Un leve ruido en el dormitorio, me puso en alerta. No debía haber nadie, me encontraba solo. No temía, solo estaba sorprendido

OPINIÓN. El jardín de tinta
Talleres de escritura de Augusto López


19/10/22. 
Opinión. El escritor y profesor de escritura, Augusto López, continúa con su sección semanal en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com, ‘El jardín de tinta’, un espacio de creación literaria de las alumnas y alumnos de sus talleres (augustolopez.es), impartidos en colaboración con la librería Proteo. Hoy nos trae el relato ‘Deseo inerte’, de Rafael Fernández Estudillo (El...

...Cenachero olvidado).

Deseo inerte

Llegué a casa tras horas de duro trabajo. Me descalcé en la puerta, lancé la ropa a las puertas del lavadero, abrí el grifo de la ducha y, mientras esperaba el temple del agua, encendí la música de ambiente.


Dejé que el cuerpo, cansado y débil, se estremeciera entre la música y el caer del agua sobre los hombros cual lluvia sin frío; alivié la mente por un instante, sofoqué el estrés del día. Tras la ducha, me afeité, arreglé el cabello y me coloqué el slip en el vestidor.

Un leve ruido en el dormitorio, me puso en alerta. No debía haber nadie, me encontraba solo. No temía, solo estaba sorprendido.

Me acerqué sigiloso pero decidido.

Al entrar, un pellizco retorció mi interior y erizó la piel al instante.

—¿Nena?

Ella no hablaba, ni siquiera me miró.

—¿Estás?

No fui capaz de decir más de una palabra seguida.

Su cuerpo transmitía seducción. La postura, la ropa interior, su cuerpo. Me embriagó aquella escena inesperada.

El pelo liso y suelto invitaba a tocarlo y olerlo tras meses de nuestro adiós. Me acerqué sin dudarlo pero se levantó y dio la espalda mientras se dirigía a la mesita de noche, junto al cabecero.


El tanga, la liga, las medias y los tirantes. Esa imagen de mujer sensual y libre que proyectaba, sin mediar palabra y sin mirar a los ojos, me aturdía y encantaba. Estaba a su merced.

Ladeó la cabeza mientras tocaba la foto juntos en la luna de miel. No la había quitado aún ni pensamiento de hacerlo por lo pronto. Creo que le emocionó, a pesar de su adiós repentino; es una prueba evidente, seguía amándola.

Se subió a la cama cuál felina hambrienta de deseo y sexo. La perseguía y lo notaba. Se detuvo mientras exponía el trasero precioso y dejaba entrever la pulpa. No podía mirar a otra parte y excitarme cada vez más.

¿Es un juego para ella y nada más?

Que más da, me gustaba lo que sucedía.

—Voy a perder la cabeza.

Pude interpretar una ligera sonrisa entre los mechones del cabello. El dominio era suyo. Apoyó la cara en el colchón, a los pies de la cama mientras dejaba elevado el trasero. Lentamente bajó las piernas y convirtió la escena en una musa imparable de deseo.

Subí a la cama, la erección era evidente y su propia excitación, para mí, era sublime. Se dio media vuelta y la cabeza quedó fuera. Los preciosos pechos quedaron a mi mano, el cuello estirado hacia atrás me invitaba a morderlo y la respiración galopante, recorría en mi interior cual corcel indomable. Con la mano derecha acaricio la entrepierna.

Rocé con los dedos la piel erizada, recorrí las piernas esbeltas, acaricié el vientre mientras sentía un placer infinito, masajeé los pechos a la vez que nos uníamos en un mismo ser.

Agarré el cuello con firmeza, levanté la cabeza con la mirada perdida y antes de llegar al orgasmo, me separé para agacharme a su altura; mordí con los labios duros el rostro de la mujer a la que amaba hasta llegar a su lóbulo izquierdo.

En ese instante dejé de culparla por su marcha; ni siquiera pensaba en la locura que estaba cometiendo. No me importaba que me utilizara o que lo estuviera haciendo con ella. Solo importaba que la amaba y que, en ese instante, lo hacíamos.

La besé, amé, abracé tanto que agoté mis fuerzas por una nueva última vez. Tras acabar, me tumbé boca abajo; rozaba con sus manos la espalda mientras me miraba. Yo mantenía cerrado los ojos sin saber cómo ni por qué.

Me di la vuelta, puse las manos bajo la cabeza y dejé perdida la mirada en el techo, le pregunté:

—¿Por qué has vuelto?

No dijo nada y se marchó sin más.

Cerré los ojos y me dormí.

Al despertar vi las sábanas manchadas y recordé que el sueño fue real. Cogí la foto de su mesita de noche, la besé y lloré sin más.

—Hoy hace dos años y siento que entrarás de nuevo por esa puerta.

Mi mente sigue sin concebir la repentina muerte; mi corazón dejó de latir y mi alma vaga por el infierno en busca de un imposible.