habíamos asombrado. Pero estos buceadores y voceadores insisten e insisten.

 

EN general, los discursos sobre la crisis son parte de la crisis misma. Las palabras construyen el discurso sobre la crisis y, a la vez, se constituyen en el instrumental de la persuasión.  En algún artículo anterior me referí a la creación de palabras (El Observador: La guerra de las palabras y el retroceso de la democracia, 13.11.12), que se hunde en la década de los setenta del siglo XX,  y no son nada nuevo, pero aquí me interesa resaltar una parte de la creación o recreación, mediante metáforas del diluvio lingüístico que nos inunda desde los discursos políticos, los de los expertos y los propios de los medios de comunicación.

 

EN el asunto que nos ocupa, que E. Lizcano llama “las cosas de la economía del dinero” (Lizcano, E., 2013: 143), siempre se remite a la fe, que se pierde o se recupera -se enfría o se calienta- dependiendo en gran manera de los discursos, es decir,  de las maneras de hablar.

 

“LAS cosas serán los nombres que se les dan” (Zhuangzi). Por tanto, lo que sea la crisis depende del modo en que se hable de ella. Las cosas nunca son como son, son como son desde un cierto punto de vista. Las metáforas, tan frecuentes en el lenguaje que construye la crisis, “nos dicen desde que perspectiva se ven las cosas” o se quiere que las veamos los demás. Pero requieren una condición para ser persuasivas: precisamente que nos creamos que no son metáforas; que aluden a lo que creemos es la cosa misma [se produce una sustitución: la cosa por la metáfora]. Necesitan que creamos que las creencias son las de los otros (por ejemplo: los números hablan, objetivamente. Pero pueden perfectamente pensar por ti y pensarte, como la economía misma).

 

EN el discurso sobre la crisis, propio de los políticos, los expertos y los medios de comunicación, se utilizan tres tipos diferentes de metáforas: de naturalización, médicas [y médico-quirúrgicas] y de personificación  (E. Lizcano). Las principales tienen como objetivo naturalizar la crisis y  borrar los límites de las responsabilidades. Siendo un  fenómeno de naturaleza natural nadie tiene responsabilidad, lo que permite que, en última instancia, todos seamos responsables. El uso de las metáforas tiene el doble objetivo de la creación de sentido y la persuasión. Sin  embargo, cuando dejamos de nombrar el mundo este nos deshereda y sólo nos queda retórica vacía (A. Zagagjewski).

 

QUEREMOS referirnos aquí a la crisis a partir de dos experiencias cruzadas que tenemos estos días que nos transcurren en la transición entre el verano y  el otoño. Dos historias, supongo que para el cinismo imperante serán simplemente eso, dos historias. Me olvido de los Informes, donde están los cuadros de referencia, los datos, las curvas, los porcentajes… No son  innecesarios pero los números no hablan. Los hacemos hablar nosotros desde nuestras posiciones y para nuestras posiciones. Pero vivo estas dos historias, que sirven de metáfora de lo que viene ocurriendo (unas metáforas otras). Sólo recordarlas me indigna tanto que no soy capaz de hacer otra cosa que golpear con rabia el teclado del ordenador a riesgo de romperlo.

 

UNA mañana apareció en la pantalla un correo electrónico. Era de una antigua alumna, pero reciente. Pedía ayuda. Finalizó la carrera hace poco. De origen rural y humilde, probablemente muy humilde. El primer día de clase estaba sentada al fondo del aula y seguía lo que explicaba con una atención desmesurada que llamó mi atención. Parecía que nos vigilábamos mutuamente. Seguía sus actitudes y sus gestos con atención, como si sólo le estuviese dando clase a ella. Me inquietaba su gesto atendiendo a mis explicaciones; entre la incredulidad y la sorpresa. Algunos días me daba  la impresión que me descalificaba. Otros, parecía asentir. Finalmente, pasado bastante tiempo,  se dulcificó y  abandono esa actitud entre vigilante y  defensiva. Finalizó el curso con la mejor calificación. Después salió a algunas universidades europeas y norteamericanas. Está perfectamente formada. En aquel correo me explicaba que tendría que volver a su pueblo puesto que la habían despedido de un trabajo humilde que nada tiene que ver con su formación, pero que le permitía el alquiler de un pequeño estudio con el escaso salario que percibía. Me pedía ayuda para conseguir algún trabajo, cualquier trabajo pues, de lo contrario, tendría que volver con sus padres, incapaces de financiar esta primera fase de su vida.

 

A lo largo del verano he venido recibiendo algunos correos de un amigo, trece o catorce años mayor  que yo. Me pedía una entrevista y hace exactamente dos días la pudimos celebrar. Tiene unos setenta y tres años. Cuando lo conocí era un profesional de primer rango en su campo, ligado a una gran empresa, redactor de informes complejos y analista brillante. Le debo las bases de una dedicación mía durante mucho tiempo. Me abrió un mundo. Ahora está enfermo y percibe una pensión no contributiva pues, muy probablemente trabajó siempre como “free lance” o similar. Creo recordar que recibe unos trescientos cuarenta y seis euros mensuales. Mientras tomábamos café me contó sus peripecias y  me solicitó ayuda para trabajar en su campo.  Lo decisivo de ese encuentro, que me dejo profundamente afectado, era su insistencia en presentarse como alguien todavía útil, capaz de realizar cualquier trabajo de analista, fuera el que fuera. Constantemente insistía en esa cualidad: “¡todavía sirvo, todavía sirvo...!”   Desconozco la forma de ayudarlo.

 

ENTRE los dos casos hay algunas similitudes: ambos carecen de redes sociales. Me refiero a las verdaderas no esa ficción de las llamadas redes sociales virtuales. Nuestra sociedad, por causas y mediante procesos, ambos muy complejos, rompió las redes que permitían las solidaridades, aunque la crisis no deja de haber acelerado una cierta recomposición. Mi amigo me pide ayuda porque supone que tengo contactos suficientes. Él carece, probablemente su red social sea muy corta. Mi alumna no tiene en la ciudad a nadie, tal vez algunos amigos. Su red, comenzando por su familia, está en su lugar de origen.  Los dos afirman sus respectivos potenciales. “Sirvo, aun sirvo”,  dice mi amigo. Mi antigua alumna escribe: “estoy  dispuesta a trabajar echando horas en lo que sea”. Me pide ayuda porque probablemente sea la única persona que conoce en Málaga con alguna posibilidad de ayudarla.

 

MI alumna y su situación ocupan mi cabeza desde hace ya bastantes días. Espero poderla ayudar de forma efectiva. Esta mañana me ha vuelto de enviar otro correo poniendo de manifiesto su gravísima situación. Probablemente no tenga ni para alimentarse correctamente y a finales del mes tendrá que volver al hogar de sus padres, donde ninguno de sus miembros tiene trabajo.

 

LES separan unos cincuenta años y, sin embargo, su situación es idéntica, al menos en ciertos términos. Representan lo que comienza y aquello que finaliza. Los dos extremos de una realidad. Mi amigo, ya anciano, no debería tener problema alguno. Su ciclo de vida activa finalizó y debería tener garantizada una situación digna y segura. Lo que tengo ante mis ojos es un ser humano muy vulnerable y angustiado aunque se afirme. Mi alumna es el presente y el futuro. Supongo que no es mucho pedir que, además de tener la posibilidad de integrar el flujo de la llamada “movilidad exterior”, tenga derecho a acceder a un puesto de trabajo digno, que le permita vivir y  seguir formándose. En ambos reinan la desesperanza y la dignidad. No desean la caridad de nadie, ahora que aquella prolifera como una orgía alcohólica: el “buenismo”, incluso televisado, de todo tipo de organizaciones, colectivos e individualidades.

 

AMBOS suponen que tienen derechos.

 

PUEDO contar muchos más casos aunque no estoy a la caza y captura de estas situaciones. Hay parados transversales; con edades intermedias;  pensionistas a los que una simple multa de tráfico complica la vida hasta límites impensables; jubilados que tienen que renunciar a ciertos medicamentos para ayudar a sus hijos; desahuciados de cualquier actividad laboral para siempre; inmigrantes, los primeros afectados por la crisis, buscando comida en los contenedores o acudiendo a los bancos de alimentos. También jóvenes sin esperanza.  Madres que buscan cada día alimentos para sus hijos… Viejos y nuevos pobres.

 

LAS expectativas no son buenas, con independencia de la posible evolución positiva del cuadro macroeconómico. Sin embargo, las metáforas lo ocultan todo y, en todo caso, reducen la fenomenología (trágica) de los seres humanos reales a un número. Cada uno de esos números habita en una situación de miedo estructural. Sin embargo, algunos se atreven a presentar un cuadro optimista. Entonces, mientras limpio las primeras hojas del otoño en el jardín, pienso en los culpables e,  ignoro la razón, recuerdo a un señor apellidado Rato, recientemente contratado por un gran banco. La oración por pasiva: los causantes contratados y  quienes nada han tenido que ver expulsados de una vida cotidiana normal. No es cierto que la crisis sea una coproducción, es decir, que todos seamos responsables. He pensado todo lo que me ha sido posible en esta cuestión y no encuentro algo parecido a una culpa colectiva. La realidad es un panfleto.

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