OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg17/06/10. Opinión. Granada, 1975, un estudiante universitario de 19 años es arrestado durante 10 días por sus ideas políticas. Se le aplica la ley Antiterrorismo. Recibe regularmente palizas a manos de varios policías. Por las noches, sostiene en la mano derecha y sobre las venas de la muñeca izquierda...

OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg17/06/10. Opinión. Granada, 1975, un estudiante universitario de 19 años es arrestado durante 10 días por sus ideas políticas. Se le aplica la ley Antiterrorismo. Recibe regularmente palizas a manos de varios policías. Por las noches, sostiene en la mano derecha y sobre las venas de la muñeca izquierda, un cristal en el que refugia sus esperanzas. El protagonista de esta historia se la contó al colaborador de EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com, Fernando Wulff. “La razón por la que le llamo es la misma que entonces, con el agravante de que si en aquel tiempo habían pasado 21 años y ahora 35, siga siendo hoy todavía necesario recordar lo que me contó”, escribe el catedrático de la Universidad de Málaga.

Torturas de apenas ayer. Mirando a los ojos del pasado

ME resulta curioso que hayan pasado casi 15 años desde la última vez que hablé con él y que, además, la razón por la que le llamo sea la misma que entonces, con el agravante de que si en aquel tiempo habían pasado 21 años y ahora 35, siga siendo hoy todavía necesario recordar lo que me contó. O, lo que es lo mismo, que el mundo alrededor de lo que circulaba, más allá de su historia concreta, su historia -el franquismo, sus torturas, el desprecio a los derechos humanos…-  tenga que ser objeto de un tipo de recuerdo, diríamos, reivindicativo, que siga siendo compatible, por ejemplo, ser político o juez en un país democrático y defender aquel régimen basado en la tortura y el terror que le torturó durante 10 días en Granada, con 19 años, y le mandó luego a la cárcel.

EN todo caso, como digo, lo llamo y le cuento por qué lo hago y qué le pido, y quien lea esto puede constatar de manera inmediata que me dijo que sí a lo que le pedí, siempre que, como entonces, su nombre no apareciera en el relato. En una de esas revistas efímeras y de escasa tirada que de cuando en cuando surgen alrededor de las universidades publiqué una parte de lo que me contó durante una tarde de charla calma. Me alegra que me dé tan fácilmente su permiso para reeditarla aquí. También me entra curiosidad por ver cómo le ha tratado el tiempo y cómo vive ahora todo aquello, así que le sugiero que nos veamos y está de acuerdo.

LO que me cuente el martes que viene será otra cosa.

LO que entonces escribí, publicado en Febrero de 1996, es esto: 

Mirando a los ojos del pasado

ES una regla de oro de las descripciones de personas el buscar algo que las caracterice, un rasgo que sirva como guía. No creo distinguir nada especial en quien tengo enfrente de mí. Representa quizás un poco menos de la edad que tiene, habla con un acento neutro, domina un vocabulario amplio y lo utiliza sin tener en cuenta lo habitual o desusado de los términos. No pretende demostrar nada. Conforme sigue hablando se apunta algo que quizás podría servir: su régimen de sonrisas, que remiten a algo bien distinto a la búsqueda de la simpatía del oyente. En todo caso, muy poco después de empezar a contarme su historia, comparto con mucha más dedicación con mi grabadora la tarea de escucharle que al principio recaía casi exclusivamente en ella.

“ERA el año 1975, yo tenía 19 años y estaba en la comisaría de la ciudad donde estudiaba. A mí y a muchos otros nos detuvieron aprovechando las declaraciones de una muchacha que esposashabía cantado. Nunca le supe tener rencor. Yo no sé por qué algunos hablan y otros no en aquellas circunstancias, pero no estoy seguro de que los que no lo hacen tengan motivos de mucha altura, quiero decir que si yo no canté, no fue por amor a la causa heroica de la resistencia antifranquista, sino porque no podía consentir que aquellos personajes groseros y mal encarados que nos torturaban pudieran chulear de un triunfo sobre mí, aparte del hecho de que me era insoportable la idea de volver a la universidad con lo que para mí se presentaba como un estigma. Hablo, como ves, de razones de ego, no de otra cosa. Años después, sin embargo, una amiga me pidió que hablase con ella diciéndome que al hacerlo contribuiría a aliviarle la culpa que, al parecer, la había asediado durante todo ese tiempo. Digo ‘sin embargo’ porque me negué.

IBAN a fusilar a cinco miembros del Frap y Eta y aprovecharon para quitar gente de la calle. La Brigada Político-Social se encargaba del asunto, tal como correspondía, y a mí me aplicaron, sin otra razón que el deseo de sacar información y con la evidente complicidad de los jueces encargados del asunto, la Ley Antiterrorismo. Estuve allí diez días. Había detenidos de algunos partidos y grupos que realmente luchaban en la calle (algunos se apuntarían más tarde, pero por entonces su nombre suscitaba poco más que una sonrisa) contra el franquismo: P. C., P. T. y de los míos, un grupo de gente muy viva y muy poco dogmática para la época que luego se disolvió, afortunadamente. Era alrededor del tercer o cuarto día de estar allí. Desde el segundo me habían dedicado una atención especial; más tarde supe que alguien había dicho que yo era el máximo responsable de la organización, algo doblemente curioso porque ni la organización tenía máximo responsable ni yo era en absoluto más importante en ella que quien lo dijo.

ME llama la atención que en las pocas ocasiones en que he contado esto, las preguntas no giren alrededor de cómo me sentía, o de cómo conseguía mantener la imagen de muchacho ignorante y bien intencionado, engañado por quién sabe quién, sino de los sistemas concretos de tortura que usaban los policías.

HABLARÉ de uno nada más porque es parte importante de la historia. Era, como decía, alrededor del tercer o cuarto día y me habían puesto con dos dedos de las manos apoyando el cuerpo sobre la pared, los pies bien alejados y abiertas las piernas. Me iban golpeando entre insultos por turno, afectando una pasión que yo creo no sentían. Sus puños, de todas maneras, sí se hacían sentir. Cuando caía, a veces por el dolor, a veces por jugar a engañarlos, me levantaban a patadas y volvían a colocarme en la misma posición. Se salía alguno de cuando en cuando, siempre he supuesto que porque no podían pasar tanto tiempo sin hablar de fútbol o de sus putas de barra americana, y entraba otro.

EL que me importa entró al final, yo le conocía de vista. Era alto, de rasgos muy marcados, delgado, y chulo hasta para miembro de la Brigada Político Social. Lo llamaremos A. Estuvo un rato pegándome con los otros hasta que, de repente, y tras haber estado un rato a la espera, gritó algo y me dio un golpe directo en el hígado. Esta vez no fingí, caí como un saco en el suelo. Me llevaron poco después casi a rastras a la celda. Esa noche yo me senté en el colchón cutre que hacía las veces de cama, con las piernas cruzadas. Me concentré en la respiración e hice el mayor esfuerzo de mi vida por relajarme, encontrar calma, olvidar el dolor del cuerpo.

celdaES un poco ridículo lo que en un mundo como el nuestro yo sentí en ese momento. Me da un cierto pudor describirlo. Podría ser algo así como esto: se había roto algo en el orden de las cosas si alguien que jamás había ejercido otra violencia que la de expresar sus ideas frente a un régimen de torturadores podía verse allí, en esa situación, con esa gente. Algo tenía que ocurrir, algo que volviese a poner las piezas en su sitio. Varios días después, casi en la misma posición, pero sosteniendo en la mano derecha y sobre las venas de la muñeca izquierda un cristal, me pregunté a mí mismo si podía aguantar o no los días que me quedaban. Después de mucho tiempo, o de lo que yo creo que fue mucho tiempo, escondí en el colchón otra vez el vidrio en el que se refugió mi esperanza en esos días finales. Pero ahora no se trata de eso, perdona que me haya ido algo del tema.

AL día siguiente no me subieron a interrogar. Al otro sí. Había algo extraño en el ambiente, una cierta falta de entusiasmo en el golpe, si me permites un pequeño toque de cinismo. Los demás los recuerdo peor, en parte porque el juego importante pasó a ser el de la aparición del policía bueno que jugaba a frenar a sus compañeros, a propiciar nuevos métodos de interrogatorio que dependían para su éxito de tu colaboración, un truco tan simple como, es curioso, efectivo, aunque no lo fuera para mí. Gracias al vidrio roto de una botella. Lo que sí recuerdo es una conversación entre dos de los habituales, en un aparte mientras un tercero me daba sistemáticamente bofetadas. Uno le decía al otro que el juez no había creído su versión de los hechos, que la cosa no había sido como el atestado policial había supuesto. Callaron enseguida mirándome de reojo.

UNOS días después, ya en la cárcel, supe a qué se refería aquello. Habían encontrado a A. muerto de un disparo. La policía sostuvo que se le había disparado la pistola, lo que, al parecer había acabado por aceptar el juez. Se decía que no era así. Hubo quien pensó en un suicidio. Lo más que un compañero le había disparado por un asunto de cuernos, no recuerdo si de la mujer de A. o de la del matador. Se decía que sus compañeros habían escondido la verdad para protegerlo. Sin duda gentes que pretendían que se puede matar a alguien por sus ideas, encontrarían fácil justificar una muerte por algo más, literalmente, corpóreo. (Sonríe)”.

PUEDE consultar aquí anteriores artículos de Fernando Wulff Alonso:
- 28/05/09 De políticos, engaños y patrimonios dilapidados: el caso de los yacimientos fenicios en Málaga