OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga


25/07/14. Opinión. El catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga Fernando Wulff Alonso ofrece en esta nueva colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com la explicación a conflictos sociales actuales como el ocurrido hace unos hace unos días en la localidad sevillana de Estepa entre “clanes” gitanos dedicados a la delincuencia y lo hace remontándose a la Antigua Grecia.

De Estepa a la Antigua Grecia: notas entre el clan y la ciudad

LO ocurrido en Estepa en este mes de Julio del 2014 no es un caso aislado. Periódicamente se producen en Andalucía conflictos ligados a “clanes” gitanos dedicados a la delincuencia  y marcados por las explosiones colectivas de los habitantes de los pueblos en los que actúan y viven.

¿TIENE algo de extraño el caso de Estepa? Robos sistemáticos de comercios, almacenes, y domicilios. Entradas en las casas de día o de noche, con gente y sin gente, con todo el miedo y la inseguridad que esto supone. Ocupación de viviendas públicas que sirven de residencia al grupo y donde acumulan los objetos que roban. Utilización consciente de menores en los delitos para evitar consecuencias penales. Amenazas para evitar denuncias o devolución de las agresiones, respaldadas por colectivos familiares amplios, el “clan”, que esgrimen represalias por parte del conjunto de los miembros de un grupo que, además, no teme a la cárcel.

AL otro lado, denuncias, si se hacen, que pueden o no dar lugar a detenciones, que, en todo caso, no significan alejamiento de los delincuentes, sino una vuelta a la localidad cargada de amenaza para los denunciantes. Por encima de todo, la continua sensación, nada imaginaria, de amenaza, de humillación y de injusticia, de  leyes y autoridades que se siente que no protegen.

LO único nuevo en este caso es, quizás, que la explosión empieza con la difusión de un WhatsAppque muestra a un miembro joven e identificable del clan trepando muy tranquilamente y en pleno día por una casa. Lo que sigue ya se presenta más común: una multitud, que representa sin duda a la mayoría del pueblo, se dirige a expulsar al colectivo gitano, que huye, que entra en las casas ocupadas, ya vacías, encuentra objetos que habían sido robados a los vecinos, y se enciende todavía más. Incluso me parece predecible lo que leo unos días después: declaraciones de una matriarca de uno de los clanes, salida no hace mucho de la cárcel, exigiendo con determinación trabajo y vivienda para dejar de delinquir, paralela, al parecer, a la noticia de la detención en Sevilla, una vez más, de jóvenes del mismo grupo con objetos robados.

LEO artículos en la prensa, reportajes en televisiones, comentarios en Internet, con los consabidos intentos de comprensión del proceso, golpes de pecho, acusaciones de racismo, mediadores –estamos en tiempos de mediadores- que pretenden poner orden, políticos diciendo obviedades, rechazos del “salvajismo” (literalmente) de la actuación de la gente en Estepa... Tengo la sensación de que este es uno de los temas que es más difícil de hablar y, por tanto, de comprender. La maldición de lo políticamente correcto puede acabar por dejar el discurso en la inanidad o, directamente, en manos de la pura reacción.

PIENSO que quizás nos ayude la antigua Grecia en la tarea de pensar algo mejor lo que ocurre.

UNO de los errores más notables de la manera en que se piensa el nacimiento de la ciudad, de la polis, es considerar que el tema central era la democracia, y no sólo porque había ciudades que no eran democráticas. Ni siquiera la igualdad, que también es importante, de los ciudadanos lo era, y no solo porque en muchos sitios era relativa y dependía del nivel de ingresos o del nacimiento.

MÁS clave era el hecho de que la ciudad fuera lentamente asumiendo la gestión de los conflictos entre los ciudadanos, en particular de los que implicaban a sus cuerpos y a sus bienes, y la articulación de normas y leyes, más o menos justas, más o menos igualitarias, que evitaran la espiral de la violencia. Antes, los grupos familiares amplios, clánicos si se quiere, arreglaban sus diferencias con enfrentamientos, con venganzas mutuas que de no ser frenadas, hubieran hecho imposible la paz interna. Sin que la ciudad les privara del derecho a la venganza, asumiera compensaciones y castigos e impidiera nuevos delitos, nada era posible.

EL mundo de lo clánico era en muchos sentidos la antítesis de la ciudad y del ciudadano y de su proyecto de vida en común. No se trataba solo un tema de violencia y de posible escalada en el “ojo por ojo y diente por diente”, sino del ciudadano mismo. La venganza de sangre en el mundo de los clanes no entendía de culpas: la muerte de un miembro de un grupo implicaba al menos una muerte de un miembro del otro grupo, no necesariamente del matador. Y la podría, y debería, llevar a cabo cualquier miembro del grupo, estuviera o no involucrado en el hecho original, y lo quisiera o no. No había culpabilidad individual en un sentido estricto, de la misma manera que tampoco existía necesariamente un vínculo directo entre el hecho de ser el perpetrador de una muerte y ser castigado: bastaba ser miembro del grupo al que pertenecía el matador. De la misma manera, podía no diferenciarse entre una muerte voluntaria y una involuntaria: lo importante era la muerte en sí que afectaba al clan, que le hacía perder uno de sus miembros.

ESTE modelo, muy común a muchas sociedades, en todas incompatible con la ciudad, solo podía ser superado, como señalaba, con la asunción de la venganza y del castigo por el conjunto de los ciudadanos, por la polis, por el colectivo. Es difícil exagerar la importancia de este paso –más bien, del lento proceso que da lugar a ese paso- y de las consecuencias que tiene. En cierta forma nace ahí el individuo. El ciudadano que vota no es otro que el individuo que, él y sólo él, es responsable pleno de lo que hace. La ciudad que le juzgue por un crimen le hará responsable, y le castigará, a él y solo a él, no a su familia. Este proceso es muy posiblemente inseparable de aquél por el cual cabe que algunos –Sócrates o Platón, por ejemplo- empiecen a pensar en un más allá diferenciado según tus acciones, ya no un Hades oscuro, fatídico, inevitable, general.

EL paso a la ciudad es el paso al individuo, a la civilización, a la responsabilidad, y al otro lado quedaba un mundo inferior en términos evolutivos, donde la violencia y la resolución de conflictos podían no admitir límite ninguno, podían abrir espirales sin fin, y donde, a la vez, la relación del individuo con la responsabilidad de sus actos era mucho más vaga. No es que desapareciera con ello la violencia, pero se ubicaba, internamente, en el marco de la ley, y, sobre todo, se externalizaba, se hacía legítima, por decirlo así, en las guerras, colectivas, participadas.

LAS ventajas eran para la ciudad, entonces, pero también para ese ciudadano, incluso si la justicia se tintara, al menos hasta un cierto punto, de apropiaciones por parte de los grupos dominantes, porque ofrecía una cierta seguridad en los cuerpos y en los bienes, y porque la alternativa no era solo la disolución del grupo, sino, como decía literalmente un viejo dicho indio, que el pez grande, sin más, se comiera al pez chico, la gestación de mundos dominados por el conflicto y, finalmente, por el puro dominio del más fuerte.

CLARO que, en cierta forma, también tenía un precio. Se dejaba en manos de la ciudad tres cosas que se consideraban legítimas: los mecanismos por los que la víctima y/o sus familiares podrían ser resarcidos, el castigo que ejemplificaba el destino de las malas conductas y ayudaba a evitarlas y, por supuesto, la venganza.

EL ejemplo tiene sus límites a nuestros efectos, pero aun así creo que ayuda a pensar las cosas. No hablamos en Estepa, por un lado, de situaciones prístinas de invención de la ciudad, sino de una sociedad, la estepeña, que es heredera de sociedades urbanas de hace miles de años, ahora en medio de un Estado complejo. Desde hace milenios los habitantes de estas sociedades han dejado en manos de la ciudad la protección de sus cuerpos, de sus bienes y de los suyos,  el resarcimiento, el castigo, la venganza. En su seno un delincuente -un ladrón, un asesino, un estafador- es una vergüenza y el individuo es responsable.

TAMPOCO al otro lado hay colectivos familiares que participen indistintamente de esa comunidad (estepeña, andaluza, española…), sino grupos que se perciben a sí mismos como ajenos a ella. Su etnicidad es diferente: se sienten pertenecientes a otro grupo, el gitano. Comparten con una parte de los gitanos –en absoluto, conviene resaltarlo e insistir en ello, con todos- la percepción de que los no miembros del grupo, esto es, los estepeños y la sociedad de la que forman parte, los “payos” -término, no por casualidad, sinónimo de “tonto”- son, por decirlo así, un nicho ecológico al que no le unen obligaciones, correspondencia, y del que es legítimo extraer de todas las maneras posibles lo necesario para su existencia.

EN su seno un delincuente -un ladrón, un asesino, un estafador- no es una vergüenza. No hay culpa, no hay responsabilidad, no hay, en cierto sentido, más que hasta cierto punto individuo. La “ley” es parte de la sociedad de la que se vive, que no es la que se percibe como propia, y está, como los bienes o las vidas de los que forman parte de ella, para ser usada: servicios sociales y sanitarios, viviendas de protección oficial, la libertad provisional o la legislación sobre menores y delitos.

LA interiorización, y con tanta fuerza, de esos valores es el otro lado, y casi exige, el viejo clan para darle entidad y permanencia. Sus dinámicas vitales y morales se mueven en su seno y en el de la identificación con la etnia. Lo ocurrido en Estepa antes de la respuesta popular que ha provocado los titulares, muestra su funcionalidad no solo a la hora de llevar esto hasta el lógico extremo de lo que nosotros entendemos como delincuencia, sino de amenazar individualmente a las víctimas, de utilizar las potencialidades del clan frente a aquellos que hace milenios renunciaron a él. Su venganza frente los que afecten al clan –incluidas las víctimas que denuncian- no requiere de mediaciones.

CONVIENE resaltar, además, que ese comportamiento tiene un sentido mucho más claro aún porque se alimenta, sobre todo, de algo también muy conocido: las relaciones con otros clanes gitanos equivalentes dedicados a la delincuencia, en las que se cumple lo señalado antes de forma literal, así, muerte por muerte, los miembros del grupo como víctimas o autores indiscriminados, o lo secundario de la culpa individual. Y, cuando estalla la violencia entre ellos, llegan inevitablemente las venganzas de sangre, la espiral de asesinatos, las huidas individuales o en masa, incluso el curioso recurso último a la protección policial, repitiendo una muy vieja parafernalia, salvo, quizás, en la tendencia más moderna a no exceptuar a niños y mujeres. Es la pura amenaza de la fuerza del otro clan la que sitúa la frontera de lo permisible. Un arma que se afila así encuentra en el payo individual una víctima desprotegida.

EL choque que provocan en el mundo de la ciudad es directamente proporcional al fracaso de los sistemas de mediación, de guarda y protección de los ciudadanos, cuando la vieja delegación de resarcimiento, castigo y venganza es nada, y ello en un mundo en el que se siente y se vive que bienes y cuerpos están en peligro por su culpa. Y un día se acaba la vieja renuncia a la violencia, y se recurre sin mediaciones al grupo del que se forma parte para esgrimir otra vieja lógica, ahora apoyada en un factor, el número, que antes jugaba en su contra.

HACE años un ilustre profesor italiano me preguntó por qué la Mafia no había surgido en España. Me recordó algo que yo ya sabía: que el nacimiento de la Mafia estuvo en el mundo rural, cuando un grupo familiar real, junto con otros que se admiten como parte de la misma “familia”, amenazaban a los habitantes de los pueblos sicilianos con robos, o con quemas de la cosecha, o con violencia sin más, y les obligaban a pagarles por su “protección”. Me sorprendió, claro, la pregunta, y encontré dos respuestas. Una, entre risas, la Guardia Civil, la otra, sin risas, Fuenteovejuna.

LO ocurrido en Estepa no es precisamente motivo de alegría, y si se conecta aquí con Fuenteovejuna no es para exaltar nada, sino para recordar que lo colectivo en estas dimensiones también es parte de una larga tradición. Recordarlo no implica que haya nada que celebrar. Es cierto que hubiera sido mucho peor una espiral de venganzas individuales, y que no ha habido víctimas ni mortales ni no mortales, pero es un hecho profundamente triste. La ciudad debería significar tener prestos los instrumentos para que los ciudadanos en ningún caso recurran ni personalmente ni como grupo a la violencia para protegerse. Pero, como señalaba antes, el fracaso no es el de la gente de Estepa.

HAY un fracaso del sistema judicial y penal, esto es, de los instrumentos de defensa de la ciudad, que deben ser revisados y que han dejado a los ciudadanos expuestos a un mundo substancialmente destructivo, hostil, ajeno a ningún valor ligado a la ciudad, a la ciudadanía, que no ve en ellos iguales sino víctimas que no importan.

Y esa revisión incluye, sin duda, actuar consecuentemente contra esos grupos que están en sus antípodas de una manera tan radical. Es tiempo de escandalizar un poco a los bien pensantes: si ese fracaso del sistema de protección de los ciudadanos tiene mucho que ver con el predominio de la idea de la “reeducación y reinserción social”, un predominio que conlleva unas potencialidades de irrealidad e ingenuidad ya suficientemente obvias en general, su aplicación a  grupos y gentes que participan de un modelo organizativo y unos valores como los señalados, en los que se educan y en los que se encuentran muy socialmente insertados, resulta poco menos que ridícula.

Y esta revisión podría incluir, por ejemplo, el considerar desde la perspectiva de la ciudad y de todo su potencial coercitivo el verdadero significado de grupos que, parafraseando el Artículo 515.1 del Código Penal, son asociaciones ilícitas que, si bien no nacen para cometer delitos, después de constituidas promueven permanentemente su comisión, y lo hacen, además, con unos niños y niñas a los que crían en sus mismos valores y utilizan –de una forma tan repugnante desde nuestras perspectivas y tan consecuentemente tradicional desde las suyas- para delinquir.

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