OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga
 

fernando_wulff.jpg09/12/11. Opinión. Dickens, Weber, Ostrogorski, Weil, Castoriadis… a todo lo largo de la cultura occidental hay una constante interrogación sobre los partidos y su papel, expone Fernando Wulff en este artículo para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com en el que...

OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg

09/12/11. Opinión. Dickens, Weber, Ostrogorski, Weil, Castoriadis… a todo lo largo de la cultura occidental hay una constante interrogación sobre los partidos y su papel, expone Fernando Wulff en este artículo para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com en el que queda expuesto su constitución como Sociedades Limitadas para la Explotación de lo Público (SLEP).

Una cata en una vieja tradición europea: de Dickens al 15M

LEO a Dickens, que, como es frecuente en él, no puede decir las cosas con mayor claridad: “Espero haber conseguido que todos los hombres de Inglaterra sientan el mismo desprecio que yo por la Cámara de los Comunes. Nunca haremos nada hasta que este sentimiento sea universal”. Sabía de lo que hablaba: había sido reportero parlamentario. Y estas cosas eran ya claras a mediados del XIX en una de las democracias más avanzadas de Europa. Los problemas que se suscitan alrededor de los políticos y la política en las sociedades que se dicen democráticas, no son sólo tema de novelistas o de periodistas. Uno de los más brillantes científicos sociales de todos los tiempos, Max Weber, tras la I Guerra Mundial, contrastaba la ciencia y la política como oficios o vocaciones y no tenía ningún problema en definir, por ejemplo, los partidos como empresas políticas, empresas de interesados, destinadas necesariamente a ser dominadas por los políticos profesionales, gentes que intentan “conquistar el poder a través del prosaico y “pacífico” reclutamiento del partido en el mercado electoral”. Y analizaba con toda frialdad cómo su apariencia formal de democratización tiene otro lado, el real, bien distinto: el dominio de los profesionales, de la gente que controla su maquinaria, resultaba evidente, como se haría igualmente evidente la recompensa del éxito: la retribución en cargos o privilegios de los que los siguen.

INCLUSO dejando a un lado los cambios que se han producido después respecto a lo que contaba, la descripción de los procesos en juego es de una nitidez indiscutible. No varía la cuestión substancialmente por el hecho de que, por ejemplo, tuvieran un papel más importantedickens entonces que ahora gentes del aparato del partido que no se correspondían con aquellos a los que, en caso de éxito, se les asignaban los cargos y puestos, y que en este momento los grandes aparatchik se reserven los altos cargos y ejerzan directamente  las tareas de reparto de prebendas. Weber, que analiza con precisión las diferencias entre el sistema americano, el inglés o el alemán, habla para el caso inglés de cazadores de cargos, organizaciones aparentemente democráticas, burocratización, concentración del poder, orientaciones carismáticas, dictadores plebiscitarios, miembros del Parlamento que son borregos votantes perfectamente disciplinados… y de su versión al exterior: el poder del discurso demagógico. El mundo político americano era peor y se describe con una crudeza correspondiente. Habla Weber de una elección presidencial que ofrece un rico botín de prebendas y cargos, del papel del “boss”, el empresario político capitalista dedicado a controlar votos, carente de moral y convicciones, o de un partido-empresa destinado a ese reparto y a devolver la inversión de quienes lo financian en forma de beneficios económicos a extraer de las administraciones general y municipal.

NO es Weber un pensador aislado precisamente. En las dos décadas alrededor del cambio entre los siglos XIX y XX un estudioso ruso que influye mucho en él, Moisei Ostrogorski, había iniciado el estudio de la sociología política de los partidos, relacionando su estructura con el control oligárquico, la manipulación del electorado o la corrupción de sus principios y de ellos mismos. Antes, entonces, y, sobre todo, después hay a todo lo largo de la cultura occidental una constante interrogación sobre los partidos y su papel.

A riesgo de aburrir al lector insisto en todo esto porque me parece del todo inquietante que se entienda que el debate que se suscita en el mundo entero al respecto, y del que el movimiento del 15M no ha sido más que una punta de lanza, vendría a suscitar una problemática nueva, inusitada, quizás incluso ingenua. Es un debate de casi dos siglos el que tenemos detrás y el que se actualiza ahora.

REFLEXIONES como las de Weber u Ostrogorski partían de ver estos fenómenos como fruto casi necesario de la extensión de la democracia a grupos y espacios cada vez más amplios: las organizaciones políticas que tendrían que cubrirlos se enfrentarían, así, a los riesgos de una complejidad creciente, y pagarían esos tributos al multiplicarse para ello: a más complejidad, más burocracia, menos democracia interna y menos ideales. Si precisamente cambios como Internet entran de lleno en la raíz de ese problema, al ofrecer una ilimitada capacidad de comunicación y hasta de toma de decisiones colectivas, está claro que el viejo debate se puede renovar literalmente desde la raíz, al ofrecer bases nuevas para posibles alternativas. Los jóvenes, y no tan jóvenes, pretendidamente ingenuos, se sitúan en realidad al frente de una reflexión que no es sólo contemporánea, sino que está en el mismo núcleo fundador del pensamiento occidental democrático. Cuando dicen que los políticos no son la solución, sino el problema, no dicen nada nuevo. Y no hay que sorprenderse de que sea ahora cuando todo esto salte a la palestra. Ocurre que es en los momentos de crisis cuando se hace más visible de quiénes y de qué estamos hablando, porque se produce una particular concentración de efectos de su incompetencia, venalidad, banalidad, inconsciencia o, directamente, maldad, y es entonces el momento en el que más se multiplican las dudas sobre esos extraños organismos y sus peculiares moradores.

CUANDO en plena II Guerra Mundial y poco antes de morir Simone Weil se planteaba como cosa evidente que “el mal de los partidos salta a la vista” y que habría que reflexionar sobre ellos partiendo de la pregunta “¿Hay en ellos una parcela, aunque sea infinitesimal, de bien? ¿No son acaso mal en Estado puro o casi?”, tampoco ella estaba saliéndose de ningún camino trillado, sino al contrario. De hecho estaba respondiendo a tiempos en los que se habían cumplido las peores de las expectativas posibles.

YA entonces Simone Weil enumeraba como características esenciales de los partidos tres: a) Un partido político es una máquina de fabricar pasión colectiva.  b) El partido es una organización construida de tal modo que ejerce una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros, incitando al servilismo y a la falta de libertad de pensamiento. c) La primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite.

Y no lo hace, obviamente, para solicitar una alternativa totalitaria; ella sabía muy bien qué defensa tan leve habían supuesto esos partidos frente al fascismo, que había explorado todas y cada una de sus debilidades para ofrecerse como alternativa. Sobre esa base, la resistente Simone Weil, criticaba la falsedad de lo que ella llamaba la cristalización artificial en partidos de las voluntades colectivas. No hablaba un lenguaje tan lejano al que se escucha en estos días cuando pedía modelos diferentes y cambiantes de organización, círculos de gentes estructurados con toda fluidez o incitaba al pensamiento libre y creativo. Ella sin duda subscribiría el principio de que la representación democrática perfecta es en gran medida un sueño inalcanzable, pero que no por eso hay que aceptar convivir con la mentira y, en particular, con los mentirosos. Ella también entendería como una señal de lucidez colectiva que las encuestas sitúen hoy en día a los políticos en los niveles más bajos de fiabilidad.

OCULTAR todo este debate es, por supuesto, esencial para los partidos políticos y sus dirigentes, dado que en definitiva, nosotros, por decirlo así, somos su nicho ecológico. Recordemos que los partidos empiezan por presentarse como meros representantes de la colectividad de sus votantes, puras y angélicas encarnaciones de su voluntad colectiva, para, en caso de alcanzar el poder, atribuirse lo mismo pero ya en lo referente al común de los ciudadanos, al Estado, las Esencias Patrias y la identidad colectiva en el tiempo, el espacio y el cosmos en general. Para ellos esconder su condición de Sociedades Limitadas para la Explotación de lo Público (SLEP) es del todo básico.

EN cierta forma, no sorprende que hayan conseguido evitar hasta ahora que se generalice esa puesta en cuestión, si también han logrado convencer a tantos de que la soberanía popular se reduce al curiosísimo acto de meter una papeleta en una urna cada cuatro años, siguiendo, además, unas reglas de recuento que ellos han pergeñado. Y una vez realizada ese acto, que no llega ni a interruptus, les queda a las SLEP ni más ni menos que el poder de organizar y repartirse el Estado y el uso y disfrute de los bienes colectivos a voluntad, así como el de dirigir los destinos de la comunidad, ofreciendo, además, al consumidor-consumido menos garantías de su producto final que si se comprara una batidora. Desde esta perspectiva, tampoco sorprende que ellos y sus turiferarios miren para otro lado cuando se les muestra todo esto y, si pueden, disparen a los mensajeros.

UNA última cita de otro pensador que se movía en estos parámetros puede ser útil aquí. A comienzos de los 80 del siglo XX Cornelius Castoriadis hacía ya notar que en las sociedades “de partido burocrático totalitario contemporáneo” la capacidad de ascender en el aparato y, por tanto, en los cargos estatales, no tenía que ver con las capacidadescastoriadis reales de gestionar los asuntos que correspondían a esos cargos, sino con las dinámicas internas de los Partidos Comunistas que las dominaban. Conviene recordar, por cierto, a propósito de esto que corrientes enteras de la izquierda europea hacía notar ya desde antes de la propia revolución soviética que las organizaciones de las que se dotaban los partidos de izquierda acabarían proyectándose en los estados que construyeran, y anticiparon lo que ocurriría después en la Unión Soviética. Y apuntaba también Castoriadis que en las sociedades gobernadas por aparatos burocráticos liberales (o blandos), las democracias occidentales, tendían a llegar al poder nuevos líderes “carismáticos” cuyo carisma sería el talento particular de una especie de actor que representa un papel, con el ejemplo de Reagan como modelo: se trataba de vender un producto en los medios de comunicación, un producto que en realidad escondía las verdaderas dimensiones del juego, del todo alejadas de nada parecido a la soberanía popular. A tal representación tales mediocres y tales pamplinas.

TREINTA años después no son España, ni Andalucía, los únicos lugares donde se ha venido constatando todos los días que las dinámicas de los partidos gobernantes son los auténticos protagonistas de perversas sustituciones de la soberanía popular, que la única habilidad para triunfar en ellos es la de la pelea navajera en su interior, y que tampoco aquí la capacidad de ascender en el aparato y, por tanto, en los cargos estatales, tiene nada que ver con las capacidades reales de gestionar los asuntos que corresponden a esos cargos. Y si la llegada al poder en el partido y en el Estado de líderes que son pura imagen se ha hecho también clara, no lo es menos que la mediocridad y la estupidez se han generalizado entre ellos y fuera de ellos.

TODO esto es cada vez más evidente: las crisis son implacables. Weber, Ostrogorski, Weil, Castoriadis siguen siendo actuales. Todo el mundo sabe quienes son, de qué se trata su juego y a qué botines aspiran, y de ello dan cuenta todos los días los escándalos de corrupción, pero también otros escándalos sólo aparentemente menores, como su capacidad de mantener o generar organismos innecesarios carísimos –las Diputaciones, el Senado…-, o las desvergüenzas con las que justifican sus emolumentos y el pago con dinero público de sus séquitos y muñidores. El Movimiento del 15M no es ingenuo sino lúcido.

EL que los partidos que se dicen de izquierdas no tomen todo esto como guía y bandera dice mucho de ellos también: al fin y al cabo no les costó mucho olvidar que la auténtica política de izquierdas no consiste en hacer mucho por el pueblo, sino en que la gente sienta cada día que lo público, que el mundo, es suyo y que le es posible hacerlo cada vez más suyo y mejorarlo. También en este sentido el balance del PSOE en España bate todos los récords posibles de catástrofe, aunque yo, por supuesto, disiento de quienes les reprochan todo esto considerándolo una traición a la izquierda. No es cierto: también en los estudios de sociología de los partidos que había inaugurado Ostrogorski se hacía un sitio muy relevante a sus orígenes históricos, y nada habla de que el grupo del todo oportunista articulado apresuradamente en los años setenta alrededor del carismático Felipe González, con el aparatchik Alfonso Guerra demostrando su gran capacidad para las depuraciones internas, fuera de izquierdas.

TAMBIÉN una reflexión así, por cierto, ayuda a entender su papel en Andalucía, donde su fusión con lo público a los niveles de un auténtico Partido Revolucionario Institucional mexicano en versión light ha llevado a su función pública a ser, casi, su propia imagen y semejanza. Recordemos que hace treinta años les correspondió  no sólo el poder de repartirse los poderes públicos de Andalucía y el uso y disfrute de los bienes colectivos, sino el de organizarlos desde casi la nada. Su impronta lo desborda todo -la enseñanza no es más que una muestra más- y se nota en lo grande y en lo pequeño. Todos sabemos, por ejemplo, que el mínimo acto de decencia y ahorro de (nuestro) dinero público que hubiera supuesto unir las elecciones andaluzas con las generales no les era ni pensable: había que dejar tiempo por medio, al precio que fuera, para que las actuaciones del PP desde el gobierno central les devolviera alguna posibilidad de conservar sus posesiones andaluzas. Lo cierto es que en las crisis, como decíamos, se hace más evidente lo que antes se barruntaba. Permítaseme repetirlo: lo que se está planteando ahora no es coyuntural: es que la inmensa mayor parte de la gente ha entendido muy bien quienes son. Los que ahora mismo miran con ironía o pretenden ignorar a quienes les señalan con el dedo, quienes ignoran o desprecian los casi dos siglos de debates teóricos y prácticos sobre la democracia y los partidos que dicen representarla, acabarán entendiendo que ya sabemos todos que no son precisamente puras y angélicas encarnaciones de su voluntad colectiva, sino Sociedades Limitadas para la Explotación de lo Público (SLEP), y que todo lo que se refiere a ellos está puesto en cuestión, incluyendo hasta el hecho mismo de que financiemos con dinero público sus empresas y, con ello, a quienes, en definitiva, nos parasitan.

Y es el momento, que ya empezamos a entrever, en el que intentarán absorber todo esto en sus programas y sacarle rentabilidad en el marco de esas confrontaciones y acusaciones mutuas que a los ciudadanos nos son tan útiles. Puede, quizás, que incluso sea una buena oportunidad para que quienes queden entre ellos con cierto sentido de la ética y la democracia aprovechen para dar pasos más allá. 

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