OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg23/01/12. Opinión. La lista de los nombres de las heteras que fascinaron a los grandes personajes de la historia griega es interminable”, recuerda Fernando Wulff en esta colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com. “No sorprende que quien, con razón, suele ser considerado...

OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga
 

fernando_wulff.jpg23/01/12. Opinión. La lista de los nombres de las heteras que fascinaron a los grandes personajes de la historia griega es interminable”, recuerda Fernando Wulff en esta colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com. “No sorprende que quien, con razón, suele ser considerado el padre de la democracia ateniense, Solón, estableciese un sistema organizado de burdeles ya en los comienzos del siglo VI a. C (…) En nombre de la ciudad no cabía ocultar ni prohibir lo que sencillamente estaba, era y seguiría. Nada de esto es extraño en la historia del mundo, muy al contrario. Así, músicos y prostitutas se representan celebrando en tumultuosas comitivas los triunfos reales en los relieves de los templos de Khajuraho en la India y en diversos períodos de la historia china se organizaban complejos sistemas de prostíbulos para cubrir las necesidades de los soldados. En la Málaga del siglo XVI el debate no estaba en si prohibirlas o no, sino si su organización e impuestos debían corresponder a quienes habían conseguido de los Reyes Católicos el privilegio sobre las mancebías del Reino de Granada o si el Ayuntamiento podía sacarle también rentabilidad a la cuestión”.

Ciento treinta y cinco prostitutas

DEBÍA ser cosa digna de verse. Gentes llegadas a Atenas desde toda Grecia para las fiestas de Eleusinas o para las de Poseidón esperaban pacientemente a orillas del mar. Entonces Frine, que era fama que cuidaba muy bien de no ser vista desnuda ni siquiera en los baños, se acercaba a la orilla del mar. Y mientras todos contenían la respiración, ella se quitaba el vestido, se soltaba el cabello y entraba lentamente en él.  El escultor Praxíteles, que la amaba, le pidió una vez que fuera su modelo para la Afrodita de Cnidos y debajo del pedestal de otra de sus estatuas escribió sobre ella y los dardos de su mirada. Quien fuera a Delfos podía ver otra estatua de Praxíteles que la representaba a ella, tal cual, entre estatuas de reyes, de oro, erigida por los habitantes de su ciudad, quizás en agradecimiento a que la ingeniosa y rica Frine les hubiera donado una estatua de Eros que el artista le había regalado y que la había convertido en un lugar digno de ser visitado.

¿DEBERÍAMOS olvidar el nombre de Frine, la hetaira, la prostituta de altos vuelos? Y ella ¿hubiera debido ser entonces prohibida, hostilizada, ilegalizada?

LOS griegos, que han sido modelo en tantas cosas, también han jugado un papel esencial en nuestra cultura como ejemplo de erotismos y eróticas que distaban mucho de dejarse encerrar por las moralinas cristianas y por sus sucesores de todo pelaje. Y no sólo en el amor a los muchachos. La libre Frine no fue una excepción. Como señalaba un escritor de comedias, Filetero, en todas partes había templos consagrados a la Compañera, la Hetaira, a Afrodita Señora de las Cortesanas, también, claro está, en Atenas. Se les dedicaban templos en agradecimiento -el templo a Afrodita Prostituta en Abido, dedicado por los ciudadanos porque ellas les habían ayudado a recuperar la libertad perdida- y las prostitutas mismas los dedicaban -así, las que acompañaron a Pericles en su ataque a Samos, agradecidas a la diosa por los muchos beneficios que habían extraído allí, entre ataque y ataque- o donaban vestiduras de lujo para las imágenes divinas. También estaban muy lejos las divinidades de mirar para otro lado cuando el fruto de tantos placeres se convertía en ofrendas o lugares de culto.

EN Corinto se las invitaba a invocar a la diosa en ocasiones de necesidad, y un hermoso epigrama de Simónides celebró sus ruegos a Afrodita cuando los persas atacaron Grecia y ellas a favor de los griegos y de sus conciudadanos prestos para el combate/ se alzaron para suplicar a Cípride milagrosa. No fue tampoco el único poema en el que se las ensalzaba. Píndaro cantó a uno de los ganadores de las pruebas olímpicas que había prometido donar a la diosa cien heteras: Jóvenes muchachas, ricas en hospitalidad, servidoras de persuasión en la opulenta Corinto/quienes de fresco incienso rubias lágrimas/ quemáis…/A vosotras se otorgó sin reproche, oh niñas, en dulces lechos/de la tierna juventud el fruto recoger.

NADIE les negaba su existencia, sus derechos, su vida, nadie las escondía: estaban allí donde se las podía encontrar fácilmente, incluso dejando en las huellas de sus sandalias invitaciones a seguirlas hasta sus casas.

NO eran jóvenes sólo quienes las seguían, ni ellas eran sólo jóvenes, ni siempre continuaban con su oficio. La lista de los nombres de las heteras que fascinaron a los grandes personajes de la historia griega es interminable. Con Aspasia, inteligente y culta, se casó Pericles, sin importarle las habladurías, Teódote fue quien se ocupó de enterrar a Alcibíades en una lejana aldea de Frigia, Ciro el joven llevaba consigo a la sabia y hermosa hetera llamada la Focense y se nos cuenta que el rey Ptolomeo se casó con Taide, una de las que acompañaban a Alejandro. El siguiente Ptolomeo -lo cuenta Polibio- llenó Alejandría de estatuas de su escanciadora Clinó: ella, una túnica, una copa en forma de cuerno en la mano. De la flautista Lamia sabemos muchas cosas: que otro rey helenístico, Demetrio Poliorcetes, se enamoró de ella y se nos relatan sus respuestas, llenas de desparpajo, como se cuenta su regalo de un pórtico a la ciudad de Sición.

ESTABAN en las ciudades, en las estatuas, en los templos, en los poemas, en las calles y en los caminos. ¿Habría que ilegalizar sus nombres, mirarlas con desprecio con efectos retroactivos, negar que muchas fueron capaces de más libertad que las ignoradas y en gran medida también despreciadas esposas griegas, y que hicieron uso de esa libertad con gran frecuencia para hacer y decir lo que les vino en gana?

ARISTÓFANES de Bizancio escribió una lista de ciento treinta y cinco famosas heteras atenienses, y se quedó corto. Escritores rivales -los griegos siempre tan minuciosos- le corrigieron y aumentaron su número hasta cifras bastante más altas. Hubo hasta textos específicos dedicados al tema.

OTROS recogían sus frases, sus costumbres, sus amoríos, sus  muestras de ingenio. Tenemos historias como la de Macón que se dirigió a Eurípides preguntándole qué quería decir al escribir en una tragedia suya Vete en mala hora, cometedor de acciones vergonzosas, a lo que el poeta respondió si no era ella la que hacía cosas vergonzosas, y a lo que, a su vez, Macón, entre risas, le contestó algo así como ¿y si no les parece vergonzoso a los que las hacen conmigo, por qué a mí? Se cuentan historias de heteras cultas, capaces de hacer callar a un sofista, de escribir -como Gnatena- unas Reglas para compartir la mesa explicando cómo había de comportarse los clientes en su casa, un texto que Calímaco había apreciado mucho.

ASOCIADAS a  poetas, dramaturgos, filósofos, políticos, reyes, nos llegan ellas y con ellas sus palabras, sus gestos, sus desplantes, sus gestos heroicos. Las estatuas las representaban, daban título a comedias o aparecían como sus protagonistas, como aquella Clepsidra, llamada así por el reloj de agua con el que, tan irremisible como el tiempo mismo, medía los minutos concedidos a sus clientes.

NO había miedo de hablar de ellas, ni necesidad de esconderlas, ni de echarlas a esos lados oscuros destinados al vil aprovechamiento de rufianes y servidores públicos corruptos. A quienes inventaron la democracia no debía caberles muy bien en la cabeza que lo que es parte inevitable de la realidad, del mundo de todos los días, fuera negado y, con ello, irremisiblemente condenado.

NO sorprende que quien, con razón, suele ser considerado el padre de la democracia ateniense, Solón, estableciese un sistema organizado de burdeles ya en los comienzos del siglo VI a. C. Hay quien habla de que con ello contribuyó a democratizar el placer. No es necesario hilar tan fino, quizás. Sin duda uno de sus objetivos no era nada ingenuo: los jóvenes que iban allí no intentarían seducir muchachas casaderas ni a mujeres casadas, un argumento casi atemporal esgrimido en múltiples culturas, que el propio Catón el censor en Roma subscribiría siglos después. A lo largo de la historia la  contradicción entre los modelos conservadores y la prostitución no ha sido precisamente grande. Lo claro es que cuando hizo edificar el templo de Afrodita Pandemo con los impuestos pagados por tantas damas dedicadas al cuerpo suyo y al ajeno, dejó claro el mensaje de que el placer podía y debía ser exhibido.

EN nombre de la ciudad no cabía ocultar ni prohibir lo que sencillamente estaba, era y seguiría. Nada de esto es extraño en la historia del mundo, muy al contrario. Así, músicos y prostitutas se representan celebrando en tumultuosas comitivas los triunfos reales en los relieves de los templos de Khajuraho en la India y en diversos períodos de la historia china se organizaban complejos sistemas de prostíbulos para cubrir las necesidades de los soldados. En la Málaga del siglo XVI el debate no estaba en si prohibirlas o no, sino si su organización e impuestos debían corresponder a quienes habían conseguido de los Reyes Católicos el privilegio sobre las mancebías del Reino de Granada o si el Ayuntamiento podía sacarle también rentabilidad a la cuestió.

Y no sólo las geishas representaban formas exquisitas de cultura a la manera de las heteras griegas. Un último poema para recordarlo. Desde Chang-an, la capital de los Tang, y más exactamente desde el barrio alegre de Pei-li, la famosa cortesana Chao Luan-luan escribía: Las nubes de mis mechones aún no se secan/las brillantes trenzas laterales son negras/ Coloco a un lado una horquilla dorada/al terminar de peinarme/ me vuelvo sonriendo a mi amado.

¿SERÁ necesario también eliminar de las antologías de poesía china a ésta y otras mujeres?

HAY quienes persiguen a sus contemporáneas y les niegan todo, incluyendo los derechos sindicales más básicos. Se les ve, y sobre todo se las ve, ascender en las insondables e  infinitas posibilidades del ridículo pretendiendo que lo hacen en nombre de los derechos de aquéllas a quienes, en síntesis, marginan y prácticamente condenan, y hasta en nombre de las mujeres mismas y sus derechos. Quizás tengan que ser necesariamente contradictorios tiempos como los nuestros que representan ni más ni menos que los mayores cambios de la historia del mundo en ese aspecto tan particular de los derechos humanos que es el derecho de las mujeres a la igualdad. Pero no deja de dar grima la confluencia de lo peor del pensamiento conservador y de las moralinas de ciertas supuestas representantes. Quizás deberían mirar atrás y proponerse con idéntica seriedad negar en el pasado sus nombres, prohibirlas y hostilizarlas allí, obviar su existencia, sus derechos, su vida, sus reivindicaciones de independencia, su libertad, sus talentos, sus estatuas, sus templos, sus versos, sus decires. Son capaces. Más exactamente, son capaces de intentarlo.

PERO quién puede con la risa de Frine, de Aspasia, de Teódote, de la Focense, de Taide,  de Clinó, de Gnatena, de Matón, de Clepsidra, de Chao Luan-luan.

MUCHAS más de nuestras imaginadas ciento treinta y cinco prostitutas se reirían de ellos, y en particular de ellas, a mandíbula batiente desde todos los tiempos del pasado y desde todas las geografías. Y también muchas más de nuestras ciento treinta y cinco prostitutas acompañarían y consolarían a sus víctimas entre bien distintas risas y sonrisas.

NOTA: Buena parte de las referencias griegas se encuentran en el libro XIII, Sobre las Mujeres, de La Cena de los Eruditos de Ateneo, que está traducido, y bien, por Jorge L. Sanchís Llopis en la ed. Akal, Madrid, 1994.

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