Según la Cadena Ser más de 4 mil millones de personas siguieron el funeral de Isabel II. Es casi la mitad de los habitantes de todo el planeta”

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PINIÓN. La vuelta a la tortilla. Por Noemí Juaní
Profesional de la gestión

22/09/22. Opinión. Noemí Juaní, profesional de la alta gestión en empresas e instituciones, en esta colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre el funeral de la reina Elizabeth: “Destinar esas cifras a esos espectáculos no solo entretiene, sino que genera un sentimiento obvio de colectividad que nos aproxima y nos hace uno con los súbditos jubilosos que en la Edad Media veían pasar...

...a sus reyes, con el pueblo inca que adoraba a los líderes de su imperio o con la veneración colectiva hacia los faraones egipcios”.

Pan y circo

Once días han tardado en Reino Unido en enterrar a la reina. No es demasiado. Una vez tuve una profesora nativa de inglés que me explicó que en su país no suelen asegurar los gastos de la defunción y que ese era el motivo por el que el entierro propiamente dicho, podía demorarse una semana o más desde que se produce el fallecimiento.

Sin embargo, por lo que he leído, quizás no es tanto eso como una costumbre que varía por países. Hemos tenido suerte de que no se haya muerto la reina de Ghana (o a lo mejor sí se ha muerto, pero nos importa un comino) porque en ese país pueden tardar años en enterrar a sus muertos.

En España somos más pragmáticos, a las 24 horas uno puede estar ya en el hoyo. Justito, justito para que se produzca el algor mortis proceso de pérdida de temperatura que experimenta nuestro cuerpo cuando el corazón ha dejado de latir. Así que cuando se muera uno de los nuestros en un par o tres de días tenemos el tema resuelto.

En cualquier caso, no creo que el motivo de los once días de Isabel sea por falta de previsión aseguradora. Como todo el mundo sabe, el protocolo tras su muerte ha estado preparado y guionizado al milímetro desde hace lustros, incluyendo detalles como el recorrido de su féretro, cánticos, horarios y vaya usted a saber qué otros detalles más.

Pero tanto cálculo y previsión tiene sus inconvenientes: el no saber que hacer ante los imprevistos. Quizás por eso, el compañero del guardia que se desplomó ante sus ojos se quedó impertérrito y no se movió para auxiliarlo. Tiene excusa, al parecer el desmayado no se comportó como está estipulado pues “si un guardia real no se encuentra bien por algún motivo, debe levantar la cabeza, que por protocolo debe estar baja y, al cambiar de posición, su superior sabe que hay algún problema y puede decidir realizar una rotación de la guardia para evitar sorpresas”. Esperemos que no lo despidan por haber incumplido con el protocolo. Aunque quizás es uno de los 100 que Carlos ya ha ejecutado, laboralmente hablando, claro.


Dicen que ha habido cierta indignación por haber procedido a la rescisión contractual con el cuerpo de su madre todavía caliente y sobre eso he leído bastantes comentarios (pero ¿de verdad que a nadie le ha sorprendido que una sola señora tenga más de cien personas a su disposición?). A lo mejor los ofendidos piensan que el amigo Carlos debería quedárselos sumándolos a los que tenga él (¿Cuántos serán?). Trabajo no les faltaría dado que, según nos han explicado durante estos días de cobertura mediática de todo lo que tiene que ver con la monarquía británica, el cuasi sempiterno aspirante exige que le planchen los cordones de los zapatos o cuando se va de viaje lleva su propio inodoro y también muebles y cuadros para sentirse como en casa. El gesto despectivo exigiendo que le apartasen los tinteros fue una nimiedad, visto lo visto.

Mis palabras insinúan que he sido una más de las que han seguido la telenovela regia pese a que he intentado que eso no fuera así. En mi defensa alegaré que no había forma de poner la televisión o abrir un periódico sin que te asaltaran con las imágenes del féretro, los soldados de rojo o las caras largas con chaqué. Yo cambiaba rápidamente de cadena o pasaba de largo los titulares en los que salía la palabra Isabel, Windsor, Casa de Sajonia-Coburgo y Gotha o cualquier sinónimo. Sin embargo, mi retina ha captado algo de información y aquí estoy, sin poder evitar hablar de la noticia del mes, del año o incluso del siglo.

No he de fustigarme por ello. Tampoco es tan grave estar dentro del grupito de fervientes seguidores. Un grupito que no es tan grupito. Según la Cadena Ser más de 4 mil millones de personas siguieron el funeral de Isabel II. Es casi la mitad de los habitantes de todo el planeta. Y seguro que tienen razón. No es difícil imaginarse el interés que este hecho histórico debe despertar en cualquier ciudadano ucraniano de Lugansk que, mientras se asoma por la ventana y mira los tanques que van a liberar su ciudad de un momento a otro se dice… “voy a poner la tele a ver cómo entierran a la persona más importante de la historia de la humanidad contemporánea”. También habrá captado la atención de algún lugareño de Beirut que habrá pospuesto lanzarse a la sucursal de su banco para sacar dinero en medio de la peor crisis económica que vive el país y así estar presente en las exequias reales. Y no hay ninguna duda de que habrá generado curiosidad en el médico del Hospital Dollow, especializado en la detección de desnutrición infantil, en Somalia, tras finalizar una jornada laboral típica atendiendo a niños que se mueren a diario de hambre. A fin de cuentas, una reina no se muere todos los días y menos una que cuesta unos 80 millones de euros al año.

Pero que nadie se rasgue las vestiduras. La monarquía no supone un gasto porque la “marca” genera al tiempo unos beneficios de unos 2.000 millones de euros.

Así que todo solucionado. Las matemáticas nos dicen que el balance es positivo para la humanidad.

Además, destinar esas cifras a esos espectáculos no solo entretiene, sino que genera un sentimiento obvio de colectividad que nos aproxima y nos hace uno con los súbditos jubilosos que en la Edad Media veían pasar a sus reyes, con el pueblo inca que adoraba a los líderes de su imperio o con la veneración colectiva hacia los faraones egipcios.

Habrá que sentirse orgulloso porque, pese a todo, sí hemos evolucionado y de la máxima de Juvenal, ya ni siquiera nos interesa el pan, con el circo tenemos suficiente.

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