OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg16/02/11. Opinión. El yacimiento arqueológico de Alcorrín, en el municipio malagueño de Manilva es de tal importancia que trastoca “cualquier estudio sobre los orígenes de la historia en el sur peninsular, y también cualquier estudio sobre el tema de Tartessos”, sostiene Fernando Wulff en esta colaboración...

OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg16/02/11. Opinión. El yacimiento arqueológico de Alcorrín, en el municipio malagueño de Manilva es de tal importancia que trastoca “cualquier estudio sobre los orígenes de la historia en el sur peninsular, y también cualquier estudio sobre el tema de Tartessos”, sostiene Fernando Wulff en esta colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com en la que censura “la incompetencia, desidia y estafa social” con la que administraciones y partidos incumplen su obligación de “conservar el patrimonio arqueológico, posibilitar su investigación y ponerlo a disposición de los ciudadanos para su uso y disfrute”. Cosa que sucede en un espacio, el del litoral malagueño, que tal y como señala el catedrático de Historia Antigua “presenta la mayor concentración de yacimientos fenicios del Mediterráneo Occidental y algunos de los más importantes globalmente”.

Más allá de Tartessos: cuando la historia empieza en Málaga

NO
me resulta fácil pensar, y desde luego no en este siglo, en descubrimientos arqueológicos en Andalucía, o incluso en la Península Ibérica, más importantes que dos que han tenido lugar en la provincia de Málaga en los últimos tiempos. Uno está, ya desde su propio nacimiento, condenado.

EMPECEMOS positivamente, por el que todavía no lo está.

EN Manilva, en los límites de la provincia de Málaga con la de Cádiz, a una treintena de kilómetros de Gibraltar, desde el año 2006 el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid y el Centro de Estudios Fenicios y Púnicos de la Universidad Complutense excavan un yacimiento fascinante. Dudo que desde muchas de las posiciones actuales sobre cómo se desarrolla el paso de la prehistoria a la historia en la Península, o, si se quiere, sobre cómo los fenicios se instalan en las costas peninsulares, muy en particular en Andalucía, y de cómo interactúan con las sociedades indígenas, se pudiera siquiera imaginar la existencia de un lugar como éste ¿qué hacer con un espacio amurallado que tiene dos kilómetros y medio de muros, con unas fortificaciones sorprendentes, que usa componentes fenicios, pero que es indígena, en esa zona estratégica que une el mar Mediterráneo con el Atlántico? ¿Y qué hacer si, además, se añade que se construye en las décadas finales del siglo IX a. C.?

RETROCEDAMOS a los años sesenta del pasado siglo. Por entonces la historia del sur peninsular en el momento del tránsito de la prehistoria a la historia se basaba casi exclusivamente en las fuentes literarias, fuentes que hablaban de la colonización fenicia y de la existencia de una realidad indígena diferenciada que, al menos para la zona de Cádiz-Guadalquivir-Huelva, las fuentes vinculaban a un nombre ya mítico en la antigüedad, Tartessos. Todo ello resultaba ser muy importante para el conjunto de la Península, entre otras cosas porque los datos apuntaban a esta zona como la primera en la que se daban estos procesos. La falta de restos arqueológicos sólidos afectaba a ambas cuestiones, pero sobre todo a la propia definición de Tartessos, un concepto que, tras el impacto de las ideas del alemán Schulten, se había inflado hasta convertirse en un imperio multisecular, la primera cultura superior de Occidente y tantas otras cosas más. Y piezas arqueológicas sueltas, de difícil asignación además, no podían cubrir ese vacío en la documentación.

ENTRE los sesenta y los setenta se descubrieron diversos yacimientos fenicios en el sur peninsular; algunos, como los de Málaga, excavados también por el Instituto Arqueológico Alemán, ofrecían además una cronología del s. VIII a. C. Pero el mundo indígena no deparó nada parecido. Con algunas excepciones, como Tejada la Vieja en Huelva, o la misma Huelva, excepciones que tampoco siempre han sido admitidas sin la sospecha de ser realmente fenicias, es notable la escasez de poblados indígenas de importancia, en general y, más particularmente, en una zona que se suponía tan nuclear como el Guadalquivir mismo.

ES cierto que una de las razones para esto deriva de la política arqueológica de la Junta de Andalucía, que no ha posibilitado excavaciones sistemáticas para comprobar la existencia de grandes yacimientos que estudiosos como Oswaldo Arteaga aseguran poder detectar en superficie. No es el momento, por cierto, para hablar de cómo, en una de sus más preclaras demostraciones de incompetencia, la Consejería de Cultura, tras haberle permitido a auténticos elefantes sagrados de la arqueología andaluza gastarse millones en determinados yacimientos sin producir una sola monografía sobre ellos, reaccionó a este problema creado por su misma impotencia con la nefasta política de dificultar las excavaciones sistemáticas a todo el mundo, es decir, de impedir la profundización en el conocimiento de los yacimientos esenciales para los grandes problemas de la historia y la prehistoria andaluzas.

EN todo caso, esa escasez de constataciones arqueológicas de las poblaciones indígenas influyó mucho en que en los últimos años se pusiera de moda la idea de que había que romper con una interpretación del mundo del sur peninsular como indígena. Desde esta perspectiva lo tartésico sería substancialmente fenicio, un fenicio con poco más que adaptaciones locales. Por supuesto, otros estudiosos hacíamos notar que había indicios suficientes -elementos de cultura material, adaptaciones de la escritura, las referencias de Herodoto para el período de finales del s. VII a. C. en adelante…- como para sostener la existencia de identidades indígenas propias, con fuertes grados de uso de elementos fenicios que iban ligados a las innovaciones que los fenicios traen y que se adaptan y reinterpretan. Los imperios soñados, las culturas más antiguas de Occidente y tantas otras ensoñaciones eran una cosa, los datos que apuntaban a realidades indígenas, y bien sólidas, eran otra.

Y en medio de este panorama aparece Alcorrín. Una fortaleza o población indígena que usa alcorrincomponentes fenicios para la construcción, con dos kilómetros y medio de murallas, con elementos de fortificación impresionantes en la entrada, un urbanismo que aún se estudia, pero que ya ha demostrado su sofisticación y una posición sin complejos al lado  del Estrecho. La enorme concentración de poder y riqueza que significa, la gran cantidad de mano de obra necesaria para hacerla y de soldados necesarios para defenderla no necesitan comentario: nada de meros indígenas viviendo en cabañas, víctimas eventuales de las tradicionales trapacerías fenicias… Y ya en el siglo IX a. C, cuando muchos negaban la existencia de elementos indígenas de importancia, como hemos visto, y otros sólo pensaban en ellos a partir del siglo VII a. C., si es que no en el VI.

¿QUE viene ahora? En todo caso, lo primero es repensar los problemas y saber que hay indígenas en posiciones de poder, estructurados en estados, capaces de absorber las tecnologías fenicias, incluyendo la escritura -hay restos de escritura fenicia en el asentamiento- y que, sin duda, no se limitaban a estar en este lugar. Al otro lado de los fenicios hay interlocutores nada pasivos. Cualquier estudio sobre los orígenes de la historia en el sur peninsular, esto es, en la Península pasa por Alcorrín, y también cualquier estudio sobre el tema de “Tartessos”, signifique lo que signifique.

Y lo que viene es trabajo, estudio y problemas a resolver. Por ejemplo: ¿Por qué el yacimiento tiene una vida de más o menos tres cuartos de siglo y luego se abandona, pacíficamente, llevándose todos, o prácticamente todos, los objetos de valor, dejándolo abandonado para siempre?

EL segundo nos presenta el oto lado del juego, los fenicios.

EN las obras de ampliación del aeropuerto de Málaga, en el yacimiento de la Rebanadilla, en el margen derecho del Guadalhorce, se excavó una parte de un amplio conjunto de restos fenicios, que ya hoy en día están literalmente bajo tierra.

TIENEN una doble importancia. A escala más general, son claves porque muestran restos fenicios de, como mínimo, el siglo IX a. C., con una continuidad de varios siglos. Lo importante es su antigüedad, que apunta a algo que ya algunos venimos defendiendo desde hace años: que probablemente tienen razón las fuentes literarias que hablan de la fundación de Cádiz y otros asentamientos para los siglos XII-XI a. C.

CON los fenicios, en todo caso, viene el saber concentrado de más de dos mil años de evoluciones de las sociedades urbanas del Próximo Oriente y Egipto y, entre otras cosas, la escritura, nuevas tecnologías y formas de explotación agrícola. Se pasa de la prehistoria a la historia en el sur de la Península Ibérica, en esta misma y podríamos decir que también en la propia Europa Occidental.

A lo que sabíamos, los restos arqueológicos de la Rebanadilla aportan antigüedad, pero no sólo eso. La complejidad de los restos más antiguos, de muchas procedencias, nos habla no sólo de un mundo mediterráneo que empieza en su conjunto a interrelacionarse con una fuerza sorprendente, desde Grecia y Siria Palestina hasta el Atlántico, pasando por Cerdeña, sino también de que probablemente hay que ampliar el concepto de los fenicios como protagonistas y colonizadores para integrar en el proceso a otros grupos de su zona de origen, incluso quizás con la participación de habitantes de otras zonas intermedias en el proceso colonizador.

EL panorama gana complejidad y, a la vez, Málaga refuerza su centralidad en el juego: no hay una ciudad como Cádiz, o un espacio como el posterior Castillo de Doña Blanca enfrente de Cádiz, pero sigue teniendo la mayor concentración de colonias fenicias del Mediterráneo occidental, una concentración que ya por sí misma sirve para sepultar la idea de que la colonización fenicia habría tenido un papel substancialmente ligado al comercio de los metales.

EL yacimiento ayuda también a resituar el problema del Cerro del Villar, un poco más abajo, en la desembocadura del mismo río Guadalhorce, que durante añoscerrodelvillas fue objeto de especulaciones sobre si se trataría o no de una primera Málaga que luego se trasladaría al lugar de la actual, alrededor de la Alcazaba-Gibralfaro. Los últimos descubrimientos en la propia ciudad han contribuido mucho a dejar de lado esta idea. No estoy seguro, sin embargo, de que se piense suficientemente bien el problema. Hace también años que se ha defendido con poco éxito que sería bueno pensar en la ciudad de Málaga a la manera de lo que conocemos de otras ciudades fenicias cartaginesas: un ámbito con un punto fortificado central, y diversas poblaciones menores ocupando puntos estratégicos y desarrollando actividades productivas, como la fundición de bronce constatada en la Rebanadilla. En este sentido, se entiende bien que en la bahía del río más importante de la vertiente mediterránea andaluza se desplegaran la Rebanadilla, Cerro del Villar y otros asentamientos similares, manteniéndose, quizás desde muy al principio, el núcleo defensivo de la Malaca de Alcazaba-Gibralfaro y sus zonas aledañas.

¿SE puede entender que el yacimiento de la Rebanadilla, excavado sólo parcialmente, un yacimiento que fascinó a los asistentes del VII Congreso de estudios fenicios y púnicos celebrado en Túnez, sepultado ya, no pueda seguir dando frutos para la comprensión de fenómenos tan ricos? Yace enterrado, por suerte, al parecer, no destruido, en los terrenos del aeropuerto de Málaga.

SERÍA comprensible, quizás, si no fuéramos ya testigos y víctimas de la desbordante incompetencia, desidia y estafa social que han protagonizado y protagonizan todos los días los ayuntamientos de Málaga y Vélez Málaga, la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y, por tanto, sus responsables pasados y presentes y, con ellos, los partidos políticos a los que pertenecen, y que se benefician del control de estas instituciones públicas, muy en particular el PSOE (A). Como apuntábamos en la primera de estas contribuciones, incumplen con las leyes y con su obligación moral de conservar el patrimonio arqueológico, posibilitar su investigación y ponerlo a disposición de los ciudadanos para su uso y disfrute. La palabra “vergüenza” no es nada para definir la situación de los yacimientos fenicios en Málaga, la zona que, como señalábamos, presenta la mayor concentración de yacimientos fenicios del Mediterráneo Occidental y algunos de los más importantes globalmente.

EN medio de las destrucciones de tantos años derivadas de su inutilidad y desvergüenza cabe preguntarse si están en condiciones morales de pedirnos comprensión a quienes defendemos el legado de la historia y el respeto al patrimonio. Quizás nuestro problema no es que no comprendamos, sino que comprendemos demasiado. 

PUEDE ver aquí anteriores colaboraciones de Fernando Wulff:
- 02/02/11 Sabino Arana: racismo, nacionalismo vasco, integrismo católico. Una breve antología y guía de lectura

- 13/01/11 España ¿una historia excepcional?
- 13/10/10 La oscura efectividad de los nacionalismos
- 28/09/10 Sobre mitos nacionalistas: los vascones que no hablaban vasco
- 16/09/10 Berlusconi, Mussolini, otras memorias históricas
- 20/07/10 Otro 1974: el PSOE como precursor y adelantado
- 17/06/10 Torturas de apenas ayer. Mirando a los ojos del pasado
- 28/05/10 De políticos, engaños y patrimonios dilapidados: el caso de los yacimientos fenicios en Málaga