OPINIÓN. Aviso para caminantes. Por Alfredo Rubio
Profesor de Geografía de la Universidad de Málaga


15/01/14. Opinión. El profesor Alfredo Rubio comparte con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com su particular ‘elogio de la Filosofía’. Escribe el nombre de esta disciplina en mayúsculas. Rubio recuerda la importancia del pensamiento después de que el pasado 21 de noviembre la UNESCO celebrase el día mundial de precisamente “ese fenómeno virulento”, según una cita de Sloterdijk.

Elogio de la Filosofía

EL pasado 21 de noviembre se celebró el día mundial de la Filosofía, auspiciado por la UNESCO. Algunos medios, pocos, dedicaron algún espacio al acontecimiento. No me gustan mucho estos “días de” cualquier cosa y de toda cosa posible. De todos modos no me resisto a escribir este “elogio”, más aún cuando también está tocada por la reforma educativa (véase: plataforma en defensa de la Filosofía) No insistiré mucho, por el momento, en el sentido profundo de las reformas y su significado. Menos aún cuando habito en un país donde sucesivamente se viene confundiendo modernización con la supresión de ciertas disciplinas y,  por el contrario, se acentúa hasta el límite como objetivo único la construcción literal de emprendedores en y por el sistema educativo. No se preocupe el lector puesto que no pienso en un artículo largo y aburrido, como acostumbro. Sólo pretendo dar cuenta de mi relación con la Filosofía, “ese fenómeno virulento” (P. Sloterdijk).

MI primer contacto real con la disciplina se produjo en el IES Nuestra Señora de la Victoria en Martiricos hace ya unos cuarenta y cinco años. Su cuadro de profesores era excepcional (Juan Antonio Lacomba, Julia Churtichaga, Teresa Bobadilla, Josefina Inglés, Domingo Blanco, Gabriel de la Chica, Elena Villamana y  muchos más).  Ellos nos formaron.

DOMINGO Blanco llegaba generalmente al aula con un libro en las manos. Nos dio un curso sobre Fenomenología (Husserl, Heidegger, Merleau-Ponty), Marxismo (Karl Marx...) y Psicoanálisis (Freud, Jung y Lacan). Un curso muy lejano de aquellos recorridos canónicos a cerca de la historia de la disciplina. Aburridos, apresurados e ininteligibles.

RECUERDO perfectamente el día que llegó a una de las aulas del primer piso de aquel edificio blanco, leve, luminoso y magnífico de Miguel Fisac, hoy apenas perceptible por ampliaciones, muros,  alambradas y colores impropios,  con “Ser y tiempo” en las manos. Se apoyó en la mesa, lo abrió, buscó la página y comenzó a leer en voz alta. A ratos dejaba la lectura y explicaba. Los veintitantos que éramos, sin excepciones, quedábamos literalmente enamorados de aquello que leía y  explicaba. No sabíamos que estábamos en un banquete. Algunas tarde, en la biblioteca, nos enseñaba a leer y a realizar protocolos de lectura.  Aquella lectura estuvo precedida de una explicación más que pormenorizada, apoyada en unos apuntes brillantes, sobre la Fenomenología de E. Husserl, y continuaba con referencias a M. Merleau-Ponty. Una amiga, viendo mi entusiasmo, me regalo una edición de “Lo visible y lo invisible”, que conservo como oro en paño y  me ha ayudado a ser geógrafo.

DESDE entonces no he dejado de leer “Ser y Tiempo”, siendo como es uno de los libros decisivos del pasado siglo -se dice que sólo se comprenderá en el siglo XXI. Se trataba de quitarle los velos a la cosa, descubrir la esencia (la cosa misma). De ejercer un cierto terrorismo sobre la metafísica. Se trataba de aprender a ver. Recuerdo el trimestre dedicado al marxismo, con la lectura de I. Calvez, una magnífica edición de Taurus, y la antología de textos de Marx que E. Tierno Galván preparó para la editorial Cuadernos para el diálogo. También los textos de Freud, con aquellas ediciones (bolsillo) de Alianza editorial, gracias a las cuales pudimos leer “La interpretación de los sueños”  y  “El malestar en la cultura”.

UN despliegue que explica perfectamente que adopte como propia la idea de Sloterdikj de la filosofía como fenómeno virulento. Después de aquello nada fue igual. Sin embargo, la semilla la había puesto antes una joven profesora llamada Josefina Inglés: ella nos condujo a la prosa extraordinaria de Antonio Machado, en aquella edición en tres libritos de Cuadernos para el diálogo, que luego extravié. En aquellos tomos, cada uno de un color (verde, rojo y  amarillo), el castellano preciso del maestro servía para un ejercicio entre el saber popular (Juan de Mairena) y cierta filosofía francesa de alto rango. Un diálogo luminoso.

DESPUÉS nada fue igual. Después no tuve profesores filósofos más lúcidos, inteligentes y sabios en el aula. Fue excepcional, en aquel centro público, leer a la vez, mientras nos llegaba la música, que ya nunca nos abandonaría, a Heidegger, Camus y  Sartre. Por culpa de “La Nausea” llegué a odiar la tarde del domingo, incluso el domingo mismo, como día de excepción dentro del estado de excepción continuo que vivíamos. Traje de domingo, dinero de domingo, sonrisa de domingo...  En nuestro ambiente,  la música, los macroconciertos, la oda a J. Lee Hooker, los poemas de Dylan, la antología bilingüe de los poetas beat, que M. Ricardo Barnatán preparó para Plaza y Janés, J. Kerouac, J. Page...  California, Canadá, Amsterdam y  Tombuctú como territorios y ciudades a los que había que ir. También lugares donde nos juntábamos y hablábamos, como en el Oriental, en la Alameda, en cuyo papel pintado de la planta superior dejábamos poemas y textos escritos con rotulador. La Filosofía, ciertos filósofos, nos ayudaba a encuadrar mejor aquel laberinto y  nos sumergía inevitablemente en otros.

LO normal en un elogio sería acudir a los griegos. No lo hago pues de Sócrates, de quien supe mucho mas tarde, sólo cabe hablar de un desconocimiento. Me puede con su filosofía del caminar lento en las calles de la ciudad haciendo preguntas a cada paso. Aquel ápodo, a quien Aristófanes situó en las nubes, donde todo pensamiento zafio localiza a aquel que piensa o filosofa o lo que ustedes quieran.  Sócrates pensó y habitó una presunción como ética: la vida sin reflexión nada vale. En definitiva, representación específicamente griega de la existencia humana que apenas apeló a transcendencia alguna. Después de él, como he escrito en alguno de estos “avisos”,  la filosofía dejó de ser una forma de oralidad relacional.

ES cierto que desconocemos como llega a darse un filósofo; tampoco como debe ser enseñada, aunque sabemos cómo no debe hacerse,  podría dar cuenta de algunos casos. Algunos dicen que escapa de las formas normales de la didáctica o de la comunicación (G. Vattimo) y, lo peor, ignoramos, dos mil cuatrocientos años después, que sea exactamente Filosofía e, incluso, si tiene hoy sentido usar ese término. En todo caso, me gusta su indefinición y me interesan sus indeterminaciones.

MI experiencia consiste en mantener una relación con la filosofía como compañera de viaje. Desempeña una función de agua vivificadora; limpia y transparente que tonifica. Esa sensación nunca me ha abandonado. Por ello, no la entiendo como disociada de la vida sino todo lo contrario. Una compañera tan necesaria como la cantimplora para el viaje largo o el recorrido corto. Por ejemplo, creo ser geógrafo, otra disciplina blanda y, también, atravesada por múltiples indeterminaciones.  Gracias a la Filosofía puedo recorrer el proceso del pensamiento geográfico, sus disparidades rotundas, su apego empirista a la tierra y sus hombres. ¿Cómo entender a Yi.-Fu-Tuan, J. Eyles, A, Buttimer, P. George, D. Harvey, E, Soja o Fred K. Schaeffer sin tener en cuenta la Fenomenología, los marxismos, el Posibilismo y  el Círculo Lógico de Viena?

PERO hay mucho más: permanente me suministra conceptos, ideas, sugerencias a cerca de la producción social del territorio. Lo que ocurre entre ambas disciplinas es que las dos buscan el sentido conjunto de las cosas. La Geografía nuestra producción del territorio; los hechos reales pero también los lazos que establecemos, los discursos que creamos para dar cuenta de lo que hacemos. Nosotros trabajamos para cartografiar el territorio mientras que, por su parte, la Filosofía crea cartografías y regiones conceptuales.  Así, posibilita a la vez suelo y atmósfera, la creatividad, incluso la creación de conceptos y, en ese sentido, no deja de ser una instancia de verificación que señala caminos, nunca un camino único y rectilíneo. Más bien, nos pone ante la posibilidad problemática de varios. Ambas comparten la impureza al partir de presupuestos ampliamente heterodoxos y,  por ello, son constitutivamente impuras.

LE debo una intención de totalidad, que me acompaña desde entonces como problema. Al principio  creía firmemente que era posible pero, con paso del tiempo, he llegado a comprender que el acceso a la totalidad es imposible e, incluso, que se trata de una forma de violencia. Detrás de la totalidad se esconde una aspiración totalitaria de verdad. Por tanto, queda como aspiración, solo eso, capaz de romper el simplismo, la posesión de un cuadro de mandos que lo explica todo.  En cierto modo, implica el rechazo del dogmatismo, aunque soy consciente de la dificultad de no serlo.

SI la filosofía es algo será diálogo. Apertura y superación del autismo monológico. Diálogo que, como diría María Zambrano, es un exponer y exponerse en el espacio público. La verdad como persuasión. Sin embargo caben precisiones: mas que de diálogo presupone la conversación.

DIÁLOGO en el espacio público significa que aquel tiene siempre un alto contenido político (incluso como antipolítica). No en vano filosofía nació en la ciudad, en sus calles, plazas y hasta en los mercados (Diógenes).  Implicaba -y  debiera seguir así-  la parrhesía. Esta ocupaba entre los griegos el centro de la actitud del ciudadano. En un sentido amplio significa hablar con franqueza; decir lo que se piensa; no esconder la opinión en los asuntos importantes.  La palabra no está en Homero pero la idea está expresada de modo habitual en la Iliada mediante invitaciones a “hablar justamente”; “contar sin deformar” o decir las cosas “según la realidad, sin deformar” Además en el contexto de las deliberaciones públicas, el que interviene tiene que decir “lo que parece lo mejor”.

HE pensado mucho en su relación con la actitud crítica (la filosofía como actitud crítica).  Esa actitud, propia de la disciplina, no es exactamente una jaula de hierro, un mal humor permanente ante lo que nos rodea. Piensa críticamente aquel que acepta y práctica la autonomía del pensamiento, incluso respecto del yo mismo (mas allá de mí).  El pensamiento tiene sus propias demandas y es insaciable. Obliga siempre a repensar. No hay  certezas. Tampoco exactamente la verdad ni siquiera verdades pequeñas. Aquello que se erige como verdad es sumamente violento y supone una clausura. Me interesan las filosofías que no disponen de un sistema o que concluyen en un sistema. No me atraen aquellas que pretenden regular los procesos de objetivación, que luego imponen como verdad intrínseca y transcendental ciertos absolutos que propugnan.

ME ha dado algo más: amistades. Tal vez, como dice  Sloterdijk, la Filosofía es una actividad que se desenvuelve entre amigos que se escriben cartas que tienen que ver con la conducción (el pastoreo) del rebaño humano. Recuerdo a A. Mandly que me regaló el libro clave de Gadamer y, entreverada con las lecciones de Antropología en el campo, a María Zambrano. Por su parte, F. Wulff  me introdujo en la lectura del sociólogo Norbert Elías, aún poco conocido en España, y  me condujo a pensar la postmodernidad con “La Condición postmoderna” de J.F. Lyotard, tema que me ocupó más de una década. Mantengo un  mercadeo  incesante de ideas y lecturas con los integrantes del grupo out-arquías (Escuela de Arquitectura de la Universidad de Sevilla) y, en especial, con el profesor Carlos Tapia. Admiro, dentro de ese grupo, la limpieza y seguridad de las lecturas de Carmen Guerra y  la pasión de Mariano Pérez Humanes. A estos, mas jóvenes, con los que pensamos el proyecto arquitectónico (en el límite) y  las nuevas condiciones de lo que aún seguimos llamando ciudad, se ha unido más tarde una joven filósofa madrileña, Ana María Romero Iribas, con quien converso sobre la amistad, que es el objetivo de su tesis doctoral. En esa relación de amistad no puedo olvidar las sesiones del grupo Rizoma y, muy especialmente, lo aprehendido de Eduardo Serrano y Joaquín de Salas Vara de Rey. Hay mas amigos y  amigas distribuidos por esta Europa nuestra (¡ya quisiéramos!).

LA Filosofía nada tiene que ver con las manuales de autoayuda. No es apropiada para solucionarle a nadie su vida en sentido estricto. Algunos de este tipo de “textillos” no pueden estar destinados nada más que a los habitantes de los suburbios norteamericanos y sus replicas en todos los lugares metropolitanos existentes en el mundo.  Sin embargo, hay ciertos asuntos en que puede proporcionar instrumentos, tal vez nunca de consolación con lo impensable de la vida (la muerte). Arrojados a la muerte es nuestra condición. Cuando la enfermedad me ha llegado he leído algunos filósofos.  No me han consolado, tampoco lo buscaba, pero he podido comprender la enfermedad como intruso,  que no es otro que yo mismo (Jean Luc Nancy). Lo inquietante es que el estar seguros tiene como suelo el miedo.

CREO que la filosofía española vive una edad dorada, a pesar de la ruptura que significó en su momento el exilio,  que viene a mostrar la posibilidad efectiva de una filosofía en lengua castellana. La magnífica filosofía contemporánea latinoamericana es un sumando más de ese auge. Emilio Lledó, José Luís Aranguren, Eugenio Trias, Jose Luís Pardo, Manuel Cruz, Julio Quesada, Daniel Innerarity, Adela Cortina, Jesús Mosterin, Maite Larrauri, Andrés Ortiz-Osés, Santiago López Petit, Victor Gómez Pin, Felix Duque y otros muchos han acumulado un depósito de pensamiento que debiera ser útil para la ciudadanía.

A ellos, permítamelo el lector, agrego una relación de mis filósofos y filósofas, los míos, los que he leído, entendido y no entendido. Hay otros muchos, probablemente más precisos, acaso mejores en la calidad de su pensamiento. Esta lista no es excluyente, aunque es cierto que me interesan menos los filósofos de las filosofías descriptivas,  están los que forman parte de mi vida y  las palabras clave que me suscitan, entre ellos: Sócrates (el vitalismo de la oralidad relacional); Heráclito (los límites de lo puramente percibido); Baruch Spinoza (la potencia y lo que puede un cuerpo); Hegel (la filosofía de la historia); K. Marx (el proyecto de emancipación humana); E. Husserl (la esencia de la cosa); M. Merleau-Ponty (lo visible y lo invisible y el estar en situación propia del hombre y su cuerpo); M. Heidegger (ser y ente, “el se”, tiempo, temporalidad, pensamiento, pensamiento y pobreza, cuaternidad, habitar...); Hans Jonas (la técnica como amenaza y los principios de responsabilidad y  precaución);  H Gadamer (la hermeneútica: el método y el horizonte comprensivo); J. Ortega y Gasset (el proyecto del hombre y la filosofía de la tecnología);  María Zambrano (la piedad); H. Arent (la posibilidad real de un pensamiento propio);  W Benjamin (los vencidos, la memoria y el paseante);  M. Foucault (el pensamiento del poder); H. Lefebvre (libertad de pensamiento, la ciudad y lo urbano, el derecho a la ciudad); G. Debord (la sociedad del espectáculo y la deriva como método); J.  G. Deleuze y F. Guattari (rizoma, las líneas de fuga, qué sea la filosofía); G. Agamben (el estado de excepción y  la nuda vida); Roberto Expósito (la inmunidad) y Jacques Rancière (la democracia).

A todos ellos, gracias. Se está bien en las nubes.

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