OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga


21/04/14.
Opinión. El historiador Fernando Wulff homenajea en esta colaboración con
EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com a los intelectuales judíos, centrándose especialmente en la figura de Joseph Roth. “Un conjunto notabilísimo de autores que se mueven entre la literatura, la autobiografía y el periodismo y con los que, al leerlos, parece poderse pasear, y hasta charlar, por el mundo de entonces como si se cumpliera por fin el sueño de que se abra una ventana en el pasado”, asegura.

De cómo muchos somos judíos. Sobre Joseph Roth, nacionalismo, historia, Massada, Israel

ESdifícil citar ejemplos más perfectos de literatos que describan el mundo de manera lúcida y sin compromisos que los que se dan en el período de entreguerras del siglo pasado, cuando se concentran un conjunto notabilísimo de autores que se mueven entre la literatura, la autobiografía y el periodismo y con los que, al leerlos, parece poderse pasear, y hasta charlar, por el mundo de entonces como si se cumpliera por fin el sueño de que se abra una ventana en el pasado.

NO me parece sorprendente que una parte substancial de ellos fueran judíos y tampoco que no pocos de ellos acabaran suicidándose. Basta citar tres: Stefan Zweig, Walther Benjamin y Joseph Roth.

EL Roth que describe las calles de Berlín es un prodigio de agudeza, profundidad y compasión. En cada palabra se percibe al hombre que había vivido el final de una patria de patrias, el imperio austrohúngaro, la creación de nuevas patrias en gran parte inesperadas, glorias y ruinas económicas y políticas, y todo tipo de exaltaciones y de hundimientos colectivos e individuales. Caben en él las prostitutas de la Weinmasterstrasse, el tráfico berlinés, las carreras, las casas de vecinos, el urbanismo y la arquitectura, y hasta la reivindicación de lo mejor de la cultura europea y alemana frente a la bestialidad de Hitler.

A la libertad de perspectivas de gentes como Roth contribuía en mucho su condición de intelectuales judíos, y, precisamente por ello, su capacidad de sentirse, por encima de todo, profundamente universales. Su rechazo, como el de muchos otros judíos de la época, intelectuales o no, a contribuir al dolor del mundo con un estado más es de una lucidez manifiesta, que argumenta señalando cómo los judíos no constituyen ninguna nación: son una supranación, acaso la forma anticipada, futura, de toda nación. Hace ya tiempo que abandonaron las formas más burdas de “nacionalidad”: el Estado, las guerras, las conquistas, las derrotas… Ya han pasado por los estadios primitivos de la “historia nacional” y de la “cultura y la civilización”. Les queda solamente una forma de “nacionalidad”: la de sufrir como extranjeros entre los extranjeros porque son “diferentes”. Sus “vínculos nacionales” ya no son de tipo material.

LOS judíos, insiste aquí en otros lugares, ya tuvieron nación, guerras, grandezas, fronteras, señores, siervos, prostitutas, generales… y su corolario de intereses, víctimas, y demencias patrióticas, una lección que ya debería haber sido aprendida. Los judíos, la supranación que tanto ha sufrido, estarían llamados a contribuir a evitar todo eso, a defenderla libertad y la dignidad universales en todos y cada uno de los países donde habitan, presidido todo y en todas partes por una profunda comprensión del sufrimiento humano.


CUANDO
Roth se escandaliza en el año 1929 ante el alborozo con el que periódicos nacionalistas judíos de Europa del Este celebran enfrentamientos en Palestina  y asegura que no hacen otra cosa que imitar el fracaso de las ideologías europeas, no lo hace con un espíritu distinto de cuando, cuatro años más tarde, execra la quema de libros, reivindica un espíritu europeo y alemán bien distintos, y hace notar la línea directa entre el nacionalismo militarista prusiano y el cabo Hitler. El gran éxito unificador de la nación alemana había sido protagonizado por quienes no debieran y, añade, muchos judíos habían contribuido a ello, mientras otros habían apuntado en dirección bien distinta.

¿HUBIERA cambiado la perspectiva de Roth después de la II Guerra Mundial y los horrores de los Campos de Concentración? ¿Y después de la concreción del sionismo en el Estado de Israel? ¿O hubiera pensado, como otro genio cosmopolita, judío, y austríaco como él, Karl Popper?: De todos los países que se benefician de la civilización europea, sólo Sudáfrica e Israel tienen leyes raciales que diferencian entre los derechos de diversos grupos de ciudadanos. Los judíos estuvieron en contra del racismo de Hitler, pero esto va un paso más allá. Determinan la condición judía tan sólo por la madre. Al principio me opuse al judaísmo porque yo estaba contra cualquier forma de nacionalismo, pero nunca esperé que los sionistas se volvieran racistas. Me hace sentir avergonzado de mis orígenes: me siento responsable  de las acciones de los nacionalistas israelíes.

ME pregunto, como historiador que sabe de los peligros de los abusos de la historia,  qué hubiera sentido no ya ante la realidad del Estado de Israel y sus políticas, sino ante la propia construcción e invención de una historia nacionalista y de todos los rituales y lugares sacralizados que la acompañan y que incitan a la violencia y al victimismo a partes iguales. Se me ocurre, por ejemplo, qué hubiera pensado de la exaltación, como ejemplo de resistencia nacional, de la defensa en la fortaleza de Massada, tomada por los romanos en el año 73 ó 4, alguien que abominaba de ese mundo de guerras, conquistas, derrotas, de los estadios primitivos de la “historia nacional”.

QUIZÁS él, un hombre tan culto, hubiera escrito, por ejemplo, que otro judío lúcido de hace casi dos mil años, Flavio Josefo, nos dejó testimonio de cómo sus defensores, eran miembros de un grupo al que se denominaba sicarii, precisamente por llevar sicae, pequeños puñales ocultos con los que mataban no ya a romanos, sino a todo tipo de gente a los que consideraban enemigos políticos judíos, incluyendo un Sumo Sacerdote, capaces de cometer toda suerte de atrocidades para forzar a la guerra, así como de masacrar y saquear pueblos judíos y no judíos. Ni siquiera en Massadase conoce con certeza ningún enfrentamiento militar con los romanos en el asedio, sólo un suicidio final del que se libran un puñado de supervivientes, un grupo de mujeres y niños que consiguen ocultarse.

PIENSO que hubiera podido leer con placer a otros judíos lúcidos que dentro del mismo Israel han venido señalando los abusos de la arqueología nacionalista en Massada, incluyendo el haber hecho pasar por víctimas del asedio restos humanos con casi toda probabilidad romanos. No le hubiera gustado esa necesidad de inventarse muertos propios a partir de huesos ajenos.

Y se hubiera, imagino yo, sentido feliz de que otros judíos lúcidos, como Norman G. Filkenstein, hayan denunciado el uso de otros muertos y de otros supervivientes. Hubiera aplaudido su llamada de atención hacia la burda explotación del sufrimiento judío en los campos de concentración a través de lo que llama La Industria del Holocausto y su denuncia del enriquecimiento de los colectivos y los individuos que lo promueven, a los que califica de manipuladores y chantajistas. Se hubiera indignado con quienes le acusan por ello de sumarse a los que niegan los campos de concentración.

TAMBIÉN hubiera, pienso yo, leído con placer cómo Noam Chomsky, otro genio y judío, se indigna ante la pretensión de que cualquier crítica al estado de Israel se pretenda hacer pasar por anti-judaísmo y se hubiera indignado, en nombre suyo y de lo que representa para el mundo y para la tradición judía misma de una maniobra tan burda.

PRECISAMENTE su condición de heredero de la rica y apasionante tradición judía –y él añadiría: de los sufrimientos que ha conllevado- le hizo un adelantado, un antepasado, un semejante, un amigo con el que charlar a través de sus libros del dolor y de la vida. Por eso es tan fácil, quizás, que muchos lo podamos sentir tan próximo, todos aquellos que nos sentimos más allá de las naciones, parte de una supranación si acaso, que abomina de estados, guerras, emociones que llaman no a lo más hondo, sino a las demencias patrióticas, a lo más emocionalmente manipulable, que sentimos que no sólo los países a los que pertenecemos sino todos debieran abandonar esas formas burdas de entender los colectivos humanos y dejar de apoyarlas con una historia no menos burda.

OJALÁ no nos quede durante mucho tiempo, en el mundo e incluso en nuestros propios países, la tarea de sufrir como extranjeros entre los extranjeros, porque somos diferentes. Muchos, ahora, seguimos siendo tan judíos como Roth.

Nota. La cita de Joseph Roth está extraída de la magnífica traducción de las Crónicas Berlinesas, hecha por Juan de Sola en Editorial Minúscula, 2006. Ver también su Judíos Errantes, en Editorial Acantilado, 2008. El texto de Popper en MalachiHaimHacohen, Karl Popper, TheFormativeYears, 1902-1945. Politics and Philosophy in InterwarVienna, Cambridge, 2000.  El libro de Norman G. Finkelstein es La Industria del Holocausto. Reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío, Akal, 2014.

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