Por Eloy Herrera Pino, Colectivo

salomon castiel12/01/07 MÁLAGA. El jueves 4 de enero Salomón Castiel y Diego Maldonado nos trajeron un inesperado regalo de Reyes. Presentaron la programación del primer trimestre del año 2007 y, como ya hicieran justo hace un año, reivindicaron la singularidad y la identidad del Cervantes sujetándose a la supuesta ‘exclusividad’ de determinados artistas individuales de mucha calidad y prestigio.

Por Eloy Herrera Pino, Colectivo

Salomon Castiel12/01/07 MÁLAGA. El jueves 4 de enero Salomón Castiel y Diego Maldonado nos trajeron un inesperado regalo de Reyes. Presentaron la programación del primer trimestre del año 2007 y, como ya hicieran justo hace un año, reivindicaron la singularidad y la identidad del Cervantes sujetándose a la supuesta ‘exclusividad’ de determinados artistas individuales de mucha calidad y prestigio, y sin ser capaces de dar una sola explicación sobre el conjunto de una programación que, efectivamente, combina a Pasión Vega con Nick Cave. O no. 

NO debe haber lugar a confusiones en este artículo, así que es importante que quede claro desde el principio. Primero: EL OBSERVADOR cree que a lo mejor Nick Cave no viene, por lo menos ahora, y segundo: la cosa que Castiel entiende por identidad, el hecho mismo de emplear ese término, demuestra que no tiene ni idea de programar un teatro. Ahora el lector decide si quiere seguir leyendo, pero conste que se va a perder un terapéutico artículo de crítica cultural en un año electoral en que a lo mejor sufre Nick Cavetentaciones o alucinaciones. 

LA redacción de EL OBSERVADOR ha llamado a las taquillas del Cervantes para comprar entradas del concierto de Nick Cave. La respuesta de la señora de la taquilla ha sido “ese no me suena de nada; a mí eso no me lo han puesto en la tablilla”. Después de insistirle en que “su director” ha anunciado ese concierto y que lo podía leer en el periódico, se le pidió que hablara con la gente de producción y consultara. “Espere”. Retención de llamada. Un minuto después, la taquillera dijo: “De producción me dicen que ese espectáculo no está confirmado, que es mejor que espere usted a que en marzo se presente la programación del siguiente trimestre”. 

GRACIAS a esta amable taquillera y al equipo de producción del Cervantes se confirma que Salomón Castiel anuncia a bombo y platillo espectáculos que no sabe si vendrán, o a sabiendas de que no vendrán. Porque no es la primera vez que pasa y porque suele pasar con lo más llamativo de cada programación. Para los lectores más despreocupados con el modo en que se invierte el dinero público en cultura (siempre que no sea arte contemporáneo), unos ejemplos. Hace un par de veranos, el festival Terrá lo iba a abrir el grupo británico Belle and Sebastian, que por entonces estaban enfrascados en la grabación del que iba a ser su siguiente disco, y que habían anunciado en su página web que no iba a haber ningún bolo ese verano. Por consiguiente, era falso, y es difícil creer que el Cervantes no lo supiera. El Terrá, afortunadamente puso a cada uno en su sitio y lo inauguró Falete, devolviendo a Málaga al tercer mundo andaluz de Antonio Burgos. El siguiente festival de Teatro, ese que dirige Francisco Rodríguez sin caer en la repetición, sino en la reivindicación continuada de los mismos artistas, productoras y agencias, se iba a abrir con un espectáculo protagonizado por Claudia Cardinale. También se cayó. La última edición del festival de música Las lenguas de dios tuvo su baja en el coro de gospel, el día de cierre por todo lo alto. 

Teatro CervantesPARA el lector que no lo tenga muy claro por motivos morales o intelectuales, se expone aquí una tesis moral y científica. La recurrencia al infinito del fenómeno [presentación de programación con énfasis en un artista de mucha incidencia mediática, sea por prestigio real o por su propia mediaticidad, que luego, pasados unos días, desaparece] no es casual; es un acto deliberado y sólo queda separar los casos en que se hace público sin confirmar de los que se sabe que no vendrán, pero cuya ausencia desluce el resultado mediático de la presentación. Porque todo lo demás carece de gancho, de prestigio, de calidad… Es decir, Salomón Castiel y Diego Maldonado no dicen la verdad y, por lo menos el primero, lo sabe.

EN el mes de abril, según Castiel, tocarán en el Cervantes Bryan Ferry y Nick Cave. Ferry ya tocó para Castiel y sus amigos. De hecho, entonces lo presentó afirmando que se lo habían ganado a Salamanca cuando era capital cultural europea, cosa que EL OBSERVADOR puede afirmar que es completamente falsa: Salamanca 2002  nunca contempló a Ferry en su programación. En fin, el resultado de los conciertos de Ferry por las ciudades españolas fue claro, y los aficionados al género lo recordarán: tuvo mala crítica hasta en el diario Sur. Es decir, si coloca la información de Ferry y Cave le salen dos nombres muy conocidos, y si se cae alguno… ¿adivina cuál el lector? Por otra parte, si Castiel bajara al suelo (el sueldo ya sabemos que no) y le pregunta a algún aficionado al género recibiría una versión razonada de por qué juntar a esos dos nombres en la misma programación y presentarlo como si fuera la hostia sólo lo puede hacer un cateto que cree que todos los demás lo son, aquello de ‘cree el ladrón que son todos de su condición’. Conclusión: ¿de verdad va a venir Nick Cave el día 22 de abril, cuando el 27 presenta un nuevo espectáculo en el All Tomorrow’s Parties, uno de los festivales más exigentes de Europa? ¿A  quién creer, al director Castiel o a la taquillera que nos dice que ese espectáculo no está en tablilla y al equipo de producción que nos dice que no está confirmado?

IDENTIDAD 

SIGUIENDO con lo de la identidad y las versiones razonadas. Se deduce de las declaraciones de Castiel que para él la identidad es que varios de los espectáculos programados sólo vienen al Cervantes, que no están de gira por el país. Es un poco más largo de explicar, pero ofrecemos a Castiel un resumen. Contratar por agencia una ‘exclusiva’, es decir, un espectáculo que, según te garantiza la agencia, no volverá a tu territorio en varios meses, es una práctica de todos los teatros provincianos de la red de teatros públicos. La diferencia es qué espectáculos se contrata (las agencias son muy respetuosas con esa tontería que ellas mismas se han inventado y conocen bien a sus clientes), y eso por varias razones, entre las que destaca ‘quién puede ponerle la cifra más alta al cheque’. Es decir, que la exclusividad estándar les cuesta a los ciudadanos un dineral y sólo satisface a los catetorros a los que las agencias timan con el rollo de que van a tener lo que Diego Maldonadonadie tiene y se lo van a poder decir bien alto a todos los de su pueblo. Es exactamente lo que hace Castiel.

 

EN fin y si hablamos de identidad, podría haber estado bien que explicara qué enfoque permite poner a The Fall, Gomez, Pasión Vega y Danza Invisible, entre otros, en la misma programación. Una versión razonada, ya que estamos, que sirva a aficionados con criterio y a ciudadanos que podrían llegar a serlo si la gestión pública fuera capaz de generar razones y no cheques.

POR otra parte, a lo mejor el exceso pagado por exclusiva estándar se podría invertir en mejorar ciertos aspectos. La acústica, por poner un ejemplo. El sonido amplificado en el Cervantes se empasta y hace la escucha incómoda. Traer a músicos de sonido exquisito como los de este trimestre para después tener un mal sonido es una nefasta inversión. A lo mejor The Fall recuperan su versión de Right Time, Wrong Place. Y sería verdad: los británicos han demostrado en sus treinta años de carrera que siempre es buen momento para prestarles atención. 

LA música, es en realidad el único género con exclusivas estándar en esta supertemporada del Cervantes, y no todos los conciertos; como podrá el lector comprender, Pasión Vega o Danza Invisible no pueden firmar semejante cláusula. La danza, por su parte, ofrece una selección arriesgada e inesperada: Víctor Ullate, María Pagés y Juan Carlos Martínez y los bailarines de la Ópera de París. Hace un par de meses, John Rockwell, crítico jefe de la sección de danza del ‘New York Times’ (y uno de los críticos más influyentes del mundo), Francisco Rodrígueztitulaba, con respecto a una serie de espectáculos de jóvenes coreógrafos que se habían presentado en esa ciudad: ‘No es danza, ¿importa?’. La danza es para muchos el único lenguaje escénico que se renueva de verdad, y a una velocidad fulgurante; la única expresión escénica que ha conectado con el mundo contemporáneo, tanto en el arte como en la vida, la única que está en condiciones de decirse en tiempo presente. Pero no toda la danza.

LA programación de danza del Cervantes está lejos del siglo XXI y confirma lo que ya se ha dicho de Castiel antes. Lo de Juan Carlos Martínez, es un ejemplo claro. Se trata de una producción media hecha con bailarines de la Escuela de Danza del Ballet de la Ópera de París. Consiste en una selección de piezas de repertorio. En definitiva, coreografías del siglo XIX en un formato asequible, luces monas, vestuario vistoso… ¿Aportación a la danza, a la concepción coreográfica, al lenguaje escénico o al dancístico? No; esto sí es danza ¿importa? Hay una parte que sí. El agente de Martínez y sus comparsas le ha vendido a Castiel el estreno y éste se ha creído que tiene ya un material para presumir en la partida de dominó en el casino. Es lo primero que ha hecho: contárselo a todo el mundo. Si no, ¿de qué iba a servir pagar el dineral que ha pagado por reservar un estreno? 

SI tienen interés en conocer al colectivo Eloy Herrera Pino, lean los artículos de su columna de opinión ‘La provincia del paraíso’:

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