Relato del primer libro de la jienense Ramona Ucelay, titulado ‘Por eso lloraban las niñas’

OPINIÓN. Grandes Éxitos
Por Ramona Ucelay. Escritora


13/09/18. Opinión. La escritora Ramona Ucelay publica en su colaboración semanal para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un nuevo relato incluido en su primer libro, Por eso lloraban las niñas. El proyecto en el que se encuentra inmersa esta jienense licenciada en Bellas Artes...

El impotente

SIEMPRE que mis hermanos y yo hablamos de nuestra infancia solemos mirar las fotos de cuando éramos pequeños que se encuentran encima del armario de mi madre, en una caja de zapatos.

NO sé por qué no podemos tener un álbum como las personas normales. Cada vez que las sacamos, nos echamos unas risas los unos de los otros. Mi padre nos observa desde su sillón y cuando aparecen las de sus padres, tuerce la cara en un gesto que siempre seré incapaz de interpretar. Tal vez yo también pondré esa cara al mirar su foto cuando él ya no esté.

QUE yo sepa, solo existe una foto en la que aparezca toda la familia. Por lo general, mis hermanos siempre salían juntos y yo, completamente sola, como una modelo enana que hace el casting para una peli de Almodóvar. Tenía muchos vestidos y atuendos algo extraños para una niña de barrio obrero. No sé de dónde viene lo de “obrero” porque había mucha gente en él que no trabajaba.


A mi madre le encantaba encargarle vestidos veraniegos a la modista que vivía en la planta de arriba. Los sacaba de revistas del corazón donde salían las hijas de “quiensea” en la boda de tal príncipe y tal princesa. Iba con la revista a la vecina y ella tardaba un par de semanas en terminarlos. La sala de costura estaba justo encima de mi habitación y me acostumbré a dormir con el runrún de su máquina de coser, incluso me agradaba y me ayudaba a coger el sueño a la hora de la siesta. Lo que no me gustaba era subir a que me tomara medidas porque decía que yo era de cadera ancha como ella. Yo la miraba y solo veía una señora guapa y agitanada, aunque sin hijos y con el culo gordo. «Tienes muchas caderas», decía.

LA primera vez que un hombre me pidió fuego, solo tenía nueve años. No empezaría a fumar hasta tres años más tarde, así que el hecho de que me confundieran con una chica mayor me causó una gran impresión. Cuando volví a casa llorando, mi madre me dijo que seguro que se había confundido porque con esa minifalda se me marcaban mucho las caderas. Y así es como brota un complejo de la nada, como una enfermedad sexual que alguien te transmite, como un hongo en un zapato sudado. Repite conmigo: «tengo muchas caderas».

LA modista de cadera ancha, me hizo vestidos hasta que se fue a vivir a otra ciudad a empezar una nueva vida. Se marcharon porque su marido, un funcionario de Telefónica, ya se había pegado con medio bloque; estaba obsesionado con que todos pretendían a su mujer y además lo llamaban “el impotente” porque nunca consiguió dejarla embarazada. Mi hermano y yo nos reíamos mucho de él, pero no por su impotencia, eso nos daba igual, sino porque era idéntico al jefe del Inspector Gadget, ése al que siempre le reventaban en la cara los mensajes que se autodestruirían en cinco segundos. Cada vez que nos lo encontrábamos, Raymundo y yo le cantábamos en francés inventado: «¡ilequitebá inspector gadget, ilequitebá uh uh!». Entonces, este hombre se enfadaba muchísimo. A saber qué película se habría montado relacionando al Inspector Gadget con su impotencia. Desde luego, su “gadget” no funcionaba.

PUEDE leer aquí anteriores artículos de Ramona Ucelay:
- 07/09/18 ‘Alta Alcurnia’
- 26/07/18 ‘Los vegetarianos’