OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga


11/03/14.
Opinión. “Con distintos instrumentos, los humanos venimos a tocar la misma música. La idea de la incomunicabilidad de las sociedades, e incluso de las lenguas, es una más de las falsedades que los nacionalismos elevaron y elevan a la categoría de dogma”. Wulff colabora en
EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com y habla sobre la poesía coreana y el teatro japonés para romper las fronteras de la cultura.

¿Hay algo más extraño? Sobre la aparente lejanía de las distancias culturales

¿HAY algo más extraño? Sobre el escenario un actor que viste con amplios ropajes, que lleva una máscara blanca que se amarra a la frente con una cinta, se mueve con lentitud ceremonial, levantando en ocasiones las rodillas al ritmo, al parecer, de la música que toca el pequeño grupo de intérpretes vestidos de negro, sentados al fondo.

MUEVE los dos brazos según deambula por el escenario, con la mano derecha esgrimiendo su abanico, y con la izquierda plegando y desplegando las anchas mangas de la túnica. Su canto (¿o no es suyo? ¿cómo saber lo que ocurre tras una máscara?) es parte de las voces que suenan y entonan lo que uno podría muy bien suponer que es una historia que se va acelerando, que parece alcanzar cada vez alturas más dramáticas.

¿HAY algo más extraño? Podemos sentir la diferencia cultural, la incapacidad de comprender lo que ocurre allí y, sobre todo, la imposibilidad de compartir la reconcentrada atención del público que sigue la historia desde el patio de butacas.

¿NOS serviría de ancla, de conexión para el acercamiento, el sonido de la flauta de bambú que parece tan esencial en la historia?

DEBERÍA servirnos. De hecho hay muchas cosas que se podrían entender sólo con saber que esta historia, llena de cosas muy fieramente humanas, gira alrededor de una flauta.

ANTES ha aparecido un monje que ha venido de muy lejos precisamente a ese lugar, a esta playa, que oye su sonido y le recuerda aquello que ha venido a reparar con su peregrinación. Una flauta así escuchó cerca de aquí una noche cuando era un guerrero duro y experimentado y esperaba el amanecer y la batalla. Los enemigos en su campamento poco menos que se despedían de la vida. Se oían sus canciones y una flauta de sonido tan perfecto como la que escucha ahora. 

AL amanecer, como se esperaba, llegó el choque y huyeron hacia los barcos. El guerrero, cabalgando, rastreando, había visto a un jinete entrando en el mar entre las olas de la playa, y lo había retado.

ÉL no lo sabía aún, pero el fugitivo se había dado cuenta en el último momento de que se había olvidado su flauta, precisamente aquella que él había escuchado durante la noche, no se había resignado a perderla y había vuelto a por ella, confiando en tener tiempo para huir. Es ahora, a punto de conseguirlo, cuando, literalmente, se cruzan sus caminos. El jinete que huye comete el heroico error de aceptar su reto, se vuelve y comienza una lucha que acaba pronto: los dos caen al suelo abrazados, y el veterano guerrero se impone. Pero justo cuando va a matar a su rival, observa que quien le mira desde ahí abajo esperando el golpe fatal es un muchacho de apenas dieciséis años, hermoso, maquillado precisamente como la máscara que vemos en el escenario, con la cara blanca y los dientes negros.

¿ES una sorpresa ese maquillaje? ¿Podemos entenderlo? Podemos, sin embargo, entender la reacción del guerrero que más tarde será el monje que deambula por esta playa lejana, la compasión, la ternura ante la edad del muchacho, la conmoción ante su belleza. Nunca lo verdaderamente importante es difícil de entender. Inmediatamente quiere salvarlo, lo levanta, lo sube a su caballo y se lanza a un galope desesperado dispuesto a liberarlo de la muerte que le espera en esa guerra sin cuartel.

SIN embargo, no ha avanzado mucho cuando se ve rodeado por once guerreros que se disponen a matarlo creyéndole un traidor. No hay opción: se ve obligado a cortarle la cabeza al muchacho delante de ellos para salvar su vida.

PERO después de esto, después del momento en el que ha cortado esa cabeza y se abraza a ella,  ya no hay vida, sólo dolor, arrepentimiento, deseo de liberarse de su pecado, de su culpa. Al final de años de retiro como monje, ha vuelto a esta playa a encontrar una paz que no alcanza ¿Podemos entender esto también?

SOBRE el escenario el actor de amplios ropajes, el de la máscara blanca amarrada con una cinta, que deambula tan extrañamente por el escenario esgrimiendo su abanico, y plegando y desplegando las anchas mangas de su túnica, es el espíritu del muchacho muerto. Él y el coro vuelven a contar la historia de su muerte, y el actor, de un manera que podríamos igualmente entender, la representa, gesto a gesto.  Aumenta el dramatismo de la representación, de las voces y de la música conforme se va llegando al momento de su degüello.

¿PODEMOS entender también por qué tiene que ser otra vez contada la historia ahora, precisamente ahora, cuando matador y víctima la escuchan juntos, y que la víctima, además, sea parte necesaria de su narración, y hasta reviva su angustiosa huida picando espuelas a su alazán y metiéndose en el mar?

ES ahora, cuando acaba de representar su propia muerte, cuando el actor de amplios ropajes, el espíritu del muchacho, blande su espada y se acerca al monje que escucha y reza.  Y ahora lo comprendemos todo, y comprendemos igualmente que también él ha de ser salvado de su propia ira, que el monje ha venido a mucho más que a salvarse a sí mismo, cuando le vemos tirar su espada y el coro canta que ya no son enemigos y anuncia que ambos renacerán  en la misma flor de loto ¿Hay algo menos extraño?

CON distintos instrumentos, los humanos venimos a tocar la misma música. La idea de la incomunicabilidad de las sociedades, e incluso de las lenguas, es una más de las falsedades que los nacionalismos elevaron y elevan a la categoría de dogma, y, con frecuencia, de crimen. Saber que todos los humanos podemos sentir juntos, pensar juntos, entender juntos, significa, todo a la vez, no engañarse sobre la verdad, preparar el mundo para cambiarlo y, en el fondo, el consuelo de sentirse parte de la única comunidad indiscutible. Lo dijo, de una manera exquisita y bien traducible, el poeta coreano Ko Un:

Lo que estoy pensando ahora
Alguien en alguna parte del mundo
Ya lo pensó
¡No llores!

Lo que estoy pensando ahora
Alguien en alguna parte del mundo
También lo está pensando
¡No llores!

Lo que estoy pensando ahora
Alguien en alguna parte del mundo
Está a punto de pensarlo
¡No llores!

¡Qué alegría!
En este mundo
En cualquier parte de este mundo
Yo estoy compuesto de innumerables yoes
¡Qué alegría!
Yo estoy compuesto de innumerables otros y otros
¡No llores!

LA obra Atsumori de teatro Noh japonés fue creada por el innovador director y autor Zeami no Motokiyo (1364-1438); se puede ver su final, comentado, AQUÍ.

PUEDE ver aquí otros artículos de Fernando Wulff:
- 03/02/14
GoraTartessosaskatu!
- 27/12/13
Notas sobre crisis de legitimidad. Una reflexión no casual desde el postfranquismo y la neo-democracia
- 24/10/13 Cuando los catalanes se enfrentaban a los faraones egipcios y otras notas tristes
- 23/09/13
Mis divisiones del PSOE y otros asuntos carcelarios
- 05/02/13
Cosas que nunca le dije a Saborido: sobre organizaciones, corrupciones y las cosas de la izquierda
- 19/12/12 Catástrofes pre-Wert: notas sobre la universividad del potito

PUEDE ver aquí más artículos pinchando en las relacionadas de esta columna:
- 24/07/12
Senadores y estafadores o la verdad finalmente desvelada. Con una nota consoladora de Samosata