OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg13/01/11. Opinión. “Si hay algo específico en la historia de España que yo destacaría sería cómo la intervención exterior cambió, y para mal, su destino y lo hizo en dos ocasiones, una en el siglo XIX -los Cien Mil hijos de San Luis, un ejército francés mandado por la Santa Alianza, invade España...

OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg13/01/11. Opinión. “Si hay algo específico en la historia de España que yo destacaría sería cómo la intervención exterior cambió, y para mal, su destino y lo hizo en dos ocasiones, una en el siglo XIX -los Cien Mil hijos de San Luis, un ejército francés mandado por la Santa Alianza, invade España para restaurar el absolutismo de Fernando VII- y otra en el XX -la abierta intervención de los fascismos en pro del golpe militar de Franco-” expone Fernando Wulff en esta colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com en la que aboga por afrontar el estudio de la historia mediante un “continuo esfuerzo personal y colectivo”, sin tener “miedo en hurgar en las heridas”.

España ¿una historia excepcional?

SUELO preguntarle a mis alumnos en qué país europeo se mató a entre veinte y treinta mil trabajadores en el siglo XIX sencillamente fusilándolos a sangre fría, después de una salvaje intervención militar que costó otros tantos. Y también en qué país europeo se mató en la segunda mitad del siglo XX a cerca de doscientos manifestantes pacíficos, una parte de ellos arrojándolos por los puentes de un río.

TENGO la impresión de que les sorprende saber que no fue España. Cuando les insisto preguntando sobre dónde lo situarían, tienden a hacerlo en algún lugar de la periferia, Rusia quizás. Suele ser más fácil si les cuento que lo primero ocurrió en 1871 y lo segundo exactamente el 17 de Octubre de 1961, aunque tampoco siempre es suficiente.

EFECTIVAMENTE, no se trata de España, sino de la civilizada Francia. Nos referiremos en otras ocasiones a los efectos de la ominosa derrota de los ejércitos franceses de Napoleón III ante los ejércitos alemanes en 1870, pero éste es el que nos interesa aquí y ahora: los mismos ejércitos franceses derrotados masacran el más que interesante experimento democrático de la Comuna de París y luego proceden al exterminio sistemático de hombres y mujeres en fusilamientos indiscriminados. Sobre esta base se asienta la Tercera República Francesa.hijos_san_luis

Y es en París donde se responde en 1961 a una manifestación pacífica de argelinos con una masacre que no se detiene allí. En la propia Argelia en esos años el gobierno francés había hecho toda una demostración de torturas y asesinatos indiscriminados, que no era sino la culminación de uno de los procesos de colonización que más había afectado a sus víctimas, un ejemplo prototípico de colonos europeos arrebatando tierras e instalándose en las zonas más fértiles de los territorios conquistados.

NO fue en España. Tampoco fue en España -en la que el gobierno legítimo había resistido durante tres años un golpe militar, a pesar de todo- donde se produce una de las más ominosas derrotas del siglo XX, la de los ejércitos franceses por lo alemanes en unos pocos días del año 1940, precedida de la traición y abandono de Polonia, ni donde se instala uno de los gobiernos colaboracionistas más perversos, y más apoyados por la población civil, de toda la Europa ocupada, ni donde hubo necesidad hasta de magnificar la Resistencia para tratar de ocultar todo esto en una Postguerra que pudo ser como fue porque otros se encargaron de derrotar a los nazis.

LA historia del mundo no es una historia de flores y besos precisamente y la de los dos últimos siglos no desmerece su cierto color oscuro. Aquellos que pensamos que es necesario un continuo esfuerzo personal y colectivo para evitarlo no debemos engañarnos sobre lo que ha sido. Y la historia de sus culturas, sociedades o países no es una excepción. Que en España se haya considerado la propia historia como particularmente trágica o difícil es un efecto colateral de muchas cosas, incluyendo que los historiadores españoles se hayan dedicado sobre todo a su propia historia y no a la de otros países del mundo, y quizás también a una cierta propensión al pesimismo colectivo que tanto hizo por aumentar el propio franquismo y la tragedia que conllevó.

SI hay algo específico en la historia de España que yo destacaría sería precisamente una prueba de todo lo contrario, de cómo la intervención exterior cambió, y para mal, su destino y lo hizo en dos ocasiones, una en el siglo XIX y otra en el XX.

CUANDO el 7 de abril de 1823 los Cien Mil hijos de San Luis, un ejércitoguernica francés mandado por la Santa Alianza, invade España para restaurar el absolutismo de Fernando VII se acaba con un proceso de democratización que llevaba tres años en marcha, y que seguía el camino de la constitución de Cádiz, que había admirado a Europa en plena invasión napoleónica. Los asesinados y exiliados -muy probablemente de estos últimos nace la palabra ‘Liberal’ en el inglés moderno- suponen una ruptura que, sin embargo, no tiene comparación con la radicalidad de la segunda: la que nace de la falsa neutralidad de las democracias y la abierta intervención de los fascismos en pro del golpe militar de Franco.

UNA más de sus consecuencias es que la mejor generación de intelectuales y científicos de la historia de España, las gentes formadas desde décadas antes gracias a la Junta de Ampliación de Estudios y otras instituciones, murió o se exilió. Quienes nos educamos en las universidades españolas de los años sesenta y setenta tuvimos en realidad muy escasos maestros a los que seguir. Curiosamente, la derecha española, tan proclive a un nacionalismo exclusivista y pretencioso en sus discursos, ha debido su preeminencia a dos intervenciones extranjeras más que bien recibidas, bendecidas en todos los sentidos. No tengo nada claro que sea cierta la frase de Renan que venía a decir que la memoria de los países requiere tanto el recuerdo como el olvido. Francia misma, por cierto, es un buen ejemplo de lo contrario: todo lo señalado, y más, está en el debate público, en los libros, en la prensa, en la televisión, en el cine. Pero lo seguro es la falsedad de buena parte de lo que en la mayor parte de los países se considera excepcional, específico, único. España tiene la curiosa peculiaridad de que no tiende precisamente a una imagen gloriosa de sí misma, lo contrario tradicionalmente de esa Francia que, por otra parte, no tiene miedo en hurgar en sus heridas. Y lo contrario también de algunas perspectivas de las historias de las actuales autonomías en las que la sublime, inveterada y secular perfección propia habría sido sistemáticamente acogotada por la maldad no menos intrínseca de España y de los españoles, historias en las que la paranoia parece sumarse a un discurso cargado de tintes adolescentes.

PERO de eso hablaremos en otra ocasión. Como hablaremos también de algo que quizás haya sorprendido al lector: que alumnos universitarios no respondieran a la primera a las preguntas con las que iniciaba este artículo. Aparte de que hayan heredado esa imagen negativa y excepcional de la que hablábamos, sepa, si no lo sabe ya, que no hay duda ninguna de que uno de los resultados más notables del sistema educativo actual es la confluencia nada casual de políticos, pedagogos y sindicalistas a la hora de producir una generalizada ignorancia. También otro tema para otra ocasión.