OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

05/02/13. Opinión. “Veo difícil que quienes piensan como yo tengan principios comunes con quienes ven pasar todo esto durante más de treinta y cinco años y crean -o finjan creer-  que nada de lo ocurrido, ni de lo actuado, tenga que ver con ellos. Y es que, si no, es imposible entender, por ejemplo y entre otras cosas, que dejen para la derecha lo que debería ser por definición de izquierdas: liquidar lo inútil del sistema político -diputaciones, Senado, instituciones innecesarias- renunciar a la financiación de partidos y sindicatos en los mismos términos que los que llevan a negar la financiación de la Iglesia Católica, suprimir liberados y cargos de confianza, eliminar la profesionalización de políticos, sindicalistas y demás representantes y los mecanismos y promociones que la posibilitan, y acabar con todo lo innecesario, redundante, frívolo de un Estado y de una función pública que, por supuesto, hay que mantener y potenciar, pero exclusivamente en tanto que función pública y Estado, no como nicho ecológico de terceros, terceras y tercerías”. Nueva colaboración de Fernando Wulff con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com.

Cosas que nunca le dije a Saborido: sobre organizaciones, corrupciones y las cosas de la izquierda

VOLVÍ
a escuchar a Eduardo Saborido el año pasado. Se presentaba en el Hospital Real de Granada, en un acto multitudinario, un libro necesario, un excelente trabajo sobre la oposición al franquismo entre los estudiantes de la Universidad de Granada y sobre su brutal represión, editado por la Fundación de Estudios Sindicales de Comisiones Obreras. Él recordó entonces cómo unos treinta y seis años antes en ese mismo sitio se había dirigido a una asamblea, su emoción al ver a aquellos centenares de estudiantes que le escuchaban, a él, recién salido de la cárcel, ya con cuarenta y tantos años, un viejo luchador, con muchas detenciones, palizas  y cárcel a sus espaldas.

LE escuché y entendí bien lo que contaba, las simpatías que en aquella asamblea había suscitado entre los que le escuchábamos, las esperanzas que, a pesar de todo, él tenía, que todos teníamos, y la incertidumbre, sobre todo la incertidumbre.

PERO también tuve la impresión de que toda la historia que tenía que contar empezaba en esas emociones (y peligros) del antifranquismo y culminaba en la necesidad de que los que le escuchábamos -una parte protagonistas reales, otra imaginarios, de aquellos hechos- entendiéramos que era tiempo de que el espíritu de aquel antifranquismo viniera poco menos que a epifanizarse otra vez en la necesaria lucha contra el peligro del desmonte de la universidad y de la función pública protagonizado por el gobierno del PP.

NO me sorprendió que quien podía olvidarse tranquilamente de analizar o de poner en duda algo de lo hecho durante más de tres décadas con el espíritu -y sobre todo con la materia, la humana materia- del antifranquismo, se olvidase también de algo ocurrido en aquella lejana asamblea que yo recordaba muy bien.

UN estudiante de los que asistían al acto, creo recordar que tranquilamente y, sin duda alguna, muy a contracorriente, señaló que no cabía ni discutir la necesidad de la democracia que se exigía como alternativa al franquismo, pero que no cabía suponer que ésta sin más fuera la solución de los problemas, que un tema esencial que se jugaría en el futuro era qué papel querían tener los partidos y sindicatos a construir en ella y que para eso había que plantearse cómo organizarlos para evitar que se convirtieran en instrumentos del sistema, o de otros o en fines en sí mismos. Se trataba, insistió un par de veces, de que ser de izquierdas no significaba hacer cosas para la gente, sino de que todo lo que se hiciera tuviera como objetivo que la gente pensara e hiciera suya la sociedad, no que los representantes les hicieran creer que la sociedad era suya. Se trataba, decía, de riesgos evidentes y de cómo evitarlos.

ERA toda una andanada desde la otra izquierda, la que ponía en duda lo socialista de los llamados países socialistas y la pretensión de neutralidad de los modelos organizativos de los partidos y sindicatos, proponía la permanente puesta en cuestión del papel de sus representantes y reivindicaba otras formas organizativas en ellos, y sobre todo en el común de la gente, que estuvieran en clara consonancia con la nueva sociedad que se pretendía construir.

NO recordó Saborido nada de esto, claro está, ni su respuesta algo desabrida entonces. Yo, en cambio, recordé también escuchándole, treinta y tantos años después, un texto que Ernest Mandel dirigió a Carrillo, una respuesta a una muy superficial autocrítica del interpelado, que tenía un título aún mejor que su contenido: entre la mala conciencia y la mala memoria. Me pregunto si a la mala conciencia y la mala memoria que señalaba Mandel y que se refería entre otras cosas al silencio de cierta izquierda ante los crímenes del estalinismo y hasta a su complicidad, no se añade ahora una mala memoria que permite que, por ejemplo, los Sindicatos que se dicen de clase crean haber pasado por estas últimas décadas, culminadas en tanta catástrofe, virginalmente, cual rayo de luz que atraviesa un cristal sin empañarlo, pudiendo ahora tocar a rebato: no hay nada de que arrepentirse, nada en lo que se participó, nada que se corrompió y en eso llega la heroica lucha contra la demolición de la función pública por el pérfido gobierno del PP.

SIEMPRE he pensado que nadie como los luchadores antifranquistas del PCE y de CCOO para demostrar que una cosa es ser un luchador, un héroe si se quiere, y otra es comprender verdaderamente lo que pasa alrededor. Los héroes encogen mucho en tiempos de paz. Aunque es cierto también que otros engordan, aunque no necesariamente sean los que más engordan.

A juzgar, por ejemplo, por la propia biografía de Saborido y de otros como él, no hubo que forzar a sus sindicalistas a participar en parlamentos, ayuntamientos o diputaciones y partidos donde hubiera podido suponerse que se hubieran podido enfrentar a profesionalizaciones, corrupciones y comisiones. Tampoco en consejos de Cajas de Ahorros y entidades semejantes donde se podía haber escuchado su voz para advertir de peligros, falsas conciencias, engaños de todo tipo y, de nuevo, comisiones. E igualmente no parece que hubiera que forzar la naturaleza de los miles y miles de liberados sindicales, una parte de los cuales han hecho curiosas carreras dentro y fuera de su sindicato y de las empresas e instituciones en las que estaban, o de los que, liberados o no, han aprovechado su poder en las instituciones para generar estructuras absurdas y puestos privilegiados innecesarios que, en no pocas ocasiones, se han reservado, y para las que han montado oposiciones escandalosas.

QUIZÁS no vieron que la catástrofe del llamado Socialismo Real tenía que ver directamente con el papel de unos supuestos representantes que se convierten en pura estructura de poder, pero a lo bestia, y que esto no es tan distinto de lo que partidos y sindicatos han pergeñado construyendo organizaciones que se autoalimentan, y que atraen y promocionan, por principio aunque en absoluto siempre, a lo peorcito de cada casa. Desde ellas no han puesto precisamente en duda el sistema en el que se desarrollaron, el que en plena catástrofe devora con el paro y la especulación financiera más salvaje, y ha provocado una crisis total de confianza en las instituciones y en la propia democracia. Son quienes deben preguntarse si han participado en la degradación de la democracia que soñábamos y si han señalado aunque fuera con el dedo la barbarie económica que ya no nos rodea, ni nos espera: nos anega.

CLARO que podría poner esto en forma de seis modestas preguntas: ¿Cómo actuaron en su Sindicato para evitar que se convirtiera en un representante de intereses ajenos (o muy propios) y no de los de sus representados? ¿Qué medidas concretas tomaron para evitar la constitución en su seno  de profesionales de la representación, mafias internas desvinculadas de los intereses de sus más o menos supuestos representados, que con frecuencia han arrinconado a tantas personas de verdad honestas y luchadoras? ¿De qué forma impidieron que su sindicato fuera un puente de promoción para éstos en los partidos, los parlamentos, los ayuntamientos, las diputaciones? ¿Cuántas veces han puesto en cuestión privilegios, castas, financiaciones? ¿Cuándo y cuántas veces pusieron en duda en sus puestos en los Consejos de Administración de las Cajas de Ahorros corrupciones y ladrillos, políticas de préstamos abusivas y tantas otras cosas? ¿Cuándo y cómo denunciaron la corrupción del sistema político y los peligros de los “modelos de desarrollo” ladrilleros, consumistas, potenciadores del endeudamiento y de un consumo insensato, y se negaron a participar en las instituciones que los potenciaban?

TODO eso no se lo dije a Saborido treinta y cinco años después. Es cierto que tampoco tuve la oportunidad. Ni siquiera estoy seguro de que fuera oportuno. Además estoy en una fase de mi vida en la que más que endilgar discursos, lo que me gusta es endilgar latinajos. Dentro de mi campaña personal para ajustarlos a lo que cuento y no sumir a mis lectores u oyentes en la perplejidad, dejaré el que más me gusta ahora (pons asinorum), porque creo que el que viene bien aquí es nulla discussio sine principio que tiene el raro mérito de significar, al menos para mí, dos cosas: que no hay discusión sin comienzo y que no hay discusión sin bases comunes.

Y yo no creo que de verdad Saborido y buena parte de los dirigentes sindicales y políticos que le han acompañado en estos años hayan creído de verdad que ser de izquierdas significaba que todo lo que se hiciera debía tener como objetivo que la gente pensara e hiciera suya la sociedad, y tampoco creo que fueran  conscientes de que esto empieza con la exigencia total de que la función pública, el estado, la democracia sean transparentes y no estén en manos de intermediarios-mafias de ningún tipo, incluyendo las sindicales. Y no digamos ya que se plantearan la falsedad total del principio de la prístina inocencia de las organizaciones, sindicatos, partidos o lo que se quiera.

LO triste es que haya sido así y que haya tan mala memoria, porque no hay cambio posible de todo esto y de ellos mismos sin buena memoria y sin un cierto grado, intenso pero no paralizante, de mala conciencia. Y es también triste que vuelvan a desaprovechar la humana materia que tienen de manera inmediata a su disposición -ahora sí: de lo mejorcito de cada casa-, bien representada por quienes fueron capaces de trabajar calladamente durante años para editar libros como el que se presentaba. Otros no cuentan en absoluto ni con conciencia, mala o buena, ni con historial de lucha antifranquista, ni con otra memoria que la de sus estafas sociales y no sociales, y no digamos ya con gentes así de magníficas.

EN todo caso, veo difícil que quienes piensan como yo tengan principios comunes con quienes ven pasar todo esto durante más de treinta y cinco años y crean -o finjan creer-  que nada de lo ocurrido, ni de lo actuado, tenga que ver con ellos.

Y es que, si no, es imposible entender, por ejemplo y entre otras cosas, que dejen para la derecha lo que debería ser por definición de izquierdas: liquidar lo inútil del sistema político -diputaciones, Senado, instituciones innecesarias- renunciar a la financiación de partidos y sindicatos en los mismos términos que los que llevan a negar la financiación de la Iglesia Católica, suprimir liberados y cargos de confianza, eliminar la profesionalización de políticos, sindicalistas y demás representantes y los mecanismos y promociones que la posibilitan, y acabar con todo lo innecesario, redundante, frívolo de un Estado y de una función pública que, por supuesto, hay que mantener y potenciar, pero exclusivamente en tanto que función pública y Estado, no como nicho ecológico de terceros, terceras y tercerías.

TODO esto, ya lo he dicho, no se lo dije a Saborido. Es cierto también que no creo que hubiera servido para nada salvo, quizás, para recordarlo dentro de treinta y cinco años otra vez, lo que, la verdad, ya se me hace algo largo y un poco improbable, por mucho que la genética de mi familia parezca apoyarlo -esto último, lo reconozco, ya es pura propaganda, pero nadie negará el principio indiscutible de que el narcisismo bien entendido empieza por uno mismo-. Además, ya le dijo, sin que sirviera de nada, algo parecido hace treinta y pico años en una asamblea en el Hospital Real de Granada un estudiante que, por cierto, creo recordar que era yo o, más bien quizás, aquél que habitaba mi cuerpo en aquel tiempo, aquél al que entonces le hubiera gustado tanto no tener razón en lo que se avecinaba en el futuro, como a mí no tener que escribir ahora estas líneas sobre un pasado que está tan dolorosamente presente, parado a parado, corrupto a corrupto. .

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