OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga

24/10/13. Opinión. El catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga disecciona en esta columna para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un texto de finales del siglo XIX escrito por Enric Prat de la Riba, uno de los padres del catalanismo. “Sin duda es fácil ver lo que es inmediatamente ridículo, y más cuando ya en su tiempo hacía reír a muchos”, comenta.

Cuando los catalanes se enfrentaban a los faraones egipcios y otras notas tristes

LO que sigue fue escrito en 1898.

LA tierra catalana, esto es, la tierra en la que se habla la lengua catalana, ha sido conocida con diversos nombres en las diferentes edades de su historia.

EN el año 1500 antes de la llegada de Jesucristo, los egipcios, que por entonces eran la nación más civilizada y más poderosa, la nombraban Sardanya.

MIL años después, esto es, en el siglo XV (sic) antes de Jesucristo, los griegos, por entonces en el mayor auge de su civilización, le darán el nombre de Iberia, distinguiendo claramente nuestra patria de las naciones vecinas, Tartessia (Andalucía), y Liguria (La Provenza y Génova).

SARDANOS, íberos o catalanes somos la misma gente con nombres diversos: han cambiado las ropas y las costumbres, el estado social y el grado de cultura, el nombre y la lengua de los dominadores, pero la raza ha seguido siempre la misma; y hoy, lindando el siglo XX, vive con el mismo espíritu, el mismo temperamento, las mismas inclinaciones que tres mil quinientos años atrás, cuando Egipto era el centro de la civilización del mundo y crecían a la sombra de las pirámides los hijos de Jacob, y aún había de nacer Moisés para conducir al pueblo de Israel a la tierra de promisión.

LOS sardos (o sardanos) adoraban a un dios creador, que pensaban que era el Sol, y a una diosa, mujer del Sol, que era la Luna; y representaban a aquellas divinidades en la forma de grandes piedras alargadas (menhires) alrededor de las cuales cantaban himnos sagrados mientras bailaban danzas religiosas como el contrapás, la sardana y el baile del cirio. Habían llegado en aquella época al punto más alto de su poder. Su marina era señora del mar hasta el punto de que muchos siglos después aún se conocía al mar Mediterráneo, contiguo a su imperio, con el significativo nombre de mar Sardo. Una expedición salida de la región de los sicanos, en las orillas del rio Sican, había conquistado la isla de Sicilia, que recibe por esto el nombre de Sicania; la isla de Cerdeña pertenecía también a su imperio gracias a Nórax, valiente caudillo de nuestra tierra que la colonizó llevando la civilización sarda; y, no teniendo bastante aún, juntando sus naves con las de los tartesios, tirrenos, Dánaos y Pelestes, acometerán la magna empresa de invadir Egipto.

ESTE hecho marca el límite de su crecimiento. Sostuvieron cuatro grandes guerras con Egipto, pero el imperio del Nilo se mantiene firme, y en tiempos de Ramsés III reuniendo todas sus fuerzas y las de los fenicios, aliados suyos, aplasta por completo el poder marítimo de nuestra tierra.

DESPUÉS de esta gran derrota las naves de los fenicios avanzaron victoriosas hacia el imperio sardo.

¿CUÁNTOS catalanes (y no catalanes) saben que este texto es parte de los escritos del padre de la nación catalana, Enric Prat de la Riba y de uno de los textos fundadores del nacionalismo catalán, su Compendi de la historia de Catalunya?  Es un libro de 1898, premiado en los juegos florales del mismo año con sus buenas quinientas pesetas ofrecidas por el Ateneo de Barcelona al mejor compendio de historia de Cataluña destinado a la enseñanza primaria.

IGNORO, pero no me extrañaría, si esta insigne institución, y todas las instituciones no menos representativas de tan altas y de mayores virtudes que intervinieron en premiar la obra, se vieron incitados por tal exaltación de los catalanes imperiales, dominadores de las islas del Mediterráneo, capaces de atacar el propio Egipto y de hacer temblar a Ramsés III, hasta el punto de dotar una beca para un fino estudio iconográfico destinado a encontrar barretinas entre los Pueblos del Mar representados en Medinet Habu.

SIN duda es fácil ver lo que es inmediatamente ridículo, y más cuando ya en su tiempo hacía reír a muchos. Menos fácil es ver el sentido de todo esto, qué partes de un discurso que se encabeza (o se desencabeza) con tal comienzo, permanecen.

TODOS los estudiosos serios del nacionalismo, de Hobsbawm en adelante, han constatado cuatro componentes tocantes a la historia y que son básicos en los modelos nacionalistas.

EL primero es que el nacionalismo exige por definición la historia, como corresponde a quienes descubren una esencia en el pasado que pasa a través del tiempo cual rayo atravesando un cristal y no por ello dejando mácula en su pureza. Da igual que el comienzo sea con los maravillosos sardanos, que lo mismo bailaban, cantando himnos sagrados alrededor de los menhires, danzas religiosas como el contrapás, la sardana y el baile del cirio, que se iban a invadir Egipto y a ponerle las peras al cuarto a Ramsés III, o con Viriato y Numancia demostrándole a los romanos cómo luchamos los españoles. O que, más prudentemente, se opte por una Edad Media llena de no menores perfecciones comerciales, lingüísticas y hasta imperiales. La esencia, la identidad, el nacimiento, la raíz, se continúa en el tiempo hasta el presente y la historia es su sagrada escritura.

EL segundo está implícito en lo anterior: tal exaltación de la historia va ligada necesariamente a su sistemática falsificación. De las construcciones históricas de Prat cayó Ramsés, pero no cayó, por ejemplo, la falsedad de la llamada Corona catalano-aragonesa, una institución que nunca existió y cuya mera enunciación sitúa cualquier discurso (y esto implica buena parte de lo que se sigue enseñando a los niños y no niños en Cataluña) en la falsedad, una falsedad que no sólo ofende a la verdad histórica, sino a otros lugares que se identifican con la Corona de Aragón, y de cuya historia se pretende sencillamente apropiarse.

NO cayó en saco roto lo que decía Prat en el mismo texto cuando identificaba a sardanos, iberos y catalanes con los actuales catalanes, mallorquines, valencianos y roselloneses y estos territorios con los dominios de los grandes reyes de la casa de Barcelona. El doble juego no era nada sutil e incluía ni más ni menos que prácticamente eliminar aAragón de la Corona de Aragón, y hacer de los Condes de Barcelona los Reyes de las zonas de “lengua catalana”. Una potencia industrial (dentro del ámbito español) como la Cataluña de finales del XIX habría de tener una historia gloriosa, y esta necesidad quedaba cubierta sin salir de la Edad Media, apropiándose de la corona de Aragón en lo político-militar, y de todo lo producido en catalán fuera de Cataluña en lo cultural.

EL tercero, muy relacionado con la anterior, es que para contar esta historia y otras historias es necesario introducir otra falsedad, más de raíz, y es la propia pretensión de que el nacionalismo es un descubrimiento de una verdad existente en el tiempo y exactamente en los términos y con las implicaciones que pretenden sus supuestos descubridores. Lo que reclaman no es la diferencia o la identidad, que se da por hecha, sino la exclusividad, un mundo, por citar a Prat otra vez, en el que el hombre es como el pólipo en el coral, pura manifestación de una esencia colectiva que lo enmarca, define y delimita a través de la lengua y de las costumbres. La historia empieza allí y culmina en su renovación, redescubrimiento, re-nacimiento en el presente.

SI se es, se es una sola cosa de forma natural, orgánica, y lo demás (los Estados como el español) son inventos. Y si se es, se muestra y se demuestra. Se entiende que ningún siglo en la historia del mundo haya forzado más lenguas, costumbres, monumentos y hasta ropas para reinventar identidades en base a folklores, tradiciones, cánones nacionales y gramáticas, destinados a ajustar las cosas a lo exigido por el guión.

COMO, en el fondo, la historia no determina nada, sino que es la propia esencia en el tiempo la que es la clave de todo, una vez definida la esencia por el correspondiente apóstol –el nombre que recibe, por cierto, Sabino Arana de sus seguidores y, de hecho, el Aberri Eguna no es más que el día en el que este siniestro ideólogo del racismo ultra-católico vio esa luz- sólo cabe seguirla y afirmarla. Afirmarla, por supuesto, es escribirla, inventarla y hacerla vivir (o hacer como que se vive).

LLAMA la atención, por cierto, con qué extrañeza viven buena parte de los mejores intelectuales europeos del siglo XIX el nacimiento y expansión de los nacionalismos y con qué desparpajo se enfrentan los respectivos apóstoles a sus contemporáneos para convencerles en el presente y en el tiempo de la verdad de su esencia nacional única, incompatible, orgánica. En el caso de Prat había que acabar con otros catalanes conservadores y no conservadores que no estaban de acuerdo con sus imágenes exclusivistas; pienso, por ejemplo, en el muy liberal Valentí Almirall, que se distanciaba de esa generación de catalanistas que a fuerza de exageraciones patrioteras ha llegado a descubrir que… ha de declarar bárbaros a los no catalanes, y aún a los que no piensan, hablan ni rezan como ellos, aunque hayan nacido en Cataluña…  Pero, sobre todo, había que acabar, que silenciar en el pasado, a todos aquéllos que no habían visto aún la luz porque habían muerto antes: había que matar a Prim, a Masdeu (uno de los mejores historiadores del XVIII español), a los guerrilleros anti-napoleónicos… y quizás acabar, por qué no, con la verdadera dimensión de las habaneras en nombre del ball del ciri alrededor de los menhires, e inventar una historia de ocultamientos y afloramientos de la esencia patria con un enemigo que explique la falta de gloria, de brillo permanente, en los tiempos oscuros, de los sardanos, o de la Corona Auténticamente Catalana en adelante.

EL cuarto, claro, es el procedimiento para inventar ese enemigo por naturaleza malvado e imperfecto, esa España reducida a su interpretación de la esencia castellana, a la que en los 100.000 ejemplares de su Compendi de la doctrina catalanista de 1894 define en los términos más nefastos en todos los campos frente a la esencia utilitaria mercantil, abierta, a la vez liberal y tradicionalista, llena de perfecciones, de los catalanes, que sólo el enemigo externo habría impedido florecer. Se trata de puras esencias en las que se manifestaría una lengua catalana cargada de virtudes, auténtica expresión del práctico y emprendedor espíritu nacional, frente a la vaguedad, ampulosidad e inexactitud de la lengua castellana, manifestación de una inferioridad literalmente esencial, de un mundo banal, irreal y fantasioso. Por cierto, que en el Compendi apuntaba a otro de los grandes peligros que acechaban a la nacionalidad catalana, al flamenquismo.

NO soy más que uno más de los que señalan que las historias nacionales no son sólo falsas, que inventan esencias en el tiempo que esconden los contactos y las conexiones, e incluso la propia construcción histórica de las identidades colectivas, y que viven en particular de las diferencias y de los conflictos. Es la historia paranoica de una personalidad que existe y se afirma a partir de los otros, algo que alimenta la sorda hostilidad entre los países al definir la mentira del aislamiento y de la afirmación de uno a partir de la negación del otro. Permite, además, en ciertos casos, ubicar adicionalmente al emigrante como un potencial enemigo cuya buena voluntad se manifestaría en aceptar las culpas de su nacionalidad de origen, y dejarse absorber lo más pronto posible por la esencia receptora.

ES la intrínseca maldad de estos modelos, unida a la exaltación de lo que alguien llamaba el amor propio de masas, lo que permite su triunfo, la exploración de lo peor de las emociones ligadas a lo colectivo, esas emociones que el siglo XX ha mostrado en toda su crudeza. Conviene recordar que los dos grandes proyectos nacionales europeos culminados en el s. XIX acabaron en el fascismo y en la II Guerra Mundial en el XX. El sueño de la unidad puede producir horribles monstruos.

PIENSO en las masas nacionales y pienso en los que las construyen, políticos e intelectuales y en lo fácil que ha sido del XIX en adelante el tránsito de  los intelectuales de servicio a los intelectuales en el servicio. Los Estados del XIX pusieron las bases para ello con el mero hecho de multiplicar funcionarios y mantenidos. Los sentimientos de pertenencia, tan inevitablemente humanos, pueden ser manipulados en dirección al mal con ayuda de los fondos públicos.

ME da tristeza que los catalanes nacionalistas hayan conseguido difundir tanto sus perspectivas que modelos de esta simpleza, tan enemigos de una perspectiva del mundo como fruto de los encuentros y de la complejidad, hayan ido triunfando en Cataluña. Al parecer, por ejemplo, no hubo catalanes franquistas: allí no hubo Guerra Civil, sino invasión española y una Generalitat ejemplar. Los bombardeos franquistas sitúan Barcelona, entregada sin lucha, al nivel de Madrid. El mejor escritor catalán del siglo XX, Joseph Pla, y el mejor pintor, Salvador Dalí, franquistas, son, pero sin ser como debieran. Se reconoce a insignes mediocridades, y se ningunea a genios vendidos en el pasado al enemigo ancestral. En otro orden de cosas, pero en el mismo, pienso en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, cuyo objetivo explícito era construir una historia del arte catalán, efectivamente, “construir”. Y pienso en la siembra de bobadas menos institucionalizadas, en Jordi Pujol, por ejemplo, asegurando hace unos años que carecía de sentido un Ministerio de Cultura español  porque la cultura española no era más que la cultura de cada autonomía, seguramente pensando que cinco siglos de historia se podían reducir a una bonita polémica entre Berceo o el Cid y el mallorquín (que no catalán) Ramon Llull, por ejemplo. No es Ramsés III la única cosa que reluce en un modelo así. Me parece menor el tema de que se concrete o no en independencia, por mucho que no tenga la menor duda de que sería una catástrofe para Cataluña, y que sólo se podría mantener exaltando permanentemente la amenaza del viejo enemigo, quizás con el resultado final de conseguir crearlo y encontrarlo de la peor manera posible.

ME inquieta la aceptación de esto, y sus consecuencias, incluyendo la de haber buscado generar la pura hegemonía y la imposibilidad de las identidades realmente compartidas en nombre de un victimismo permanente, de la llamada a la defensa patria frente al peligro fantaseado de la pérdida de la identidad y de la lengua. No es esta Cataluña la que yo he querido toda mi vida. Han matado ya a la Cataluña de los sesenta y setenta del pasado siglo, capital de muchas cosas y también de muchas esperanzas.

ME inquieta, en esta misma dirección, lo ya ocurrido tanto como lo que ocurre. Pienso en las lenguas y me entristece que se siga sosteniendo como Prat -exactamente sobre el mismo principio por el que los alemanes arrebataron Alsacia y Lorena a los franceses en la guerra Franco-prusiana, o Hitler invadió Checoslovaquia- y contra todos los datos de la historia y de la lingüística, que la lengua es una visión del mundo, y que los Estados se constituyen y organizan por etnias que son lenguas y lenguas que son etnias, y que, por tanto, existen unos llamados Países Catalanes que deberían estar necesariamente unidos y separados de cualquier otro.

ME entristecen las derivas totalitarias, y más en los lugares que quiero. Sé que en la calle no hay los problemas que los políticos plantean y potencian, pero me inquieta la falsedad institucionalizada y aceptada, los consensos en el mal. Si en uno de sus muchos virajes hubiera conseguido Prat la integración de Cataluña en Francia que planteaba, la Escuela de la República francesa hubiera dejado el catalán al nivel del provenzal actual. Tampoco hay diferencia entre Franco prohibiendo el catalán en las escuelas en nombre de su idea de la nación española –tan diferente de la actitud de los nacionalistas liberales españoles que defendieron la República y, ellos sí, aguantaron los años del asedio a Madrid- y la Generalitat prohibiendo la enseñanza en castellano. Da igual cualquier consenso que ataque los derechos humanos y afecte a las declaraciones de la Unesco, que ya en los años cincuenta señalaba que debería tener prioridad en la educación el lenguaje materno de los niños. Lo sepan o no, participen o no, las víctimas son siempre los mismos.

ME entristece que se haya exigido a las limpiadoras, por ejemplo, un examen de catalán. Y que en medio de tanto absurdo no haya un debate público sobre quién y cómo definió el catalán que ahora se habla y por el que se la puede echar a la calle. No fue una buena idea que un personaje con nula formación académica inicial como lingüista, Pompeu Fabra, se hiciera con el poder en este campo, construyendo lenguas y vocabularios. Joseph Pla, y no es el único, escribe cosas muy jugosas sobre él. Un poco de distancia irónica hace bien a personas, personajes y colectividades, elimina rigidices, da más señal de fortaleza que la rigidez del dogma.

NO es esa distancia la que presenta al mundo entero una Cataluña al nivel del Ramsés III de Prat, y no crean que no me duele, una de las máximas autoridades académicas catalanas sobre el catalán Joan Martí i Castells, escribiendo en una antología en inglés de Pompeu Fabra sobre ese lingüista universal (como le llama en el título del artículo), lo siguiente: Se dice que Pompeu Fabra es el primer lingüista catalán stricto sensu. Esto es verdad, pero no es toda la verdad, dado que fue también uno de los primeros lingüistas de los tiempos modernos, en todo el mundo. Sin referencia a intereses individuales especiales, la importancia de su trabajo puede ser comparada, por ejemplo, con la de Ferdinand de Saussure, de Walther von Wartburg, de Wilhelm Meyer-Lübke…

A veces los cenáculos devoran a las colectividades. Lo malo es que alguien –y no sólo los pérfidos e inferiores enemigos- puede encontrarlos ridículos. A mí me duelen ciertas tristezas catalanas que comparto con sus primeras víctimas, los que lo viven allí todos los días y que tienen que aguantar bobos, bobadas y hasta ciertos aparentes consensos.

(*) Las traducciones del inglés y del catalán son mías. Recomiendo encarecidamente leer este artículo escuchando la maravillosa canción en catalán y castellano que interpretan Marina Rosell y Joaquín Díaz AQUÍ.

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