Francisco de la Torre no “nota”, ni tampoco ve lo que dicen los medios ni oye a la gente, ni se huele el descontento: ni siente ni padece

17/01/14. Opinión. La ciudad es un clamor de mosqueo por la subida del agua, pero nuestro alcalde no lo oye. Hay una razón, todo el mundo tranquilo. Hasta ahora la recepción de una decisión política se ha medido en descontento. Gracias a Francisco de la Torre ha surgido un nuevo parámetro, la ‘alarma social’, que en otros ámbitos significa otra cosa, y en este absolutamente nada, pero que libra al político que la usa de afrontar el problema y pasar a otra cosa mariposa.

QUE no cunda el pánico. El alcalde ha subido el precio del agua, y la reacción generalizada de rechazo e indignación, los recursos y las denuncias no se han hecho esperar. Pero él, tranquilo. Paco dice al respecto: “No he notado alarma social”. Este alcalde nuestro que lleva tanto tiempo entre nosotros, desde que Franco le nombró presidente de la Diputación hasta ahora que es ese alcalde al que mejor le pega su nombre en inglés, ‘Mayor’, es, decir, que es nuestro gobernador copulativo, que parece, está y es como de la familia. Paco, ese hombre, dice. “no he notado alarma social”. Y estamos de acuerdo: no hay alarma social. Pero no compartimos la tranquilidad.

YA ha habido sus más y sus menos con esta expresión del alcalde, pero las cosas hay que ponerlas en su sitio. Cuando a Galileo le preguntaron que dónde se había notado él que la tierra girara respondió una perogrullada que se hizo famosa. Cuando a Clausius se le ocurrió el segundo principio de la termodinámica y su correspondiente corolario, no dijo dónde se notaba él la entropía, por muy gorda que fuese. Cuando Einstein dijo aquello de la constante cosmológica no explicó en qué parte de su universo se la notaba él.

TODO esto, solo aparentemente no tiene nada que ver con el alcalde. Pues sí. Einstein, Galileo o Clausius no notan ni desnotan nada, sino que estudian un problema y con la ayuda de las matemáticas y no de las sensaciones se enfrentan a él. Y, con más o menos fortuna, pero sin dejar de esforzarse, lo solucionan, o casi. Y esto se extiende a todos los órdenes de la vida, porque no hay ninguno en que no sea necesario tomar decisiones después de estudiar la situación, y con los métodos y la perspectiva adecuada, se puede aproximar una solución.

EN el caso de nuestro Mayor Paco, el hombre comete dos errores. El primero, terminológico. Lo de la ‘alarma social’ es la expresión que emplean los jueces para decidir sobre la prisión provisional sin fianza para determinados delincuentes más o menos famosos. Al utilizarla, el alcalde desenfoca el problema. ¿Una cuestión retórica, semántica? No, una cuestión de discurso tramposo. El alcalde no ha notado alarma social como nadie puede notar alarma social por la subida del agua: no la hay porque no es el término que corresponde utilizar en este caso. Así que todo el mundo puede estar de acuerdo con De la Torre, pero no porque no exista un problema, sino por la falacia argumental del alcalde. Su error, pues, no es que note o no la alarma social, sino que el señor Mayor De la Torre, que da muestras de desautorizarse, crea que todo el mundo es gilipollas y se le puede engañar jugando con la terminología.



EL otro error es el de reducir el análisis político, el diagnóstico de una situación y las decisiones consecuentes a una cuestión de sensaciones. Lamentamos decirle, señor Mayor, que esto no es así. Un ejemplo. Tras el recuento de votos, dice uno que hay allí, ‘Tengo la sensación de que hemos ganado’; y la del bando contrario dice, ‘Tengo la sensación de que hemos ganado’. ¿Quién tiene razón? Muy sencillo: quien tenga mayor número de votos después de contarlos todos. Así se ganan las elecciones, gracias a la aritmética, y luego se llega a gobernar, gracias a la tramposa proporcionalidad corregida de D’Hondt.

UNA vez se ocupa un cargo como el de alcalde, lo suyo es hacerlo con honradez, responsabilidad y rigor. A la gente no le hace falta un alcalde físico, cuánto menos un perito agrónomo. O sea, que cuando hay un problema, un alcalde no se pregunta por la sensación que le causa, sino que coge los papeles y los estudia. Reflexiona y busca una solución, solo o asesorado, escucha las distintas alternativas de colectivos vecinales, asociaciones ciudadanas, grupos políticos, sindicatos, individuos, amigas y amigos con capacidad, etc. Y ofrece a la ciudadanía para su debate público una conclusión y una propuesta. Eso es lo que hace un alcalde en democracia. En un régimen asambleario sería otra cosa, pero sin llegar a tanto, ni siquiera a la mitificada gestión local en Porto Alegre o Curitiba, seguro que es reconocible ese ayuntamiento tipo de EEUU en el que los vecinos se reúnen en el salón de plenos con el alcalde y los concejales para debatir todo tipo de problemas. Es muy habitual ver alcaldes y concejales que no tienen ni mijita de vergüenza, pero eso no les hace únicos por mucho que los yanquis se crean el centro del universo con todas sus constantes y todo su caos.

O sea, que la decisión unilateral de ‘ajustar’ el precio del agua según un método de proporcionalidad corregida ha cabreado bastante al personal local, que se ve pagando un dineral por mayoría absoluta del poder municipal, que maniobra a sus espaldas con discursos retóricos y tramposas geometrías variables que al final suponen un enorme menoscabo a la ya sufrida economía familiar, más en estos tiempos de abusos y mentiras. O sea, que el cabreo es real y más que justificado. Y no hay peor ciego que el que no quiere ver, porque la edad reduce la vista de los ojos, pero, alcalde, aumenta la del corazón, así que a ver qué pasa con las sensaciones.

PERO nuestro Paco no nos ha decepcionado, nunca lo hace del todo. Dice: "al haber un cambio tiene que haber siempre una situación con algunos efectos". Nadie lo diría, pero nuestro Mayor Paco lee a Paul Virilio, sí señor. Este mismo principio, que se podría enunciar más o menos como “a cada innovación que se propone como solución a un problema le corresponde una nueva situación con nuevos problemas”, y que es una conclusión a la que el filósofo francés llega a través de su profundo conocimiento del pensamiento presocrático (un poco como Paco, que se le ve muy, pero que muy presocrático) y del estudio de los problemas del presente (ahí es donde nuestro querido alcalde cojea un poco).

PROPONE Virilio unos ejemplos muy sencillos. La invención del automóvil trae consigo una serie de desarrollos (red viaria, nuevas formas de ciudad) de la que a su vez surgen nuevos problemas: los accidentes, los atropellos, las muertes y las lesiones irreversibles. La invención del avión, lo mismo: el transporte aéreo nos permite conocer el mundo, lo que trae como consecuencia la disminución de la percepción de su tamaño y los accidentes aéreos en los que mueren cientos de personas de una tacada, que a su vez vemos por televisión. De estas teorías de Virilio surge El Museo de las Catástrofes, que se inauguró en Japón, donde tienen un gran entrenamiento en esta categoría, en parte por la influencia de Einstein, la termodinámica, las decisiones unilaterales yanquis y el transporte aéreo de gordos y canijos.

CUANDO nuestro Mayor Paco nos dice que de cada nueva situación surgen ‘nuevos efectos’, se refiere exactamente a lo mismo que Virilio. Por eso, desde esta revista, que es la suya, apoyamos su iniciativa y muy excepcionalmente pedimos la creación de un nuevo centro cultural: Museo de las Catástrofes Alcalde Francisco de la Torre. Nadie mejor que él para ponerlo en marcha y darle nombre. Incluso puede tener su himno, la canción “Catástrofe Mayor”, de Kiko Veneno. De hecho, y para que se vea que estamos en el buen camino, ahí va esa foto del Mayor Paco con el alcalde de Tokio, en el mismo Tokio, hasta donde se llegó para saludarle, qué pequeño es el mundo, y volvió, volvió.

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