Zola fue un novelista reconocido y popular al tiempo que tomaba partido en los periódicos o revistas sobre los asuntos más candentes

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez
El escritor es un traductor

29/09/22. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna (Tenerife), Antonio Álvarez, en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre Émile Zola, de cuya muerte se cumplen hoy 120 años (1840-1902): “Del periodismo a la literatura, del naturalismo y su método experimental al poder de la imaginación novelesca, el recorrido de un hombre cuya obra...

...gozó de un inmenso éxito, a pesar de que fue acosado por la jauría de un odio social como ningún otro en su época”.

La verdad de Zola

Escribir en un periódico sobre la obra de Émile Zola, de cuya muerte se cumplen hoy 120 años (1840-1902), es homenajear a un escritor que, en paralelo con su obra creadora, utilizó el periodismo como campo de batalla de su acción política y social (En las primeras novelas de la serie de los Rougon Macquart –por ejemplo, en La Fortuna de los Rougon o en El vientre de París– se pueden detectar las huellas de su oposición al régimen). En los periódicos críticos con Napoleón III, Zola se muestra beligerante y con el ardor de quien ya se huele la tostada de lo que iba a ser el embrión de 1918, la primera hecatombe bélica en Europa: la guerra francoprusiana de 1870. A pesar de que el escritor no perteneció a un grupo militante, está claro que fue un hombre de izquierdas, un ciudadano que anheló más justicia, más libertad, más igualdad, ecos de una Revolución por entonces casi centenaria, la necesidad de un sistema democrático digno de ese nombre. Conoció los entresijos parlamentarios –¡más de ochocientos artículos como cronista de la Asamblea francesa!–, supo del tribalismo partidista y de ahí su amarga decepción cuando escribe de los políticos. Su doble condición de novelista y de periodista desmiente lo que tanto se decía en el siglo XIX: el periodista es al escritor lo que la prostituta a una mujer honrada. Sin embargo, Zola fue un novelista reconocido y popular al tiempo que tomaba partido en los periódicos o revistas sobre los asuntos más candentes. Sus opiniones y compromisos poseían un gran tonelaje ético y cívico por dos razones fundamentales. Primero, porque buscaba la verdad y lo hacía sin ataduras, desde la independencia de quien, ante todo, se miraba el ombligo propio antes de descubrir la suciedad en los ajenos. Y segundo, porque su primer compromiso era con la propia escritura. Fue un gran novelista que, por serlo, ejerció una gran autoridad ética. Es decir, el viaje de su influencia empieza en la novela y acaba entre las páginas de un periódico. No fue, como tantas veces ocurre en nuestro tiempo, al revés. Aparecer mucho y con estruendo en los medios de comunicación y redes sociales no otorga pasaporte de calidad a una obra literaria. Por ello, la actualidad de Zola descansa sobre las dos patas de una misma mesa: un edifico novelesco que, a pesar de algunas debilidades, sigue en pie y una postura ética que se sintetiza, para el mundo entero, en su famoso artículo, aparecido en L’Aurore el 13 de enero de 1898. Esa “Carta abierta al presidente de la República”, a la que el periódico pondrá un título imperecedero: J’accuse (Yo acuso). El retumbar político y social que tuvo la postura de Zola a propósito del caso del capitán Dreyfus (la injusta condena de un militar acusado de espionaje) se debió, sobre todo, al peso literario que ya había adquirido su inmensa obra. El arquetipo del intelectual comprometido ha ocultado, en demasiadas ocasiones, al Zola novelista, al autor de la saga de Los Rougon-Macquart, Historia natural y social de una familia en el Segundo Imperio.


La segunda mitad del siglo XIX es el laboratorio social, político y económico donde se engendra todo lo que en esas retortas llega hasta nuestros días. Los personajes de Zola se mueven en un mundo que es, con todos los mutatis mutandis que se quieran, el nuestro. La historia de varias generaciones de una modesta familia es el terreno que el escritor elige para desarrollar su teoría de la novela. Por encima y por debajo de ese segmento del siglo XIX están las ciencias, sobre todo la biología, el imparable desarrollo del conocimiento y de múltiples inventos –el telégrafo, el teléfono, la máquina de vapor–, el avance de la economía y de la industria. Sobre ese teatro social cambiante, Zola hace que centenares de personajes vivan y trabajen en los más diversos ámbitos: el ferroviario con La bestia humana –¡dimensión épica admirablemente llevada a la pantalla por Renoir y por Jean Gabin!–; los grandes almacenes que hoy denominamos “grandes superficies” en El paraíso de las damas; los barrios populares con La taberna, la primera novela del proletariado; el mercado de las ciudades con El vientre de París; el mundo de los mineros en Germinal, metáfora de la opresión social, el “germen” –de ahí su título– de la esperanza y del futuro; Nana, “un libro enorme”, dice Flaubert en una carta, un Flaubert que sabía mucho de prostíbulos y, desde luego, de novelas. Una summa novelesca, la traducción literaria de un burgués apacible, encastillado en el trabajo continuo –“nulla dies sine linea”, ni un día sin una línea, divisa que figuraba en el dintel de la chimenea de su despacho-, comprometido con su ideal de Justicia y de Verdad.


A partir de Thérèse Raquin, publicada en 1867, Zola empieza a ser considerado como el abanderado del naturalismo. En la estela de los hermanos Goncourt, pero con la originalidad de un gran novelista, introduce en sus obras su teoría sobre la novela experimental. Se conjugan ahí el positivismo sociológico de Taine que tiene como corolario el determinismo de la raza y del ambiente en que viven sus personajes; el determinismo biológico de la herencia, según el doctor Lucas y, por último, las tesis de Claude Bernard, recogidas en su Introducción al estudio de la medicina experimental (1865). El mismo Zola nos resume sus intenciones: “Toda la operación consiste en tomar los hechos en la naturaleza, estudiar luego el mecanismo de los hechos actuando sobre ellos mediante las modificaciones de las circunstancias y de los ambientes”. Ese intento del novelista de hacer de la creación novelesca un laboratorio se efectúa, por supuesto, en el territorio de lo imaginario. De ahí que la diferencia del escritor con el científico consista en inventar esa “historia particular”. El método será el mismo, porque se trata de demostrar, de forma experimental, el determinismo de los fenómenos. Por suerte para los lectores, como garantía de su posteridad, las novelas de Zola no se quedaron atrapadas en ese corsé empírico. Primero, porque a pesar de la documentación sociológica que subyace entre sus páginas, la imaginación desborda toda planificación. Germinal puede ser un ejemplo: a pesar del determinismo biológico y sociológico, los mineros de esa novela deciden rebelarse, siguiendo el ejemplo de Etienne Lantier, héroe que conduce a los trabajadores al campo de la libertad y la esperanza en una sociedad mejor. Segundo, porque en el trasfondo de su obra, incluso en el de las más amargas, se trasluce el idealismo, la confianza en el progreso social y humano, basado eso sí en los avances científicos, la aspiración a una justicia digna de ese nombre. En el sentido del optimismo idealista, los años 1885-1890 son claves. Una década después, Zola se embarca en el compromiso cívico en medio de la tormenta provocada por el caso Dreyfus. De ella saldrá para los tribunales y, posteriormente, para el exilio en Inglaterra. Su vida se verá trastornada hasta su muerte aparentemente accidental –criminal a manos de la extrema derecha, como se empezó a saber cincuenta años después–, el 28 de septiembre de 1902. Sobre la mesa de su despacho se quedó Justicia, las páginas inacabadas de su última novela.

Del periodismo a la literatura, del naturalismo y su método experimental al poder de la imaginación novelesca, el recorrido de un hombre cuya obra gozó de un inmenso éxito, a pesar de que fue acosado por la jauría de un odio social como ningún otro en su época.

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