OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga


03/12/13. Opinión. El catedrático Wulff Alonso, especializado en Historia Antigua por la Universidad de Málaga, escribe en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre religiones, cultura y naciones. “Hubo un tiempo en el que no había muchas más maneras de concebir –y de escribir- la historia. Hoy ya sabemos que esta visión es un mal sueño que produce monstruos”.

Cuando Hércules le espantaba las moscas a Buda

EL título de este texto no es una metáfora, es una descripción de una imagen repetida.

ESTÁ Buda, sentado o de pie, con los pliegues de la túnica bien marcados, su cabeza destacada con el nimbo que marca su santidad, el pelo recogido en un moño que apunta a su continencia y el poder ascético que atesora con ella. Y al lado, erguido, el barbudo Heracles que en su mano derecha no blande ni espada ni arco, sino un espantamoscas con el que protege la hondura de la meditación de Buda.

ASÍ, Buda, uno más de los bondadosos iluminados que en lugar de dejarse fluir en la gozosa eternidad del moksha, de la liberación, habrían optado por repetir otro eslabón más en la dolorosa cadena de las reencarnaciones para enseñar el camino a los sufrientes seres humanos, se ha encontrado con Hércules, con Heracles, el viejo héroe heleno, depurado ahora de su masculina brutalidad, pero pletórico también él de otra parte de su herencia y personalidad. Y es que el Heracles que espanta las moscas de Buda deriva directamente de aquél al que se invocaba en las dificultades, el soter, el salvador, pero no en el más allá, sino en el más acá concreto de todas los días, el héroe-dios de cualquiera y de todos, al que también los estoicos veían como la representación del sabio que libera al mundo de héroes y tiranos.

LOS dos nos miran y lo hacen desde su representación, griega y esculpida casi dos mil años atrás, en una stupa del actual Pakistán, en la base misma de la Ruta de la Seda.

NO es cosa de alabar las conquistas, pero es cierto que sin ellas nada de esto hubiera pasado, ni más ni menos que cinco. Hacia el Oeste, tres: los persas en el siglo VI a. de C. sometiendo el mundo del Mediterráneo Oriental al Indo, Alejandro adueñándose de todo esto dos siglos después, y Roma afirmando su poder sobre todo el Mediterráneo con la definitiva anexión de Egipto tras derrotar a Cleopatra y Marco Antonio en la segunda mitad del siglo I. En el más lejano Este, una: en el siglo II a. C. la dinastía Han hereda la China que construye el gran emperador Qin Shi Huang Di –el de las miles de estatuas en su tumba, el de la Gran Muralla- y lanza sus ejércitos hacia el Oeste hasta llegar a ocupar buena parte de lo que en adelante sería la Ruta de la Seda. Asia Central y la India son el escenario de la última: la de los kushana, quizás hablantes de la elusiva lengua indoeuropea que conocemos como tocario,  que generan en el siglo I d. C. un reino que abarca el norte de la India además de gran parte la propia Ruta -de la que provienen-, y que durará siglos.

BUDA se hace viajero ahora, y también en cierta forma hacia Occidente. En el siglo III a. C. el rey de buena parte de la India, Ashoka, envía cartas a los reyes helenísticos que dominan el Mediterráneo invitándoles a hacerse budistas como él. En sus inscripciones nos cuenta esto, y también cómo tras una guerra sangrienta, arrepentido, se había convertido y había en adelante evitado la guerra, dedicándose al cuidado de sus súbditos y a extender la Ley Sagrada. No parece que tuviera éxito entre los Antíocos, Ptolomeos o Antígonos a los que dirige sus misivas. ¿Qué no hubiera cambiado en el mundo de haber sido así?

PERO, sobre todo, Buda se hará viajero hacia el Oriente. Y de los griegos (y romanos)  no sólo se llevará al viejo Heracles-Hércules en sus rutas asiáticas.

¿POR qué caminos había llegado Heracles hasta el Noroeste de la India? En cierta forma podríamos muy bien decir que en el momento en que se esculpen estos relieves, no necesitaba llegar de ningún sitio: llevaba ya cerca de medio milenio allí. Alejandro Magno no sólo había esparcido ciudades durante su deriva hacia la India por en medio de los inmensos territorios que iba arrebatando a los reyes persas: al final del trayecto, en la lejana Bactria, había asentado miles de griegos en lo que más tarde sería un reino autónomo y expansivo antes de verse englobado por los grupos que llegan por la Ruta, los kushana incluidos. Los arqueólogos han encontrado en toda la zona ciudades, inscripciones, templos, teatros… un espacio que en cierta forma corporeizaba como en ningún sitio uno de los sueños de Alejandro: un mundo culturalmente heleno en el que tenían cabida griegos y no griegos. Heracles estaba allí desde hace siglos, entonces, y Buda, apenas uno o dos siglos anterior, había llegado también con el propio Ashoka, si no antes, tanto que monjes griegos se habían contado entre los asistentes a los concilios budistas de Ceilán.

ASÍ que Heracles y Buda estaban allí y en otros muchos lugares, y seguirán estando entre los kushana, cuyos reyes los incluyen, por ejemplo, en sus monedas y, sobre todo, recurren a las ya viejas tradiciones griegas de escultura y pintura, y a sus formulaciones romanas, para representarlos en templos y stupas, en imágenes como aquéllas que venimos comentando aquí.

EN cierta forma, la Ruta desde el siglo I a. de C. abarcaba ya el conjunto del mundo conocido: por el oeste, desde el imperio romano y el Mediterráneo, por tierra siguiendo las rutas de Arabia y las que atravesaban el imperio parto de Mesopotamia a Irán y penetrando por el Asia Central hasta China y Corea,  por mar, llegando desde el Egipto romano por el Mar Rojo hasta la India aprovechando los monzones, y hasta bordeándola para seguir viaje hasta la lejana China. Mercancías, personas, ideas, técnicas, sueños, culturas se trasladan, cambian, se adaptan.

NO solo personajes y religiones siguen las rutas caravaneras hasta el extremo del mundo donde cabía imaginarse al Sol naciendo día a día. Escultores de tradición helena, bactrianos entre otros, seguramente también romanos y de otras procedencias, trabajan para los señores de la ruta y para todos aquellos que buscan acercarse a la liberación a través de aplicar sus generosos donativos a extender, en piedra, el mensaje de Buda. Las técnicas artísticas que un día estuvieron en la base del Partenón, que se lanzaron a conquistar el movimiento en los siglos que siguen, preparan ahora su llegada a China en las imágenes sagradas, entre la barahúnda de las mercancías,  las palabras de los mercaderes, los gritos de camelleros y acemileros, y el lento desplazarse de las caravanas. Y allí florecerán y seguirán extendiéndose hasta Corea y Japón.

Y así, el que un día fuera el héroe griego más extendido se convierte ahora en la más popular de los tres seres sobrenaturales que acompañan a Buda, en otro Buda, en Vajrapani, “Trueno-en-mano”,  el representante por excelencia de su potencia liberadora, guardián de templos y de meditaciones. Lo que un día había sido esculpido en piedra remozando las viejas formas artísticas helenas, se hace y rehace, se reinventa, para defender las puertas de los templos japoneses, convertirse en santo patrón del templo Shaolin, o ser representado como un fiero personaje en el budismo Vajrayana tibetano. Nada extraño: es así como siempre se ha reinventado todo lo humano: entre el préstamo, la adaptación y el descubrimiento.

ES más que curioso -y quizás podría ser considerado como un ejemplo del fracaso de nuestra especie ya entonces a la hora de construir un Más Acá pletórico y satisfecho-, el que el mundo se hubiera dirigido un poco en todas partes en la misma dirección de soñar un Más Allá compensador y que la propia Ruta ayude a ello. En el imperio romano triunfan las religiones mistéricas, que prometen un más allá feliz para aquellos que se entreguen a los designios y cultos de un dios salvífico. Bien visto, el cristianismo dejó de ser lo que era –una herejía judía no demasiado relevante- cuando Pablo, que nunca conoció a su fundador, insufló en él contenidos y formas de unos cultos mistéricos que conocía muy bien de su Asia Menor natal. En el mundo indio el viejo politeísmo védico se despide más dramáticamente para verse substituido –como si Dionisos o el Salvador Heracles hubieran vencido a Zeus- por Vishnú, Shiva y la Gran Diosa, protectores de quienes se les entregan con devoción, y que les ofrecen, a cambio, el final de la triste cadena de las reencarnaciones humanas, el moksha. También el budismo cambia por entonces en la misma dirección, abriéndose a los laicos como nunca antes y ofreciéndoles nuevos asideros –los propios Budas y sus representaciones, o el propio Heracles Vajrapani- para soñar con el mismo camino que llevaría al fiel a la disolución, a poner punto final al engaño de la vida.

BUDA, y el Heracles Vajrapani con él, llevan consigo la impronta combinada de las culturas y las mentes que los concibieron y de las manos que les dieron forma, pero llevan, sobre todo, esa impronta de esperanza en un más allá por fin justo que se extiende en diversas formas por el mundo conocido y que explica también su éxito en las lejanas regiones del Asia Central y Oriental, empezando por la propia China.  Da igual, claro está, la verdad o no verdad de lo que se predica: hablamos de encuentros y de transmisiones de sueños y, por qué no, de consuelos ante una realidad que pocas veces los ofrece.

PARA que todo esto fuera posible y, con ello, para que Hércules le espantara las moscas a Buda, el mundo no tenía que ser otra cosa que lo que era y lo que es, un lugar en el que ni distancias, ni desiertos. ni mares han impedido el encuentro, la palabra, el regalo de la diferencia y de su descubrimiento, la creación y la recreación de una condición humana que, por encima de todo, es legado y memoria. No fue aquélla la última gran globalización, sino tan sólo la primera. Las mismas culturas y sociedades no son sino formas transitorias en las que se coagulan en el tiempo diferentes constelaciones, diferentes formas de ser humanos, como si hubieran de combinarse una y otra vez las posibilidades que se le van abriendo a nuestra extraña y fascinante especie.

HAY quien prefiere ver el mundo como un espacio cerrado en el que transitarían sin tocarse esos extraños sujetos que, sin saberse muy bien qué significa, se califica como naciones, igual que si fueran planetas destinados a navegar eternamente por universos ni siquiera paralelos. Hubo un tiempo en el que no había muchas más maneras de concebir –y de escribir- la historia. Hoy ya sabemos que esta visión es un mal sueño que produce monstruos.

ES lástima que haya gentes que prefieran esta falsedad a entender la fulgurante y agridulce complejidad del tiempo de los seres humanos y de los mundos reales e imaginarios que nos construimos, que renuncien a entender de verdad cómo pudo ser qué Hércules le espantara las moscas a Buda.

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