OPINIÓN. Pasados presentes. Por Fernando Wulff Alonso
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga


12/12/14. Opinión. “La historia de un país dibujada como el desarrollo de una vieja esencia amenazada tiende a jugar con dos claves de manual, las dos necesariamente reaccionarias: la esencia propia perfecta y el enemigo malvado, inferior y multisecular sobre el que proyectar todas las culpas y al que acusar de todos los males” (…)”¿Cómo no aprovechar una guerra internacional y civil para hacerla ver otra vez como...

...una lucha de Cataluña frente la opresora España?”. Fernando Wulff, catedrático de Historia Antigua de la UMA analiza el pasado y presente del nacionalismo catalán en este artículo de opinión enEL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com.

Solicitando perdones. Sobre nacionalismo, historiadores y otros cómplices: más notas agridulces sobre Cataluña

ME hubiera gustado conocer a Santiago Blanco. He leído, y hasta escuchado personalmente, relatos de vidas de gentes como él: personas decentes, republicanas, que se enfrentaron a la rebelión del general Franco, que fueron los primeros que perdieron la Guerra –luego fuimos casi todos los demás, incluyendo los que aún no habíamos nacido por entonces-, que se exilaron en Francia, que sufrieron humillaciones, maltratos y campos de concentración, que vivieron el deshonor y el colaboracionismo francés, que fueron testigos del papel del maquis español en Francia y de la magna operación de maquillaje de la postguerra francesa.

LO que le separa de muchos otros, que es lo que me atrae de su libro – El inmenso placer de matar un gendarme. Memorias de guerra y de exilio- y de él mismo, es una mezcla difícil de definir de decencia, sentido del honor, íntima comprensión del absurdo de un tiempo absurdo, iras, fobias y afectos incontrolables, a lo que habría que añadir lo que yo llamaría “decepción creativa” y hasta una enorme capacidad de disfrute a pesar de los pesares.

 

ME gusta también el final de todo, o sea, el momento desde el que recuerda: consigue llegar a Venezuela y se abre camino como periodista y publicista, tanto que se podrá permitir durante años viajar con periodicidad a la misma Francia y paladear cada segundo allí sin escatimar champán ni caviar. Muchos años después escribiría estas memorias. También me gusta, ya sé que no forma parte de lo que se estila, que no pierda el rencor, lo que incluye, claro está, a Churchill, cuyas memorias conoce, cita y, por supuesto, execra.

LEO ahora lo que escribe sobre el mes de Enero del 1939. Para entonces, con veinte y pocos años, había participado en posiciones destacadas en el gobierno republicano en Asturias, había defendido en ellas escrupulosamente la legalidad y los derechos humanos e, inevitablemente, había vivido la derrota día a día, hasta que tuvo que huir a Francia en uno de los últimos barcos que pudieron escapar de las matanzas franquistas. Como muchos otros –en varios lugares contrasta esto con el comportamiento de la mayor parte de los exilados nacionalistas vascos- vuelve a España por Cataluña para continuar la lucha, un tiempo que sabe de antemano perdido.

Y es rememorando todo esto cuando ya en Enero del 1939 cuenta el fracaso de las ofensivas republicanas en Extremadura, Andalucía y el centro de España y cómo Negrín llama a tres quintas más, ya de hombres de cuarenta años, y señala cómo simultáneamente se lanzó una llamada a todos los hombres de Barcelona para trabajar en las fortificaciones para la defensa de Barcelona, igual que se había hecho en Madrid. De una población de medio millón de hombres aptos para hacer algo en fortificaciones, se presentaron unos centenares (p. 287).

LOS días en que estoy leyendo esto me entero de una propuesta ridícula más de políticos e historiadores catalanes, uno de ellos ni más ni menos que Xavier Trías, Alcalde de Barcelona al frente de su muy excelentísimo Ayuntamiento, que se opone a la erección de una estatua en Madrid a un almirante vasco, Blas de Lezo, un marino valiente, brillante, estudiado y admirado, quien resulta que, entre sus muchísimos hechos de armas, participó en el sitio a Barcelona durante la Guerra de Sucesión española a comienzos del XVIII.

BIEN visto, si se deforma una guerra a la vez internacional, dinástica y civil haciéndola ver como una lucha de Cataluña frente la opresora España, cómo no seguir diciendo insensateces sobre el pobre Blas de Lezo, a quien se diría que se homenajeaba por esa intervención poco menos que anecdótica en su carrera, y, ya puestos, cómo no aprovechar para denunciar cómo esa Madrid enemiga secular seguiría metiendo el dedo en la llaga de la incomprensión y de la inquina… Es una señal de que las cosas no están del todo perdidas para la razón en Cataluña que allí mismo se recordara al Sr. Trías y a sus consejeros histórico-áulicos que en Barcelona hay más de una estatua dedicada a gentes que en algún momento bombardearon la ciudad, una de ellas el muy catalán General Prim. Pero queda lo que queda: el triste retrato de la infamia, y no precisamente la de Lezo, que nunca fue infame.

CUADRA esto muy bien con otra ocurrencia no menor: la reiterada pretensión de políticos catalanes, convenientemente apoyados otra vez por la cohorte de historiadores al servicio –esto es: en el servicio- de la causa, pretendiendo que el Estado español pidiera perdón por el fusilamiento del Presidente de la Generalitat, Lluis Companys en 1940.

ES complicado seguir los razonamientos que hay detrás de todo esto. ¿Late, al fondo, otra vez, la idea de que la Guerra Civil no sería sino un momento más de la guerra secular de España contra Cataluña, con lo que cualquier gobierno español del pasado y del presente habría de hacerse, por tanto, responsable de esa muerte? ¿Se sugiere la muy peregrina idea de la inexistencia de partidarios de Franco en Cataluña?

EN los dos casos hablamos de cuestiones elementales y muy bien estudiadas en muchos lugares del mundo. La historia de un país dibujada como el desarrollo de una vieja esencia amenazada tiende a jugar con dos claves de manual, las dos necesariamente reaccionarias: la esencia propia perfecta y el enemigo malvado, inferior y multisecular sobre el que proyectar todas las culpas y al que acusar de todos los males. Lo que entre los individuos produce infantilismos adolescentes de seres perpetuamente irresponsables, entre las colectividades produce la paranoia colectiva, la irracionalidad, la justificación de la agresión e historiadores corruptos. ¿Cómo no aprovechar una guerra internacional y civil para hacerla ver otra vez como una lucha de Cataluña frente la opresora España?

HAY que depurar el pasado y el presente y expulsar hacia el exterior todo lo que se juzga como negativo para asegurar la pureza y construir el enemigo. No es extraño: en la misma jugada que permitía al creador del nacionalismo catalán, Prat de la Riba, asegurar que los catalanes se habían enfrentado a los faraones egipcios –exaltación- se podía pasar por alto que entre los siglos XVI y el XVIII la economía europea se había desplazado desde el Mediterráneo hacia el Atlántico para poder acusar a España de la falta de brillo de la economía del Principado –culpabilidad ajena. Con ello se reforzaba la idea del enemigo secular como responsable de la falta de las glorias cósmicas correspondientes a tanta perfección. Es la misma simplicidad paranoica e infantil con la que el famoso y laureado nacionalista y racista militante de ERC, no por casualidad Presidente durante años del Parlamento Catalán, Heribert Barrera, podía convertir el fenómeno mundial de las migraciones de gentes del Tercer Mundo en pura conspiración española, parte de un plan para “desnacionalizar” Cataluña, dibujándola como algo más peligroso aún que la anterior ola de emigrantes andaluces.

SON temas ridículos, ciertamente, de manual, pero y de gran efectividad colectiva precisamente por su elementariedad, su infantilismo adolescente, su maldad intrínsecas.  No es distinto el procedimiento, como ya he señalado en otro lugar, que el que postula la mentira de la identificación de la identidad colectiva con una sola lengua, ligada a la afirmación del peligro de muerte a la que se vería sometida, y su consecuencia: la exigencia de la subordinación o eliminación de las restantes. El catalán en peligro justificaría el atentado contra los derechos humanos que supone prohibir la posibilidad de una enseñanza en castellano. Todo es parte del mismo panorama di colore oscuro, tirando a negro. En el mundo que avanza hacia la multiculturalidad ellos quieren matar a toda costa el bilingüismo.

EN el sueño nacionalista catalán está en el fondo la envidia proyectada en el pasado de todos aquellos que se definen como enemigos. ¿Cómo, si no, entender que el objetivo de su sistema educativo sea el mismo que el de la muy execrada Francia de finales del XIX, el monolitismo de una lengua única, un sistema educativo que tan buen resultado tuvo ya en la misma Francia para hundir fatalmente el catalán, el bretón, el provenzal y algunas otras lenguas más? Prat fantaseaba con una Reconquista, o una Conquista de América, que hubiera sido dirigida por las esencias catalanas y no por las inferiores esencias “castellanas”.

TODO esto es triste, por supuesto. Lo es porque esté triunfando el nacionalismo en Cataluña, y el nacionalismo no es sino una degeneración intelectual y moral de los colectivos que no atiende a consideraciones –el nazismo triunfó en la sociedad más culta de Europa-. También porque durante los últimos años del franquismo la profesión histórica en Cataluña tenía un gran nivel, y ahora presenta rasgos de la misma degeneración, rasgos que no son precisamente minoritarios, y porque a ello se añaden lingüistas, pedagogos, historiadores del arte y otros miembros de una de los colectivos intelectuales más tristemente degradados de Europa. Hay que admirar en tal contexto más que nunca la ejemplar decencia de los decentes.

CONFIESO, sin embargo, cierto alivio respecto al hecho de que lo que allí es normal y hasta normativo, no sea de uso común ni en los lugares de España donde no triunfan los nacionalismos “periféricos” ni entre los intelectuales españoles.

PIENSO, por ejemplo, sin salir de los temas de guerra, bombardeos y muertes, esto es, sin salir de mis lecturas de Blanco, en lo que hubieran hecho gentes del nivel de esos políticos e historiadores nacionalistas catalanes con lo que nos recuerda él que ocurrió en Barcelona en la guerra de 1939, no en la de 1714, en esa ridícula cantidad de voluntarios que se proponían defenderla frente a los que defendieron Madrid durante casi tres años, en el contraste entre el Madrid destruido y la Barcelona que se rindió sin disparar un solo tiro, protegiendo así por encima de todo su tejido industrial. Si no recuerdo mal, Madrid cayó dos meses después que Barcelona.

PIENSO en Companys y en la falta de planes de defensa y de fortificaciones por parte de su Generalitat con toda la responsabilidad que implica para él mismo, un dirigente que tuvo un tiempo que no tuvieron otros en diversos lugares de España –empezando por la primera zona atacada por los insurrectos, Andalucía, que aguantó hasta el final- y que puso con ello las condiciones para poder permitirse lo que poco después haría su admirada y odiada París: rendirse sin disparar un solo tiro. ¿Se le podría acusar adicionalmente de que su solidaridad con la República española no era distinta que la de los nacionalistas vascos?

Y me alegra mucho que en España no dominen los historiadores-trileros, que apoyarían a los políticos correspondientes -a los que elementales consideraciones de estilo impiden calificar también de trileros para evitar redundancias-, ni, sobre todo, que hayan llegado a ser asumidos por porcentajes preocupantes de la población tales concepciones del mundo y de la propia identidad.

CABE imaginarse, por ejemplo, una campaña exigiendo a Barcelona que pidiera perdón por todo ello, y, puestos, a Cataluña entera por su escasa resistencia comparativa. Me puedo imaginar exigencias colectivas de compensaciones por el tejido industrial perdido, de Madrid y de tantos otros sitios. O exigiendo disculpas porque esa nula resistencia hubiera impedido la concatenación de la Guerra Civil con la Guerra Mundial, con lo que se hubiera ahorrado a España decenios de franquismo. ¿Los descendientes de los miles y miles de personas masacradas o capturadas en Alicante a finales de Marzo, dos meses después de la cómoda rendición de Barcelona a los franquistas, la misma Alicante, dejarían oír su voz en este coro destemplado pidiendo compensaciones por aquella falta de solidaridad, valor, previsión o todos juntos que los entregó a la prisión y a la muerte?

NO son éstas sino unas pocas de entre otras muchas posibilidades que surgirían automáticamente de tales mentes y de tales concepciones si tuviéramos la desgracia de que tales modelos y valores estuvieran vigentes fuera de Cataluña.

ME quedo con Blanco, claro, que no hace sangre con el tema, que llora, en cambio, los bombardeos de Barcelona y el sufrimiento de la población refugiada allí, que maldice a los franquistas que mandaban aviones italianos y alemanes a destruir a sus compatriotas en nombre de España, esos otros grandes mentirosos nacionalistas.

Y me quedo también con los que son, los que somos, su herencia, que es, afortunadamente y como digo, otra y bien otra.

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