OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg16/09/10. Opinión. “Tras contarnos las matanzas y violaciones que habían protagonizado, en medio del espectáculo dantesco de los falangistas fusilando masivamente, en un escenario urbano presidido por pintadas donde pone ‘Duce, Duce’ y por retratos de Mussolini, nos presenta al personaje...

OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg16/09/10. Opinión. “Tras contarnos las matanzas y violaciones que habían protagonizado, en medio del espectáculo dantesco de los falangistas fusilando masivamente, en un escenario urbano presidido por pintadas donde pone ‘Duce, Duce’ y  por retratos de Mussolini, nos presenta al personaje más importante de Málaga, el cónsul italiano Bianchi, que se pasea ufano por todas partes, salvando de cuando en cuando magnánimamente a algún detenido a instancias de las muchas mujeres que le asedian para conseguirlo”. El colaborador de EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com Fernando Wulff recoge el testimonio de un personaje poco menos que desconocido, Antonio Bahamonde, sobre la presencia de tropas italianas en Málaga durante la Guerra Civil, para ahondar en una reflexión: “Italia y la Italia ‘berlusconizada’ sigue siendo en gran medida la excepción de uno de los procesos más interesantes de las dos últimas décadas en Europa, la revisión de la memoria de la II Guerra Mundial”.

Berlusconi, Mussolini, otras memorias históricas

ME sigue sorprendiendo el viejo mito de la excepcionalidad de la historia de España, esa imagen de un mundo cargado de tragedia, golpes militares y falta de democracia que diferenciaría a España del resto de Europa.

SI yo preguntara en qué país de Europa Occidental se fusiló fríamente entre veinte y treinta mil civiles en el siglo XIX o se asesinó tras una manifestación a más de doscientos ciudadanos en los años sesenta del XX, seguramente habrá una tendencia inmediata a decir que fue España, y no la civilizada Francia. Tampoco somos nada excepcionales en la trascendencia de los debates sobre el pasado reciente.

UNO de los procesos más interesantes de las dos últimas décadas en Europa es sin duda alguna la revisión de la memoria de la II Guerra Mundial. En Francia el debate sobre la mitificación de la Resistencia y el olvido del colaboracionismo y de Petain o, en Alemania, el debate sobre el nazismo que dio lugar a lo que se llamó el Historiker Streit han incidido en la necesidad de profundizar en las amargas verdades de la guerra (y en particular de la preguerra) y en las falsedades de la posguerra. Hasta países “neutrales” como Suecia han tenido que hacer un lugar para una reflexión que es necesariamente colectiva.

YO diría que si hay algo que caracteriza todo esto es la ubicación de los olvidos y falsificaciones de las historias nacionales en una posguerra presidida por la guerra fría; la falta mussolini_hitlerde profundización en la limpieza de los cuadros políticos, judiciales y de todo tipo, era el otro lado de la falta de profundización en la relación intrínseca, necesaria, del nazismo, del fascismo (y del petainismo) con los principios básicos y las prácticas políticas de una derecha europea que los había aupado y a la que ahora los USA (y no sólo los USA) necesitaban para enfrentarse al otro lado de un telón de acero que tanto habían hecho por crear. Es evidente que la recuperación de la memoria republicana en España y la exigencia de un replanteamiento colectivo del franquismo tiene mucho que ver con este movimiento europeo, y no sólo porque España fuera víctima de estos mismos procesos durante y después de la Guerra Civil.

TODO esto es muy de celebrar. No creo que haya que argumentar la conveniencia de que la historia de las sociedades europeas sea lo más verídica posible; tampoco que la construcción europea exija que se pase de las falsedades o medias verdades de las historias nacionales a reflexiones colectivas que se ajusten también lo más posible a los perfiles de la realidad.

ITALIA, y la Italia ‘berlusconizada’, sigue siendo en gran medida la excepción. En los últimos tiempos he leído dos testimonios que me han impresionado. Los cuentan dos personas distintas, de miradas distintas y en dos continentes, pero en una misma época, y hablando de unos mismos protagonistas.

EL primero es de un personaje poco menos que desconocido, Antonio Bahamonde. En el año 1936 en Sevilla, los militares sublevados y sus aliados protagonizan una masacre sin precedentes contra la población civil. Bahamonde no es sino un buen hombre, económicamente muy bien situado, católico practicante, que se había alegrado en un principio de la rebelión, y que para librarse de formar parte de las milicias dedicadas a fusilar civiles, había conseguido un puesto importante en el aparato de propaganda del general Queipo de Llano. En sus memorias se destila el horror que le va llenando ante todo lo vivido, ante las muertes, las mentiras, los saqueos y la alegría de la Iglesia a la que pertenece. Se entiende a la perfección que acabe huyendo por Portugal hacia Francia para dejar lejos tanta maldad y poder cambiarse al bando de las víctimas.

NO
es el primero en hacer notar lo curioso de que un golpe militar que se predica nacionalista gane la guerra gracias a masivas cantidades de marroquíes, portugueses, alemanes e italianos y al armamento que traen consigo. Llaman la atención dos referencias a estos últimos. La primera se relaciona con su visita a Málaga, tomada por los soldados italianos en un movimiento que desencadena una fuga de la población civil hacia el Levante con miles de muertos. Tras contarnos las matanzas y violaciones que habían protagonizado, en medio del espectáculo dantesco de los falangistas fusilando masivamente, en un escenario urbano presidido por pintadas donde pone ‘Duce, Duce’ y  por retratos de Mussolini, nos presenta al personaje más importante de Málaga, el cónsul italiano Bianchi, que se pasea ufano por todas partes, salvando de cuando en cuando magnánimamente a algún detenido a instancias de las muchas mujeres que le asedian para conseguirlo. La otra se sitúa unos kilómetros más allá, en Sevilla, donde reside Bahamonde. Nos cuenta otra vez la omnipresencia de esas fuerzas extranjeras. En un lugar nos describe, por ejemplo, cómo la aviación alemana ha exterminado una columna republicana casi hasta el último hombre. En otro llama la atención sobre el contraste entre los disciplinados alemanes y los italianos, a los que describe como groseros, soeces y fanfarrones, gentes que se comportan como en país conquistado, que se niegan a pagar sus consumiciones en los bares, que se matan con los moros en peleas prostibularias. ¿Dejamos oír directamente su voz?: Los italianos son pendencieros, fanfarrones, déspotas. Proceden como si estuvieran en Abisinia, de donde han venido la mayor parte.

LA otra mirada no es la de un desconocido. Se trata de André Gide. Desde mayo de 1942 está en Túnez; en noviembre el desembarco de las fuerzas aliadas lleva a la capital a las fuerzas alemanas e italianas en lo que se presenta como algo muy cercano a un asedio. El juego acaba en mayo de 1943: Túnez cae de manera imprevista, rápida, sin combates cercanos. Las fuerzas alemanas, nos cuenta, se rinden cuando están acorraladas, rodeadas, sin posibilidades. Contrasta rápidamente esto con los italianos: El ejército italiano, entero, por su parte, se rindió casi enseguida; lo que no ha sorprendido a nadie. 

NADA más distinto a Bahamonde que el tono con el que este setentón desencantado y egocéntrico ve el mundo y escribe sus diarios. En muchos sentidos es un francés como tantos silvio_berlusconique no se compromete; en 1940 se había lamentado, más que de la derrota en sí, de los defectos que habrían perdido a Francia -la imprevisión, la irresponsabilidad, la retórica palabrera-, y en medio de sus temores no dejaba de mostrar su admiración por la frialdad inhumana de las jugadas de Hitler. Aún en pleno diciembre deja ver cuánto le contraría no poder dirigirse a esos muchachos alemanes cuya belleza admira y desea; pero, claro está, una cosa así es de descartar porque (las comillas son suyas) le “comprometería”. Donde en uno hay un puro dolor, en el otro se explicita el deseo de un buen espectáculo, entre tantos otros deseos. Donde en uno hay una toma de partido que le lleva a poner en juego su vida, en el otro hay una proporción calculada de agua de Vichy y Bourbon.

¿ES casual que de nuevo aquí se haga bien visible el contraste entre los soldados alemanes y los italianos? Un discurso de Mussolini es para él falso, chato y necio, una pura vaguedad que no le inspira más que desprecio; no hay ni sombra de admiración por el personaje. Si los soldados alemanes aparecen como dignos, disciplinados, aseados, bien vestidos, e incluso atentos con la población civil, los italianos destacan por sus uniformes ajados, su grosería, su abulia, su descaro indisciplinado, su disposición permanente a la insolencia. Y una nota de disenso, el apedreamiento cerca del 8 de febrero del escaparate de la librería italiana, con las fotos de la familia real y del Duce, le lleva a una reflexión sobre cómo crece el número de italianos antifascistas, y cómo disminuye el de los fascistas, conforme llegan las noticias sobre la marcha de la guerra en Rusia y en otros lugares. En cuanto se empieza a pensar que podría perderse la partida, se querría no haberla empezado; se siente también que es demasiado tarde ahora para retirarse.

ITALIA en los años de Berlusconi ha perdido el tren europeo también en este terreno. Las mentiras con las que se cimentó la posguerra italiana han durado más que ninguna otra. Es bien sabido que poco tiempo después de lo que cuenta Gide, cuando se perdía la partida y se hubiera querido no haberla empezado, la retirada imposible consistió en una propuesta de rendición que dio lugar a una división y a un cambio de bando que, en esos momentos, vino muy bien a casi todo el mundo, incluyendo a los millones de italianos de origen de los USA y a quienes cortejaban sus votos. Durante todos estos años la amnesia se ha disfrazado de victoria, incluso, y en particular, en las conmemoraciones oficiales. Italia habría ganado la guerra -al contrario que Alemania- y podía presumir de una Resistencia -al igual que Francia-.

NO es nada arriesgado postular que haya una relación directa -no digo que casual- entre esta memoria falseada y las formulaciones de la política italiana de la posguerra hasta el presente. Y es coherente con lo que ha significado Berlusconi, que su gobierno haya supuesto un retroceso incluso sobre esto, con un coqueteo con la figura de Mussolini que es bien comprensible en el personaje, pero que sólo se puede entender en una Italia en la que no se ha hecho una reflexión colectiva sobre el fascismo y sus horrores.

CONVIENE recordar que, al contrario que en España, donde triunfa a pesar de una resistencia colectiva sencillamente impresionante, un golpe militar con fuertes apoyos, en Italia triunfa, y mucho antes que en Alemania, un movimiento reaccionario de masas, un fascismo propiamente dicho. Esto multiplica la exigencia de una limpieza colectiva de cualquier memoria ensalzante o amnésica, y no sólo por los peligros de los Berlusconi. En los procesos de construcción europea se hace necesaria aún más esta reflexión. Aquel horror que convirtió a muchachos campesinos en chulos y matasietes y los lanzó a campañas improvisadas e insensatas debe ser explicado y compartido. Lo exigen también las muertes de Abisinia y de Málaga, el papel esencial de Mussolini en el apoyo a Franco y, no lo olvidemos, en el de Hitler, los horrores de una guerra protagonizada por ella y por Alemania -los dos países que habían corporeizado también en el siglo anterior el sueño decimonónico de la unidad nacional- y la destrucción de tantas gentes, de tantas cosas, de tantas esperanzas. Pero, sobre todo, se lo debe Italia a sí misma.