“Toda esa falta de cultura democrática cala a la sociedad de arriba a abajo. No sólo impregna a la política, sino a muchos otros aspectos de nuestro día a día”

OPINIÓN. Boquerón en vinagre
. Por Francisco Palacios Chaves
Programador informático


03/11/22. Opinión. El programador informático Francisco Palacios escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com un artículo sobre las acusaciones de manipular los resultados electorales: “De un tiempo a esta parte, asisto entre sorprendido y asustado, como democracias consolidadas y tomadas como modélicas, véase la americana, como otras con menos tradición pero...

...también asentadas, como la brasileña, sufren el baño de barro, sospecha y recelo por parte del partido saliente”.

Cultura democrática

Uno, que nació en el año 68, vivió siendo un niño los cambios más trascendentales de la Historia contemporánea de este país: la muerte del dictador, la llamada “Transición”, las primeras elecciones democráticas, la primera victoria del PSOE en unas elecciones generales. No tengo ningún recuerdo de un gobierno saliente que se negara a abandonar su posición o que acusara al ganador de manipular los resultados electorales para llegar al poder. Tal y como se terminaban los escrutinios, el partido perdedor felicitaba al ganador, y a otra cosa, mariposa.


Pero de un tiempo a esta parte, asisto entre sorprendido y asustado, como democracias consolidadas y tomadas como modélicas, véase la americana, como otras con menos tradición pero también asentadas, como la brasileña, sufren el baño de barro, sospecha y recelo por parte del partido saliente.

De entrada, me parece un craso error puesto que no hace más que señalar su propia torpeza, si fuera cierto. Que un partido en el gobierno, con todo el poder en sus manos, con toda la maquinaria del Estado a su servicio, se dejara engañar y sufrir un pucherazo no demostraría más que una infinita estupidez por parte de sus mandatarios. Luego, el tiempo ha puesto a cada uno en su sitio, y las bravuconadas de demandas judiciales y denuncias a lo largo y ancho de los Estados Unidos han quedado reducidas a un ridículo a la altura del dirigente que las anunciaba a bombo y platillo, y de los palmeros que señalaban cada día como el Armageddon de los vencedores.

A Bolsonaro le ha costado 2 días salir a reconocer la victoria de su oponente, Lula da Silva, y ha anunciado que va aceptar su derrota. Lo peor no es lo de los dos días, sino que es noticia que va a reconocer que ha perdido. Dos días de revueltas, de bloqueo de las carreteras por parte de los camioneros brasileños, provocando desabastecimiento en tiendas y supermercados. A Trump le costó más, e incluso se investiga si anduvo detrás del asalto al Congreso americano, mientras se certificaba la victoria de Biden.


Nadie ha oído a uno u a otro líder dar órdenes explícitas para dichos actos. Pero su mensaje, su manera de actuar, su desprecio a los medios críticos y a los partidos rivales, calan en la gente. La ciudadanía entiende que sus gobernantes son un ejemplo a seguir, y que sus formas de actuar validan cualquier barbaridad que se haga en nombre de la democracia. Nada más alejado de la realidad.

La cultura democrática es reconocer la victoria del oponente, y no llamarlo okupa. Es asimilar que el pueblo vota en función de unos comportamientos, un lenguaje, una labor, un programa. Es no echarle la culpa a la gente porque tus resultados no han sido buenos en lugar de asumirlo y hacer autocrítica, provocando el frentismo y la polarización de la sociedad entre los míos y los otros. Cultura democrática es respetar dónde te sientas cada día para ejercer tu trabajo, y no convertir las gradas del Parlamento en una pocilga de gritos, falta de educación y discursos plagados de mentiras.

Esos comportamientos no legitiman a nadie para que los imite, pero se copian. Por eso, cualquiera se puede permitir el lujo de insultar al rival político con palabras tan gruesas que no me permito el lujo de repetir aquí, por respeto a los lectores. Que se hable de mujeres que llegan al poder poco más que practicando la prostitución, sin tener en cuenta su bagaje político o su formación, escondidos tras un falso concepto de la libertad de expresión. Que se acose a niños durante meses por el simple hecho de que sus padres no son como tú.

Todas esas maneras de proceder, que parten de quien lo hacen, tienen un hilo transmisor clarísimo, que no es otro que el de los medios de comunicación que se comportan como parte del engranaje del partido político de sus amores. Medios que alientan, azuzan, difunden y blanquean dichas conductas. Que no se molestan en contrastar los discursos, que no discuten ni confrontan los datos que son, a todas luces, falsos y falaces. Que dan foco a hooligans que escupen su bilis ante millones de personas, con la excusa de dar la oportunidad a todas las opiniones.

Toda esa falta de cultura democrática cala a la sociedad de arriba a abajo. No sólo impregna a la política, sino a muchos otros aspectos de nuestro día a día. Los vecinos se saltan las votaciones de las reuniones de vecinos y hacen los que les viene en gana porque es su casa, representantes de las fuerzas del orden lanzan mensajes cargados de odio y xenofobia cuando se les exige imparcialidad, se insulta a chavales por lanzar un mensaje de igualdad, poniéndolos a la altura de un rebaño de borregos sin capacidad de análisis y de toma de decisiones, un ex diputado insultando a un pianista con adjetivos absolutamente deleznables. El número de ejemplos, lamentablemente, tiende a ser cada día mayor.

Necesitamos más cultura democrática. En las aulas, como un primer paso. Pero a ver quien lleva a sus señorías de nuevo al colegio.

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