OPINIÓN. Aviso para caminantes. Por Alfredo Rubio
Profesor de Geografía de la Universidad de Málaga


12/12/13. Opinión. El profesor de Geografía de la Universidad de Málaga, Alfredo Rubio, retoma su columna en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un mes más para hablar, esta ocasión, de la crisis de los partidos políticos y el ahondamiento de la democracia que conlleva. Lo hace recordando viejos lemas que se cantan desde mayo de 2011, como el conocido “¡que no nos representan!”.

Sobre la crisis de los partidos políticos y el ahondamiento de la democracia. Otra política

Cuando la posdemocracia se complica


HAY bastantes temas que me preocupan y ocupan. Barajé escribir sobre las muchas cuestiones acumuladas y envejecidas del urbanismo en Málaga; valoré redactar algo parecido a un elogio de la Filosofía. Finalmente, decidí hacerlo sobre la crisis de los partidos políticos y desde la política pues, más aún en las últimas décadas, sorprendentemente ambas cosas no coinciden. Los acontecimientos no han logrado confundirme: política y partidos políticos no son la misma cosa. Y no lo son porque estos últimos han tenido mucho éxito en dos cuestiones decisivas: la captura de la política como (su) asunto exclusivo y, paradójicamente, la producción incesante de despolitización. Fuera de la militancia política no hay política, tampoco salvación. Dentro (y para el afuera) sólo existe el problema del poder (la impolítica).

A partir de la transición los partidos políticos han ido eliminando cualquier intervención de los ciudadanos en los asuntos públicos hasta su reducción al mínimo. Estábamos y estamos en otro más de los muchos “post” que nos inundaron entre las décadas de los años setenta y noventa: la posdemocracia. Aquella donde se acentúa la práctica consensual  de eliminación de las múltiples formas de acción democrática justamente en nombre de la democracia (Rancière, J., 1998).

A la vez se venían produciendo dos fenómenos muy significativos: por una parte, el aumento de la capacidad de penetración y control de los aparatos partidarios en las estructuras del Estado y sus instituciones más diversas y la asunción por parte de dichos aparatos de su función de mero pastoreo de los intereses del capitalismo. Esta función de pastoreo como mera representación es transparente y no se oculta: “la absoluta identificación de la política con la gestión del capital ya no es el vergonzoso secreto oculto tras las <formas> de la democracia: es la verdad que se proclama abiertamente, mediante la cual adquieren legitimidad nuestros gobiernos” (Rancière, J., 1995).  Una carta dirigida a un presidente de gobierno, elegido democráticamente, y emitida por un banco central (BCE) puede cambiar una constitución. Debemos recordar que los integrantes de la cúpula de dicho banco no han sido elegidos democráticamente y forman parte de los intercambiables.

ESTOS tres vectores confluían con una actitud generalizada y dominante entre los partidos políticos de uno y otro signo: que los resultados de los procesos electorales, resquicio último para la ciudadanía, otorgaban legitimidad a los representantes elegidos. Una legitimidad sin límites, absoluta, como si los ciudadanos hubiéramos firmado un cheque en blanco y los políticos adquirieran con ello la posibilidad de escribir la cantidad que más les conviniera. Por el contrario, suponían y suponen que no adquieren ningún tipo de relación contractual con los ciudadanos mediante sus programas. Estos se pueden incumplir puesto que ya se dispone del cheque en blanco.


LO que la derecha pueda hacer no tiene para mí mayor interés que el analítico, es decir, el conocimiento y la comprensión de sus planteamientos tácticos y estratégicos que, por otra parte, están en su pleno derecho de poner en el tablero de la realidad. Me interesa más lo que pueda hacer la izquierda convencional. Recuerdo perfectamente un viejo o viejísimo artículo de Ignacio Sotelo en Zona Abierta, revista de pensamiento en la actualidad editada por la Fundación Pablo Iglesias, hoy convenientemente domesticada puesto que para nada sirve el pensamiento mas allá que las migajas de pensamiento aparente que destilan las fundaciones e instituciones similares. En él se refería, creo recordar que por entonces pertenecía al Comité Federal del Partido Socialista Obrero Español, al empequeñecimiento de los brotes de sociedad civil existentes en España como herencia de la oposición a la dictadura. Atribuía a dicho partido una contribución importante a ese empequeñecimiento y predecía que, desde las posiciones de la izquierda, los brotes, tallos y rizomas de sociedad civil eran decisivos para cualquier planteamiento de cambio y aspiración a una sociedad mejor. Dicho de otro modo, la cuestión de los brotes de sociedad civil y su articulación eran de orden estratégico para los presupuestos de una cierta socialdemocracia,  con independencia su la capacidad de control sobre los mismos.  Concluía: una sociedad civil densa y articulada será casi siempre una aliada política. Por tanto, se trataba de apoyar los procesos constitutivos de las instituciones que la sociedad civil es capaz de configurar, organizar y estructurar.  

EL asunto ha evolucionado exactamente en sentido contrario y los resultados los tenemos hoy a la vista. En ese sentido, poco o nada han tenido que ver los partidos políticos de izquierdas con el ciclo actual de indignación, contestación, movilización y  creación de ideas. Recientemente, en un artículo publicado por los cuadernos de eldiario.es (núm. 03, otoño de 2013, monográfico sobre los partidos políticos) Juan Luís Sánchez insistía tanto en esto como en lo nuevo que emerge: “los partidos de izquierdas no quieren entender que necesitan una sociedad civil porque es el único contrapeso que puede equilibrar la demoledora fuerza económica y fáctica de la derecha y el liberalismo (...) Y no estamos hablando de gente que protesta. No estamos hablando de movimientos sociales tradicionales. Es el nacimiento de una nueva sociedad civil” (Sánchez, J.L., 2013: 13).

SOY de los que considera que, dentro de la máxima prudencia, lo que está emergiendo es una nueva sociedad civil que se expresa no sólo mediante la protesta sino en términos propositivos. Merece la pena una ojeada a la Carta por la democracia (www.enRed.cc), elaborada por el colectivo en Red o, armados de paciencia, dar un repaso al cúmulo de reivindicaciones que vieron la luz en las plazas ocupadas. Por tanto, nos encontramos ante un esbozo de nueva sociedad civil que se comporta con tonos positivos rompiendo la inercia de la cultura de la transición (CT). Ignoro sus posibilidades en el futuro pero me alegra.

LA reciente ascensión de doña Susana Díaz al Olimpo político andaluz me confirma que no cabe esperanza alguna en una regeneración desde dentro. Surge de la nada (el aparato político) y asciende como un meteoro a política emergente nacional en una clara operación mediática de quien no se ha sometido a proceso electoral alguno. Sorprendentemente aparece como ejemplo y esgrime “sus primarias suyas “  como paradigma de lo que debe hacerse para poner a la vista de ciudadanos y  militantes el cambio. Dice abanderarlo y llegará (llegó) a Secretaria General del PSOE Andalucía en un congreso a la búlgara. Aclamada,  por otros políticos, militantes con responsabilidades, asesores-militantes y demás etcéteras, como si se tratará de un anhelado “bollo” de pan (es la seguridad del alimento), su ascensión  olímpica no es más que otro claro ejemplo de la impolítica. Deseo equivocarme y que todo sea de otra forma en los próximos meses. Quisiera recuperar la esperanza y con ella la ingenuidad.

LA crisis de los partidos políticos es evidente y supone exactamente el ascenso de su contrario: su deterioro está acompañado del auge de la política desde el común. Están en crisis los partidos políticos y  las formas de funcionamiento y representación que presuponen. El 15 M  significó precisamente el renacimiento de la política, con las ocupaciones de plazas, las manifestaciones, las distintas mareas, las plataformas, lo que viene sucediendo en la red  y un largo repertorio de asuntos. Hay quien piensa que hay poco movimiento pero hemos de recordar, para valorar con algo de equidad su papel, que han sido décadas de vaciamiento e imposibilidad para la expresión política. Lo que ha emergido, con toda su precariedad, se práctica en los márgenes y fuera de los instrumentos concebidos por la Constitución. Allí se entienden los partidos políticos como casi exclusivos cauces para la participación ciudadana en la llamada “cosa pública” (art. 6º).


EL deterioro de los partidos políticos como instrumentos para la sociedad no es un subproducto de la crisis actual. Viene de mucho antes, el campo alternativo contiene formulaciones y propuestas que se venían debatiendo no sólo en España sino también en Europa desde hace tiempo. Es probable que los nuevos discursos y prácticas sean consecuencia del entrecruzamiento del auge del neoliberalismo y  de la crisis del pensamiento de izquierdas.  Contienen referentes intelectuales de mucho peso y con un nivel de excelencia indudable, con independencia de estar o no de acuerdo. Parece claro que la crisis aceleró su emergencia en las calles y plazas españolas.

EN un plano más amplio, como es sabido, la sociedad los percibe no como instrumento al servicio de la sociedad y la vida de sus miembros sino como un problema. En las encuestas del CIS, organismo nada sospechoso, los ciudadanos los califican como el tercer problema en orden de importancia. Los partidos y sus integrantes no son creíbles, son abucheados: molesta que sus  miembros (algunos muchos) sólo necesiten usar la puerta giratoria para circular de la política a las empresas privadas y viceversa. Son intercambiables. Nunca se equivocan, tampoco piden excusas. Mantienen opiniones vacías para todo o se mecen y escudan en los dictámenes y opiniones de los expertos. Se manifiestan en una jerga ininteligible. Mienten y aburren en sus comparecencias hasta a las ovejas. Han generado un deterioro muy grave de todas las instituciones.


SIN embargo, aunque reconocen la crisis que les afecta, en su mayor parte, la atribuyen a las condiciones actuales pero que, como se ha señalado,  piensan que  solventada la crisis todo volverá a ser como antes. Creo que hay que estar muy alejados de la realidad para pensar así. Producen sonrisas frases como “Volvemos” “Hemos vuelto” “Ya estamos aquí” ¿Por qué se fueron?  ¿Quienes pidieron que se fueran a alguna parte? ¿Dónde han estado?

¡Que no nos representan, que no...!: Por una nueva democracia

“¡QUE no nos representan, que no...!” era repetido masivamente en las manifestaciones... Este grito alimentaba y aumentaba el entusiasmo en las manifestaciones. “No en mi nombre”... La legitimidad absoluta, sin límites se ha acabado.


LOS que hemos vivido la dictadura y  en la dictadura no acostumbramos a despreciar la democracia representativa. Sabemos que no deja de ser, tal vez, una conquista. Queremos creer que fue una conquista y no una donación de los poderes reales. Los menos conformistas le atribuimos un alto valor como momento del tránsito necesario a una democracia más profunda.  Ahora hemos de defender aquello que nos parecía insuficiente y agregar lo que late: la necesidad de una profundización democrática. Esperemos que, como se dice respecto de la nueva Ley de Educación, todos los partidos políticos al día siguiente de la constitución del nuevo Parlamento procedan a la derogación de gran parte de los paquetes legislativos (estratégicos) del actual gobierno y abran un proceso constituyente.

LOS manifestantes, los concentrados, los miembros de las plataformas, los que debaten en la red  desean discutir para ampliarlas las democracias política, económica y  territorial. Y mucho más: como siempre en Europa buscan configurar y construir la certidumbre.

La renovación de los partidos políticos

ENTRANDO más en esta cuestión, en buena lógica,  nada cabe esperar de los aparatos políticos. Aquellos que se han apoderado literalmente del principal instrumento de la sociedad para intervenir y  configurar su vida; los mismos que secuestraron y secuestran la política no parecen los más adecuados para proceder a una transformación.  De todos modos, pudiera ser que... Si los partidos políticos son el cauce constitucional casi exclusivo para la participación en la política  podemos acordar que los ciudadanos han sido expoliados de algo suyo, donde actualmente carecen de arte y parte. En todo caso, los ciudadanos se sienten expoliados (una percepción) y no necesitan expresarse mediante un tratado de ciencia política para sentirse así.

RECONOZCO dos asuntos: la posibilidad de que cualquier crítica indiscriminada conduzca a soluciones de tipo totalitario o les abra el camino y, en segundo lugar, que no está clara la alternativa, ya sea radical (algo nuevo) ya complementaria (algo que se agrega a lo existente para mejorarlo). En todo caso, los ciudadanos parecen hablar,  balbucear o sugerir una transformación que no deja de ser la devolución a los ciudadanos de tales instrumentos.  En todo caso,  su crítica y su más que difícil renovación no implican necesariamente como alternativa a la democracia actual el caos o la dictadura.

SU renovación hace necesarios cambios radicales en la Constitución de 1978, cuyo ciclo parece haber finalizado. Transformaciones que afectan su propia naturaleza actual: abierta, tomando como base el poder instituyente de la ciudadanía, con una pormenorizada delimitación de los derechos y sus garantías en términos de no regresividad,  igualdad jerárquica y garantía democrática, con suficiencia financiera apoyada en una reforma fiscal profunda. Tales derechos tendrían finalidades específicas: la garantía de una existencia digna, la posibilidad del desarrollo libre y creativo de las personas y la comunidad; el derecho a una vida política activa y democrática como construcción permanente de una vida en común. Una vida política activa es algo más profundo que la mera participación: se trata poner a la vista  la potencialidad de la intervención de los ciudadanos con  el objetivo mas que estratégico de conseguir un umbral óptimo de certidumbre.

HAY en la calle una coincidencia casi generalizada de que se trata de devolver el poder de decisión, intervención y control a la ciudadanía en aspectos decisivos de la vida, de donde respecto de los partidos políticos nos parecen decisivas las siguientes cuestiones: la inclusión de instrumentos de control de la representación;  la democratización de su funcionamiento interno (elecciones en todos los niveles del organigrama de las organizaciones políticas  mediante primarias; prohibición expresa de comportamientos del tipo cooptación -incluidas las formas encubiertas que suponen las candidaturas únicas -, definición de los límites temporales a la permanencia en cargos internos y  públicos, régimen de incompatibilidades entre cargos internos y  externos e incompatibilidades de presencia en las empresas privadas antes y después); las auditorias de cuentas anuales no más allá de los seis meses tras cada ejercicio económico y  la reforma del sistema de representación electoral, Este último, cuyo funcionamiento es conocido por todos, tiene ya alternativas precisas: el conocido como modelo GIME, que mejora notablemente la proporcionalidad (http:/www.ugr.es/-sistemaelectoral/RGB.html), es uno de ellos pero hay muchos más.


Ahondar la participación e inducir la intervención social

TODO lo anterior es más que suficiente pero, sin duda, se dan aún mas condiciones objetivas e ineludibles para una necesaria transformación de la democracia, entre otras: la complejidad de lo actual; la emergencia de nuevos actores y la adopción de una ética respecto del futuro. La tendencia dominante frente a la complejidad de los problemas y la multiplicidad de los actores consiste en la incorporación de la gobernanza como modo y modelo. La gobernanza, en el plano que aquí interesa, se ha de entender como superación y oposición al gobierno clásico; así el administrativismo norteamericano (Scout, J. y Trubek, D.M., 2002: 1-18 y  Miguel de, 2005: 69), plantea literalmente la reconversión de las instituciones que han servido para presentar la idea de democracia como un proceso histórico (Miguel de, 2005: 64), de modo que al principio de representación política, a pesar de que es la base legitimadora del poder constituyente, se le oponen las nuevas relaciones entre Estado, sociedad y mercado. La opción liberal parte de las tesis participativas y consensuales, acaso también como respuesta a una sociedad que sospecha del “parlamentarismo discutidor” y,  más aún, de las organizaciones políticas [ la expresión, dotada de una indudable capacidad descriptiva, procede de C. Schmitt (1990: 12-18) y la hemos tomado de Miguel de (2005: 71)].

LA gobernanza, como tantas otras palabras que nos rodean, ha sido literalmente trasladada desde el ámbito de las prácticas empresariales al campo de la gestión política, lo cual no significa desautorizarla simplemente por su procedencia, a los campos más diversos. En realidad “corporate governance”  viene a significar la entrada de los fondos de pensiones privados y de los fondos de inversión colectivos  en empresas de todo tipo que, atendiendo a la dimensión que representan sobre el total del accionariado.  Reclaman y adquieren asientos en los Concejos de Administración y pueden llegar a imponer las condiciones de gestión de la empresa y su orientación. Llegó tempranamente a la gestión de las ciudades y,  algo más tarde, a la del territorio -incluso como panacea capaz de enfrentar su complejidad.

EN Europa los tecnoburocratas que gobiernan y controlan la UE la abrazaron como salida puesto que, en ese plano, significa la gestión de cualquier asunto de la realidad mediante el logro del consenso entre los distintos implicados directamente, incluidos los muchos lobbies que pueblan la ciudad de Bruselas. Caben todos los intereses que serán representados por representantes, incluidos, como no, los ciudadanos y su correspondiente cuota. En realidad, gobernanza significa la obligación impuesta a los poderes públicos de dar cabida en sus políticas a la lógica globalizada que portan y  sus intereses, convenientemente objeto de consenso.

ENTENDEMOS que su interés estriba en su acentuado carácter pragmático, capaz de proporcionar tanto cobertura ideológica a posiciones políticas sumamente variadas (desde el conservadurismo neoliberal hasta opciones de izquierda) como de su aplicación a los campos más diversos. Pragmatismo que también se debe a su procedencia, como codificación de las prácticas de gestión de las empresas y a la actividad de la Administración Pública como respuesta a las crisis del Estado de Bienestar, especialmente las dimanadas de la Comisión de las Comunidades Europeas, a la que le faltó el tiempo para publicar un libro blanco sobre el asunto (Comisión de las Comunidades Europeas 2001); e incluso como traducción y asimilación de las profundas críticas realizadas por el mundo del trabajo y los variados movimientos sociales desde los años sesenta del pasado siglo XX (Boltanski y Chiapello, 2002: 148-152).

HACE pocos días en la cumbre hispano-francesa se decía que se había dialogado sobre la gobernanza europea, sin más. ¿De qué cosas hablaron?

SU plasticidad semántica ha servido convenientemente para presentarla como cristalina, representativa y  democrática. Parece referirse a una ampliación o profundización de la democracia pero, sin duda alguna, la gobernanza implica tanto el miedo de los ámbitos políticos y técnico-burocráticos a la ciudadanía como la sospecha a cerca de sus capacidades para discernir adecuadamente respecto de ciertas cuestiones, ya aclaradas de una vez por todas por algunos saberes técnicos y técnico-burocráticos.

POR el contrario, nosotros propugnamos una ampliación de los temas sometidos a deliberación con  participación de todos los ciudadanos. No admitimos que ciertos temas deban ser sometidos al consenso de los distintos grupos de interés y, por tanto, sustraídos de deliberaciones generales. Por muy complejos y concretos que sean no son reducibles a los intereses de los interesados y hay posibilidades técnicas para la intervención de todos sin necesidad de acudir a los representantes de los distintos grupos de interés. Si bien la complejidad puede ser abordada mediante la gobernanza, también es cierto que puede ser objeto de atención y análisis por el común (vía red/vía consultas más o menos continuas o asociadas a períodos electorales y resueltas en las urnas, como sucede, al menos parcialmente, en los condados norteamericanos en el acto de las votaciones presidenciales).

ESTE enfoque permitiría tanto un aprendizaje social respecto de los asuntos mas difíciles como la inclusión de la obligatoriedad de que los temas no vengan dados desde las instancias gubernamentales y sus burocracias. Lo que debe ser pensado, discutido, investigado y votado, está ya establecido desde instancias externas y articulado y difundido por los medios de creación de sentido y de persuasión. Por tanto, sería de lo más conveniente que la agenda y sus contenidos respondan a las demandas expresas de los ciudadanos.

Presentismo, temporalidad y olvido del futuro

UNA larga lista de problemas, entre ellos la supervivencia de los ecosistemas,  la educación, la salud presente y futura de las poblaciones, las infraestructuras, el sistema de pensiones, la política energética, la reforma de las administraciones, el territorio, las ciudades (y su gestión) y,  desde luego, el horizonte de certidumbre y felicidad que no pueden ni deben resolverse en el estrecho horizonte del tiempo político. En ese sentido, la democracia se ve gravemente afectada por la  velocidad del tiempo social y la temporalidad marcada por los procesos electorales. Con la temporalidad de los cuatro años y obsesionados por una banal y supuesta eficacia los políticos reducen el horizonte temporal de atención al puro presente de modo que “todos los problemas que no se adapten a estas condiciones son tratados de manera aleatoria o afrontados cuando no queda más remedio” (Innerarity, D., 2.009: 24).

TODO queda reducido al interés electoral, incluida la propia democracia cuya esencia consiste en el par ampliación de los horizontes y  creación de certidumbre (configurar el futuro). Esa es una de las razones por las cuales la superación de la crisis se presenta a partir de los comportamientos positivos actuales de ciertas variables (macroeconómicas) y no desde la consideración de lo microscópico, donde no sólo no se advierten cambios de importancia sino que parece imposible cualquier predicción a cerca de la aparición de una tendencia positiva y  su duración en el largo plazo hasta llegar a una situación socialmente aceptable. En ese mismo sentido, Felipe González, hace pocos días en Málaga, se atrevió a decir que debiéramos acostumbrarnos a vivir en la incertidumbre. Al margen de que esto signifique aceptar de facto una situación concreta, como un  hecho natural, transcendental e inevitable, se aleja profundamente de cualquier planteamiento europeo, socialdemócrata y hasta “humanista”. Me pregunto sobre la naturaleza de las incertidumbres que afectan a quien también ha usado y  usa la puerta giratoria.

“LA política insiste todavía en soluciones que descargan el presente y sobrecargan el futuro, algo que puede verse en ámbitos como la política presupuestaria, la política social y medioambiental” (Innerarity, D., 2.009: 27). La democracia no ha encontrado todavía la forma de desarrollar una política de responsabilidad respecto del futuro.  Una salida evidente es la aceptación social, como comprensión del deber de deliberar, a cerca del impacto en el futuro de las decisiones a corto plazo que hoy adoptamos -ejemplos significativos serían la deuda y la crisis de los ecosistemas- y que afectarán a las generaciones futuras. Probablemente este tipo de comportamiento generalizado dote de sentido a nuestras decisiones y acciones de hoy. Al disponer de un cierto proyecto, de una configuración, será posible comprender la parte de sufrimiento (asumido) que corresponde.

UNA acción política de esta naturaleza devolvería a un contexto deliberativo los grandes temas que exigen procesos  de comprensión social no guiados por la premura e insertos y propiciados por la disponibilidad social de información de calidad; tampoco dictados por la temporalidad electoral ni por la presencia (oculta u opaca, según los casos) de los grupos de interés -podríamos pensar en una temporalidad electoral distinta para este tipo de temas.  Con ello se evitaría el actual mercado de las ofertas electorales; la ocultación por parte de los políticos de la gravedad de ciertos problemas y las dificultades de su resolución -el uso de las aproximaciones sucesivas para evitar informar a la población de su verdadera naturaleza y  la infantilización generalizada de los ciudadanos ante problemas de calado hondo.

NECESITAMOS una política que incluya lo difícil, lo complejo, lo que no admite una sola solución, que acepta la existencia en la atmósfera que rodea lo real del desconocimiento, las oposiciones, las contradicciones y hasta lo paradójico. Una sociedad, llamémosla como queramos (ciudadanía,  común, muchedumbre, multitud...), que tenga la convicción necesaria para hacer efectivos periodos de transición deliberativos en profundidad y supere, de una vez por todas, los cuentos infantiles y  los relatos acabados, En pocas palabras, una sociedad que afronte la configuración del futuro y  entienda de procesos, fases, etapas, hitos y  nodos sucesivos y necesarios hasta alcanzar un  improbable horizonte. Un horizonte deseable pero nunca cerrado, lejos del estilo de los viejos modelos de la planificación coercitiva.  Dicho de otro modo, unos nuevos modos que pongan a la vista expresamente los contenidos del interés general,  lo único que puede justificar proyectos a largo plazo.

Referencias bibliográficas

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CARTA por la democracia. Disponible AQUÍ.

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INNERARITY, D., 2.009 El futuro y  sus enemigos. Una defensa de la esperanza política, Paidós, Barcelona.

MIGUEL Bárcena de, J., 2005: “La dialéctica entre la democracia representativa y participativa en el orden constitucional de la Unión Europea”, en VII Congreso Español de Ciencia Política y de la Administración. Democracia y Buen Gobierno. Grupo de Trabajo 29. Gobernanza global, págs. 64-76.

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SCHMITT, C., 1990: Sobre el parlamentarismo, Tecnos,  Madrid.

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