OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

fernando_wulff.jpg25/05/12. Opinión. Reflexiones del colaborador de EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com Fernando Wulff, camino del juzgado: “Es curioso, además, que se hayan olvidado los argumentos que llevaron a las prohibiciones de drogas como la marihuana en los años treinta, con personajes como el muy influyente y muy ambicioso Harry J. Anslinger, que tanto tiene que ver con ello y que no hablaba en nombre de la salud, por ejemplo, sino que escribía

cosas como esta: ‘Hay un total de 100.000 fumadores de marihuana en los USA y la mayor parte son negros, mexicanos, hispanos, filipinos y cómicos. Su música satánica, jazz y swing, surgen del uso de la marihuana. Esta marihuana hace que las mujeres blancas busquen tener relaciones sexuales con negros, cómicos y gentes así’”.

Mi vida como drogadicto 

¿ES consecuencia del ridículo sistema político que se nos quiere hacer pasar por democracia, de la mentira permanente a la que nos someten las empresas del ramo, esos “partidos políticos” a los que yo prefiero llamar SLEP (“Sociedades Limitadas para la Explotación de lo Público”)? ¿O es una cruel ridiculez que funciona por su cuenta, o más exactamente por su cuenta y nuestro riesgo?

IMAGINEMOS, sin ningún esfuerzo, a un productor masivo de droga que saca al mercado anualmente, digamos, 600.000 dosis. E imaginemos a alguien que produce para su consumo, digamos, 100 dosis.

¿QUÉ pasaría si al primero se le considera un ciudadano virtuoso y digno de encomio, al que incluso se premia con medallas, reconocimientos, declaraciones de hijo predilecto y al segundo se le multara o llevara a la cárcel?

LO curioso del caso es que esto pasa, sólo que la droga del benemérito homenajeado es alcohol y la del sospechosísimo cultivador privado es marihuana. ¿Es lo bastante estúpido? Hay una especie de record mundial de la estupidez en este tema, con records menores por campos específicos.

UNO de mis preferidos: a mediados del siglo XIX Gran Bretaña emprende campañas militares para obligar a China a abrir sus mercados al opio, en una empresa que se convierte prácticamente en pan-europea.

opio

UNA persona que hubiera participado en esas guerras podía asistir, supongo que con sorpresa, a cómo el descarado despliegue imperialista de los USA en las primeras décadas del siglo XX se acompañaba de prohibiciones del opio y otras drogas que se proyectaban sobre otros países, con lo que productos que debían de ser de tanto uso común como para imponerlos por la fuerza pasaban a ser objeto de condena. Conviene recordar, por cierto, que nuestros antepasados, los que vivieron antes de las primeras décadas del siglo XX, tuvieron un acceso prácticamente ilimitado a todo tipo de drogas y que se las arreglaron para no caer en el vicio, la decadencia, la extinción de la especie o los coros rocieros, por hablar de límites extremos de la degradación humana.

LOS hijos de nuestro testigo podían pensar o no que era absurdo, pero sin duda pensarían que era consecuente prohibir también el alcohol, la droga a cuya prohibición los demás no quisieron sumarse. Claro que, a lo mejor, ni se preguntaban por qué no se había prohibido el tabaco, una producción tan básica en la economía de los USA. Lo que sin duda habrían visto es cómo la del alcohol había llevado al poder de la mafia, al crimen, a la violencia, a la corrupción, a las cegueras y muertes provocadas por las remesas de alcohol adulterado, cómo contribuía a alimentar otros sectores del crimen y que la lucha contra el alcohol era, sencillamente, una batalla perdida. Y se podían haber preguntado cuando se levantó la prohibición por qué, si era evidente todo esto, se había limitado al alcohol y no se había incluido a todas las demás drogas. 

LA historia de uno de los grandes beneficiados de estos asuntos, el gangster Lucky Luciano, ilustra todo esto muy bien: se enriquece y aumenta su poder conforme avanzan las redes mafiosas durante la prohibición -si bien sus beneficios van cayendo, por la necesidad creciente de aumentar las redes de sobornos entre policías, jueces y políticos- cuando se acaba con ella en 1933 puede seguir con su papel dirigente en el mundo de la mafia y seguir explotando, entre otras cosas, las redes de prostitución por las que se le condena en 1936. Y cuando se le libera en 1946, premiándole por su papel en la ayuda de la Mafia a los aliados en Italia y Sicilia durante la II Guerra Mundial, puede seguir desde su exilio italiano, o, más temporalmente desde Cuba, con todo ello y con la organización sistemática de muy lucrativas redes de tráfico de heroína. Por cierto, ¿Influyó en que no se fuera ahora del todo consecuente, el que la descolonización tras la II Guerra Mundial dejara las zonas productoras de las drogas prohibidas fuera de los espacios dominados por las potencias europeas? No hablo sólo de dinero, me pregunto, por ejemplo, si lo que implican tales cultivos en términos de violencia y muertes bajo la prohibición hubiera sido tolerable en Europa o los USA.

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ES curioso, además, que se hayan olvidado los argumentos que llevaron a las prohibiciones de drogas como la marihuana en los años treinta, con personajes como el muy influyente y muy ambicioso Harry J. Anslinger, que tanto tiene que ver con ello y que no hablaba en nombre de la salud, por ejemplo, sino que escribía cosas como esta: “Hay un total de 100.000 fumadores de marihuana en los USA y la mayor parte son negros, mexicanos, hispanos, filipinos y cómicos. Su música satánica, jazz y swing, surgen del uso de la marihuana. Esta marihuana hace que las mujeres blancas busquen tener relaciones sexuales con negros, cómicos y gentes así”.

Y no es menos curioso que se prohibiera a la vez el cáñamo, que es igual que la marihuana pero sin el principio psicoactivo (THC), lo que todo apunta que tuvo que ver con lo rentable del cáñamo como sustituto de otros cultivos, árboles incluidos, para producir pasta de papel. Pensaba en ésta y otras muchas contradicciones e insensateces, que incluyen, además y sobre todo, tanto dolor, mientras me dirijo a un Juzgado, debo confesar que un tanto incómodo, aunque no preocupado. Los Juzgados son uno de los sitios donde la ignorancia resulta más peligrosa. Y pensaba en la ignorancia y en lo que no lo es. Me resulta curioso, por poner otro ejemplo, la sistemática falsificación de los datos sobre incautaciones de marihuana por las fuerzas policiales, en los que se cuenta la planta entera -si no el cepellón- para poderse apuntar más kilos en la cuenta de los éxitos, cuando es evidente que sólo debería contarse la flor de las hembras, que es donde se concentra el THC.

RESULTA que se acusa a mi amiga Fernanda de la Figuera, una histórica defensora de la legalización de la marihuana, porque en su casa una asociación, similar a las que hay en otras partes del país -en el País Vasco alguna hasta paga el IVA- cultivaba plantas de marihuana. ¿A cuántas plantas tocamos por cabeza antes de que rueden nuestras cabezas? Sigo con las asociaciones: de cabezas a testas coronadas. Al otro lado del Estrecho se producen millones de kilos de marihuana, y de ello tiene evidente noticia cualquiera que vaya por allí y, por supuesto, ese rey bienquisto por Occidente, la gran esperanza más o menos blanca de las democratizaciones sin prisa, sin pausa y sin final conocido.

DE esa marihuana, de la que no escapa ni un gramo a la vista, y más que a la vista, de la policía del régimen, se produce el bien conocido chocolate marroquí que se distribuye desde España a toda Europa. Los análisis de sus verdaderos contenidos son aterradores: neumáticos, excrementos de burro… e incluso, aunque cada vez menos, marihuana. ¿Cuánto vale, en dinero, en corrupción, en irracionalidad, en ataques a principios tan fundamentales como aquél que defiende que nadie tiene derecho a prohibirme nada que se produzca más acá de la frontera que es mi piel, defendernos de tal amigo y esconder qué clase de amigo es?

EN más de 30 años asistiendo a estas ceremonias de la confusión poco ha variado. Hay tres buenas señales recientes, sin embargo.  El que cada vez más presidentes latino-americanos aboguen por la liberalización de las drogas es la primera.  La segunda es menos evidente, quizás, pero no es menos importante: estamos en tiempos en los que, afortunadamente, se habla mucho de dinero. En este tema los gastos de la represión, los desgastes de una guerra perdida y la inexistencia de impuestos que graven un negocio tan suculento pueden hacer mucho más que los argumentos, la muerte o la presencia de tanto dolor y de tanta violencia innecesarios. La tercera tiene un alcance menor, pero que a mí personalmente me importa mucho. Es lo que tenemos los drogadictos: nos da mucho por ponernos subjetivos.

EN
el Juzgado donde voy todo apunta a que saben lo que hacen y que, por tanto, saben también que ante una legalidad pacata y confusa sólo queda el camino de la razón y la verdadera justicia.

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